domingo, 22 de julio de 2012


                                        INMACULADAS NEREIDAS







Es una obviedad decir que Las Nereidas descuellan por su magia y su belleza

en cualquier lugar que se encuentren. Son sirenas mágicas con un encanto

sublime. Sus atractivos las convierten en seres ilimitados, gráciles y testarudos

al tutearse con el prójimo. Una sola de ellas sobrepasa la seducción, pero

estando juntas, la admiración suplanta a lo imaginable. Es necesario tener más

ojos para ver tanta perfección. Las Nereidas son seres que desconocen el mal.

Son alegres, simpáticas, divertidas y muy ambiciosas. Tienen sus propios

deseos y ¡son tan bellas! Debemos perdonarles cualquier defecto para no caer

en la irrespetuosidad chabacana.

Viajan por todos los mares del mundo y así se las confunde tantas veces. Se

muestran en un conjunto esquivo y parcial. A veces, una de ellas se entretiene

recordando a su creadora y desaparece en el éter.

Son semidiosas navegantes, descendientes de Nereo, dios del mar. Habitan en

el Mar Egeo, viviendo innumerables aventuras. Estas se convierten en

leyendas de antología que salpican la curiosidad humana.

Hay diferentes versiones de que serían atacadas en cualquier momento. ¿Por

quién? ¿Por aquellos seres inferiores que son carcomidos por la envidia? Es

que nadie o nada podría hacerlo. Es una utopía eliminar tan obra póstuma.

Están encantadas de vivir en ese aislamiento. Quieren llamar la atención de

cada uno de nosotros para predicar el evangelio de sus dioses. Es un halo de

misterio que las corroe y el arte se funde en sus entrañas. No están dispuestas

a entregarse al amor y esto demuestra una soberbia que está plenamente

justificada.

Siempre logran lo que quieren. Resulta increíble pero su persistencia entra en

un juego maldito. Algunos amigos de la división élfica las admiran. Sólo quieren

cosechar amantes para satisfacer su lujuria tan pecaminosa. No son capaces

de sufrir por ello. Su gracia se profundiza en una indiferencia a lo banal. Tienen

fobia a lo ridículo, a las burlas, a las críticas.

Los pescadores no alcanzan a comprender su esencia. En el día, ellas

encrespan los mares. En las noches la calma inunda los pies de la arena.

La unidad de Las Nereidas está amenazada. El tiempo logrará atemperar a las

más rebeldes. Nunca dejarán de nadar varias jornadas para desembocar en

ciudades mitológicas y hermanadas. Sí, les gusta el fútbol, el tango y el

folklore. Desean involucrarse en las conductas humanas para encarnarse en

aspectos que pueden resultar mundanos. Nunca encuentran sosiego. En el

Egeo bailan y juegan a la pelota. Después charlan entre ellas y duermen una

noche de eternidad. Fueron ciento cuatro años de que ellas residen en Buenos

Aires. Pero siempre viajan a los lugares más recónditos del orbe. No se

permiten pernoctar siempre en un lugar por mucho tiempo. Ellas aman a

Argentina. Yo las moldeé con mármol de Carrara para darles un ápice de

categoría. Sus pies están protegidos de una valva de molusco donde emergen

tres atléticos tritones desnudos, que las complacen en todo. Estos sostienen

las bridas de tres caballos briosos, semi sumergidos en el agua de la valva y

que les permite viajar por el universo. Ellas fueron cómplices del nacimiento de

Venus cuando seducían a propios y extraños.

Esa Venus que es también llamada Afrodita, hija de Urano, que nació de la

espuma del mar, resto de su padre Cronos. Ella que es mitad mujer y mitad

pez.

Las Nereidas, hijas de Nereo, inmersas en la Teogonía de Hesíodo, que

muestra las múltiples caras del océano. Son divinidades bienhechoras y

protectoras que bendicen a los navegantes de las costas mediterráneas. Su

abuelo Poseidón es habitante de un palacio en el fondo del mar.

La fuente es tan hermosa como las de Trevi o de los Ríos de Piazza Navona,

de Roma. Esta creación que generó tantos agravios, acusaciones de

obscenidad, ostracismo social y reacción forajida.



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Sí, Lola Mora reflexionaba sobre todo eso porque en ella predominaba un

pensamiento optimista, hermoso e implacable. Sabía perfectamente que era

una joven mujer muy exitosa. Esto era inusual en una sociedad tan machista.

Era algo que tanto le repugnaba. También se sentía muy afortunada. No creía

en la suerte pero, según ella, algo había en todo eso. Estaba sentada en su

escritorio con la mirada perdida en los puntos marchitos del orbe.

La nostalgia la invadió de una forma cruel cuando el exilio le marcó el rumbo de

Italia. Allí descubrió, de forma sorprendente, que la escultura era un don que

parecía ser innato. Esto la enriquecía en todos los aspectos. Fue en esa época

que lo conoció a Julio Argentino Roca, el presidente de un país que trataba de

emerger de cualquier manera. Él  era su tierno admirador. Se había enamorado

al observar sus ojos de damisela.

Ella sentía a Buenos Aires como su eterno hogar. Una casa serpenteada por el

maravilloso Río de la Plata. No era una mujer tan sociable. A veces caía en una

soledad tan repugnante que la llevaba al paroxismo. Amaba realizar esos

paseos nocturnos, bordeando el río. Solamente acompañada de la noche. Se

sentía tan independiente que los movimientos la llevaban a una serenidad

pasmosa. Nacida de la naturaleza personificada en ese río. Creía ser una

mujer de río. De río caudaloso, protuberante, seductor, orgásmico. Esas

caminatas nocturnas donde la curiosidad la tomaba de la mano y cortaba la

luna. Era una persona pegada en ese ámbito. Casi calcada a dos manos. Casi

no percibía su figura porque sus vestidos oscuros vomitaban las penumbras.

Sus pasos eran los de una gacela. Se tuteaban con la negrura. Era en las

noches donde se iluminaban sus dotes creativas.

Fue una noche donde se percibieron esos ruidos. Casi eran inaudibles.

Parecían ser voces femeninas. Tenían una acústica especial. Esas voces se

extralimitaban en su fantasía. Lola miró hacia el río. Ahí estaban las sirenas.

Nadaban y se divertían. Eran cinco o seis que se comunicaban con sonidos

guturales. Ella se mantuvo expectante. Observaba todo de una forma

extasiada. “¡Cuánta fantasía podía brindar la bendita naturaleza!”-pensó. Las

había imaginado pero no de esa manera. Se aproximó a la orilla del río,

buscando la reparadora luz de la luna. Esta parecía traicionarla para que fuera

descubierta.

Las sirenas se sorprendieron. Casi se escandalizaron. Así desaparecieron en

un instante. Casi más infinitesimal que aquello. Sabían quién era ella. La madre

que las había parido en un atardecer de orgía. Lola quedó shockeada con lo

vivido. Sabía que eran sus Nereidas personificadas. No quería concientizarse

de que todo había sido real. Hasta deseaba que todo hubiera resultado un

sueño. En ese momento deseaba dibujarlas, nuevamente, con estrellas. No

aceptaba haber consumado su obra que ahora parecía ser una burla del

destino. Lola no tenía la más mínima idea de que sus inmortales Nereidas

habían cobrado vida. Ellas no entendían nada de arte. Pero conocían el genio

de su creadora. Cada vez que se observan  en la obra de su madre, se enojan.

  
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Julio Argentino Roca siempre pensó que Lola fue una superviviente. Una mujer

incapaz de rendirse ante la no respondida pregunta: “¿Cuál es el sentido de la

vida?”. Una persona experta en el difícil equilibrio de esperar, mientras se

gastan las palabras, los días, el futuro…Y el pasado ha de guardarse

obligatoriamente en una raída maleta, en la que conviven la magia, la intimidad

y los diferentes personajes que sangran en nuestra mirada.

¡Cómo olvidar aquel día en que cuando él llegó a la presidencia de la Nación, le

otorgó una beca para estudiar escultura en Roma! Sus familias eran amigas en

Tucumán. La conocía desde la cuna.

Siempre supo que era una mujer que había cruzado sin pudor alguno, las

fronteras de las convenciones, que había vivido más allá de la censura helada,

envuelta en ignorancia, estupor y prejuicio. Era aquella joven que había abierto

las puertas hacia una libertad desconocida y extrañamente austera. Una mujer

que miraba la vida desde su pasividad. Observaba los días desde la noche,

acariciaba el tiempo, desde un arrugado costumbrismo que la apartaba,

mientras ella aceptaba “ser” un apartado en la historia. Lola Mora había

borrado ese pasado, escribiendo un futuro que aún se ensaya a lápiz y con

faltas de ortografía. Era capaz de viajar sobre lo quejidos de una sombra, sobre

las palabras reivindicativas de una mujer que buscó algo más, intentando

dibujar un futuro mejor. Más luminoso, más justo y más igualitario. Ella era la

más polémica. Adelantada varias décadas a los códigos sociales de su tiempo,

por lo que debió soportar duros ataques.

Roca pensaba demasiado sobre ella. La admiraba. Lola se había adelantado

demasiado a su tiempo. Haber sido la primera escultora argentina había sido

visto, por la mayoría de sus contemporáneos, como una osadía imperdonable,

y no había sido su única impertinencia: Lola se había comportado, a principios

del siglo XX,  de un modo que sólo sería admitido décadas después. Y

paradoja de paradojas, sus principales enemigas fueron las mujeres.

Pagó el hecho de haber sido mujer. Hermosa, inteligente  y libre. Sobre todo

libre. Tanto que se animó a divorciarse en un momento en que sólo las reinas,

como Victoria de Inglaterra, o las meretrices famosas, como Mata Hari o la

Bella Otero que ejercían  el derecho a la independencia de criterio.

Él era el más fervoroso admirador y defensor de Mora.



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Unas lágrimas vagan por las mejillas de Lola cuando recuerda que en su

infancia tucumana ignoraba las lecciones de zurcido, bordado, cocina y

administración del hogar. Prefería pintar o se escapaba para aprender alfarería

con las indias diaguitas o calchaquíes de la región. Todos le decían que era

hermosa y sensual, y de que su mano-y el resto de  su anatomía-era la mayor

ambición de muchos jovencitos de buena familia. Siempre quiso ser artista.

Una boda temprana no estaba en sus planes. A pesar de que a los veinte años

tenía admiradores como Augusto Rodin, Luis-príncipe de Mónaco-y el marqués

de Sangiovanni. Quizás habían sucumbido al encanto de sus ojos de sombra y

sueño y de su piel cetrina (por ello sus padres la llamaron Mora), al igual que

muchos notables europeos. Su rebeldía se reflejaba cuando vestía con

pantalones. Algo insólito para principios de siglo. También liberaba su melena

al viento. Lola se sienta. Quiere sentarse. Y recuerda…Recuerda…Recuerda

que prefería relaciones sin compromiso y trabajar en lo suyo. Quienes jamás

habían tenido una pasión semejante por el arte no la comprendieron, y menos

por ser una mujer: ¿acaso Dios las había creado sólo para que se casaran y

tuvieran hijos?

Se emociona cuando en su mente aparece el flash de un acontecimiento

inolvidable. Corría el año 1903 cuando Carlos Pellegrini, el ex presidente y

fundador del Jockey Club, la visitó en Roma y le habló para que regresara e

hiciera una fuente en la Argentina. Fue a martillo y cincel que castigaba a

inmensos mármoles de Carrara, mitológicos dioses del mar. Los hizo

desnudos, sin púdicas hojas de parra. Así nacía la Fuente de las Nereidas.

Se ríe. Su risa contagia hasta a las paredes. ¡Cómo no reírse de los pacatos

que decían que esa obra ofendía el pudor porteño! Lamentaba que la impureza

que algunos llevaban dentro de su alma hubiera primado sobre el placer

estético de contemplar un desnudo humano, que era la más maravillosa

arquitectura que había creado Dios. Sus palabras pegaban estocadas en sus

rivales. Le divertían esas batallas verborrágicas.

Pero fue derrotada. Salvajemente derrotada. Injustamente derrotada. Porque

predominaban esas mentalidades que mataban el espíritu artístico. Ese espíritu

que le da sentido a la vida. Ellas provocaron su fracaso. Por eso quedó en la

miseria. Se sintió invadida por la locura. En los días de lluvia caminaba hasta la

costanera sur, y con una toalla insignificante secaba afanosamente los rostros

perfectos de las estatuas que ella misma había esculpido. Era un dolor

lacerante que debía sufrir.

Ahora Lola está allí. Mirando su creación. Le habla. Habla palabras que vomita

en un sinfín de espasmos.

“Sí, queridas. Eran los sueños de Cecilia Grierson, Alfonsina Storni, Alicia

Moreau de Justo. Cuando la mujer ya había salido o empezaba a salir con

todos sus bríos del imperio doméstico, alcanzando metas inesperadas.

Conmigo no ha sucedido así. Muchos no saben siquiera quién fui, qué hice, en

qué tiempo viví. ¿O simplemente a los argentinos les basta con saber que nací

aquí? ¿Qué fui escultora y las hice a ustedes que agonizan en este lugar

maldito? ¿Por qué no decir que prácticamente morí de olvido? ¿Y por qué no

decir también que ni las críticas, ni las presuntas biografías que se han hecho

hasta el presente han servido de mucho, ya que sigo siendo una desconocida,

una de esas tantas mujeres secretas para multitudes de argentinos? Junto con

mi vocación, trajo al mundo esa pesada carga de avatares reservada a los

íntimos. Conviví durante toda mi vida con el rótulo de “rara”, por el solo hecho

de tener una personalidad amplia y definida y por no aceptar la hipocresía a

que me tuvieron acostumbrada las leyes insensibles de la época. Esa época

que me tocó vivir y que persisten todavía. Raras mujeres porque inauguraron el

alba con su pluma o porque habiendo abierto caminos hacia la ciencia,

supimos de la posibilidad de curar las heridas de América. Raro destino de las

“raras”. Algunas proyectadas al porvenir…Otras, descubiertas al filo de sus

ocasos…La mayoría entre cuales figuro como “desconocida aventurera de un

arte para hombres”, según definición de alguien que me conoció en Jujuy en

1928 y que no viera bien mi actitud liberal y emancipada.

La mayoría, insisto, muertas en el beneficio de una compañía. Olvidadas por

los seres presuntamente queridos…A lo largo sepultadas en el más absoluto

anonimato y desmerecidas como personas de décadas…Pero no me quejo ni

me he doblado jamás. Pienso que es tiempo ya de salir a rescatar las figuras

sucias de brea de Alvear, Zubiría, Fragueiro, Laprida. Tiempo de devolverle al

Congreso de la Nación las figuras de la libertad y de la justicia, que por extraño

designio de los hombres públicos de entonces, siguen todavía exiliadas en la

provincia de Jujuy…¡Que se levanten los eruditos que pidieron que las figuras

escultóricas fueran tiradas al río por no ser más que un bloque de piedras de

mal gusto!...

Pero claro, en mi patria me destaqué como una artista revolucionaria. Usaba

una vestimenta no bien mirada en una mujer. Bombachas y boina. Esto

provocó reacciones inmediatas. Fui demasiado audaz. Había vivido en Italia,

estaba demasiado europeizada. Tendía a modificar estructuras…No. No. Lola

Mora parecía ser sinónimo de escándalo. Pobres de ustedes, deben estar

muriéndose de frío…; si un atardecer desesperado (porque la desesperación

se vuelve atardecer, en uno), subo a una de ustedes pretendiendo secarlas de

la lluvia, es porque sé que hasta la más dura piedra o el más frío elemento

necesitan de vez en cuando de toda esa caricia ligera y transparente del

afecto…Modelé el mármol como a hijos. Les fui dando la forma. Acuné el

desafío. Registré los dolores de ustedes porque era una parturienta

incomprendida. Puse mi amor incondicional en esos mudos herederos que

miraron luego desde su posteridad. Sabía, sí, que estaba sola frente al mundo

hostil, cerrado a mi destino.

Si cabe preguntar quién decidió mi castigo por haber inventariado el alba…, por

mirar más allá de las piedras…, por dialogar con la arcilla mientras trataba de

acaparar la magia…, y yo tampoco lo supe nunca…”




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Ahí se levanta Lola. Lucha con la lluvia. Lluvia que la amarga, que la

enloquece, que la trauma. Tira al agua esa toalla que asumía el personaje de

corsario. Llora Lola. Se desarman sus ojos vetustos de resabio araucano. Esa

tucumana piel de tarde de llovizna. Se va allá lejos, donde la creatividad otorga

dones y privilegios. Despierta expectativas…Establece el examen de ingreso

hacia la consagración.



                                                                           MAXIMILIANO REIMONDI













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