sábado, 30 de marzo de 2013


                    TESTAMENTO



Estoy vacío en mis huesos pero contento
porque sé que Dios está conmigo.
La muerte brama en la tierra
y grita a mi lado,
como una hiena.

El cementerio está muy lejos de mi camino.
Demoraré lo que quiera
hasta que la bruja
se canse de agobiarme.

Antes de ir a la vida eterna
aún sueño con una mujer
que enlace su pollera con mi sexo;
así pierdo el rumbo,
deshojando el libro de la vida
y quemo las tumbas de las almas perdidas.

Si no consigo un atajo,
quiero que se rían hasta el hartazgo
mientras mis cenizas
se tutean con el viento y el río.
¡Alegría! Sólo estaré durmiendo un rato,
escuchando la música con la que me recuerden,
En mi viaje hacia más allá del infinito.

Aquí yace un hueso de mi juventud,
aquí termina mi testamento.
Cuando lean esto, estaré más allá del tiempo.

Ahora, estoy escuchando la radio y escribiendo mis libros.
Luego, iré a hablar con Dios.
Me encanta cuando me sonríe y acaricia mi alma.


                                                                            Maximiliano Reimondi

Karen Carpenter



Karen Anne Carpenter (New Haven, 2 de marzo de 1950 - Downey, 4 de febrero de 1983) fue una exitosa cantante y baterista estadounidense famosa por el dúo The Carpenters conformado por ella y su hermano, Richard Carpenter.

Primeros años

Cuando Karen estudiaba en Downey High School, no le gustaba la clase de geometría y mucho menos gimnasia, y para eximirse se inscribió en la banda de la escuela. Una vez en la banda recibió un glockenspiel. Inmediatamente se aburrió con este instrumento y apenas puso sus manos en la batería se enamoró de ésta y no se separó jamás. Incluso, su hermano Richard ha comentado que en el fondo de su corazón Karen no se consideraba una gran cantante - que sin duda lo era, poseía una excelente voz que se sumaba a su impecable dominio -, sino una baterista que podía cantar.
Richard ingresa a la Universidad Long Beach en California, donde conoció a Frank Pooler. Pooler escribió las letras de la canción Merry Christmas, darling. Karen se hizo socia del grupo Richard Carpenter Trio en 1965. Tocaban en clubes en todas partes de Hollywood.
En 1966, el Richard Carpenter Trio tocaba en el Battle of the Bands en el Hollywood Bowl. Tocaron The girl from Ipanema y una composición de Richard Carpenter, Iced tea. Ganaron y firmaron con RCA Records por unos pocos meses.
Conocieron a un bajista, Joe Osborne, que tenía un estudio de grabación en su garaje que se llamaba Magic Lamp Records. Grabaron muchas canciones ahí, pero todas se destruyeron durante un incendio de la casa de la familia Osborne.

A&M Records

Karen Carpenter no solo tenía una voz privilegiada, sino también tocaba perfectamente la batería.
En abril de 1969 firmaron con A&M Records, propiedad de Herb Alpert y Jerry Moss. En los estudios recibieron carta blanca (que significa que tenían la libertad de hacer lo que desearan). Su primer álbum fue Offering (1969), del cual se desprende el sencillo adaptado por su hermano de la canción de los Beatles «Ticket to ride». No fue muy popular: llegó a #54 en el Billboard Hot 100.
El año siguiente, Herb Alpert sugirió que grabaran la canción «(They long to be) close to you». Dijo que no era una canción popular, aunque él y Dionne Warwick grabaron la canción. Karen Carpenter y Hal Blaine tocaron la batería en la canción, y Karen la cantó. Llegó a #1 en el Billboard Hot 100.
Grabaron muchas canciones populares después de «Close to you» como (en orden cronológico):
We've only just begun
For all we know
Rainy days and mondays
Superstar
Hurting each other
Goodbye to love
Sing (Karen la cantó en español como «Canta», que se puede encontrar en From the top, así como su versión en japonés en el álbum doble de concierto Live in Japan).
Yesterday once more
Top of the world
Please Mr. Postman
Only yesterday
There's a kind of hush (All over the world).
I need to be in love
Calling occupants of interplanetary craft
Touch me when we're dancing
En el año 1975 los lectores de la revista Playboy la eligieron como la mejor baterista del año.
El 31 de agosto de 1981 se casó con Tom Burris, un empresario de bienes raíces unos cuantos años mayor que ella.

Anorexia nerviosa

Desde 1973, Karen Carpenter sufrió de anorexia nerviosa, una enfermedad desconocida en esos años.
A pesar de haberse recuperado luego de terapias, justo el día en que iba a firmar los papeles de su divorcio, falleció a los 32 años de un paro cardíaco, el 4 de febrero de 1983. No tuvo hijos.
Existen evidencias de que su muerte se debió al uso constante de jarabe de ipecacuana (medicamento usado en hospitales para provocar el vómito), conocido por actuar como veneno cuando se usa por períodos prolongados. Carpenter usaba esta sustancia como emético y purgante durante los ultimos meses de su vida, causando sin saberlo un deterioro irreversible en el músculo cardiaco. Esto aunado a la malnutrición y debilidad general, provocó el colapso total de su cuerpo.
Sus restos descansan en el mausoleo familiar del Pierce Brothers Valley Oaks Memorial Park de Westlake Village, en el condado de Los Ángeles, California.
En recientes años, artistas tan diversos como Madonna, K. D. Lang, Shania Twain, entre otros, la han citado como una influencia musical en sus carreras. If I were a Carpenter (‘si yo fuese un Carpenter’), es un disco tributo realizado por varias bandas que grabaron versiones de los Carpenters en homenaje a los hermanos.

Álbumes

Álbumes de estudio

1969: Ticket to ride (originalmente llamado Offering).
1970: Close to you
1971: Carpenters
1972: A song for you
1973: Now & then
1975: Horizon
1976: A kind of hush
1977: Passage
1978: Christmas portrait
1981: Made in America
1983: Voice of the heart
1984: An old-fashioned Christmas


Álbum solista

Animada por su manager, Jerry Weintraub, en 1979 Karen se embarcó en el proyecto de un disco solista, mientras su hermano Richard estaba internado en una clínica para recuperarse de su adicción a las drogas. Como productor de este disco fue contratado Phil Ramone, un famoso productor neoyorkino. Las grabaciones se realizaron a fines de 1979 y a comienzos de 1980.
Los ejecutivos del sello vetaron el disco por encontrarlo poco apropiado y porque ―según ellos― la selección de canciones era pobre. Detrás de todo esto estaba Richard Carpenter, que se oponía al lanzamiento del álbum solista de su hermana. Incluso Quincy Jones actuó de cabildero con los ejecutivos del sello A&M alabando las cualidades de las grabaciones y el hecho de que el disco sería un éxito en el mercado. De nada sirvió. El disco fue vetado y permaneció en las bodegas del sello hasta 1996, trece años después de la muerte de Karen, cuando finalmente Richard Carpenter ―propietario de sus derechos de autor― cambió de opinión y permitió su lanzamiento.

Álbumes de conciertos
Aunque en su haber hay un impresionante número de conciertos, de los que queda registro discográfico son:
1974: Live in Japan
1976: Live at The Palladium

Canciones inéditas

Hay una amplia fonoteca de canciones que no han visto la luz comercial pero se sabe que fueron grabadas, y un álbum recientemente editado llamado "As time goes by" donde se escuchan ciertos dúos que realizó con personalidades tan grandes como Perry Como o Ella Fitzgerald.

Filmografía

Aunque Karen nunca rodó ningún film como protagonista, existe una película de 1989 para TV titulada "The Karen Carpenter Story" (no confundir con otra de 1988 titulada "Superstar: The Karen Carpenter Story"), dirigida por Joseph Sargent y también (y aunque no figura en los créditos, fuente: IMDb.com), por el propio hermano de Karen, Richard (el otro componente de The Carpenters), y protagonizada por Cyntia Gibb, en la que se recoge su vida y su batalla contra la anorexia y la bulimia, enfermedades muy poco conocidas cuando se realizó, que le costaron la vida.




                                                                             Maximiliano Reimondi

Juan Manuel de Rosas



Nacimiento, familia y primeros años

Juan Manuel de Rosas (Buenos Aires; 30 de marzo de 1793 – Southampton, Hampshire; 14 de marzo de 1877). Conocido como Juan Manuel de Rosas, fue bautizado como Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio. Era hijo del militar León Ortiz de Rozas y la estanciera Agustina López de Osornio. Pertenecía al linaje de los Ortiz de Rozas, que tiene origen en el pueblo de Rozas, Valle de Soba, Cantabria, España.
Nació en el solar que había habitado su abuelo materno Clemente López de Osornio, situado en la calle que en ese entonces se denominaba Santa Lucía, actual calle Sarmiento entre las calles Florida y San Martín, en la ciudad de Buenos Aires.
Ingresó a los ocho años de edad en el colegio privado que dirigía Francisco Javier Argerich, si bien desde joven demostró vocación por las actividades rurales, interrumpió sus estudios para participar, contando con trece años de edad, en la Reconquista de Buenos Aires en 1806 y posteriormente se enroló en la compañía de niños del Regimiento de Migueletes, combatiendo en la Defensa de Buenos Aires en 1807, ambos hechos durante las invasiones inglesas, donde fue distinguido por su valor.
Más tarde, retirado al campo, se convirtió en un gran estanciero de la pampa bonaerense.
El joven Rosas, quien contaba con 17 años, se mantuvo al margen de los sucesos que culminaron con la Revolución de Mayo de 1810.
En 1813, pese a la oposición materna —que venció al hacer creer a su madre que la joven estaba embarazada— se casó con Encarnación Ezcurra, con quien tuvo tres hijos: Juan, María, muerta de niña, y Manuelita, nacida en 1817, que luego sería su compañera inseparable.
Poco después, debido a un entredicho que tuvo con su madre, devolvió a sus padres los campos que administraba para formar sus propios emprendimientos ganaderos y comerciales. Además se cambió el apellido "Ortiz de Rozas" por "Rosas", cortando simbólicamente la dependencia de su familia.
Fue administrador de los campos de sus primos Nicolás y Tomás Manuel de Anchorena; este último ocuparía cargos importantes dentro de su gobierno, ya que Rosas siempre le tuvo un especial respeto y admiración. En sociedad con Luis Dorrego —hermano del coronel Manuel Dorrego— fundó un saladero; era el negocio del momento: la carne salada y los cueros eran casi la única exportación de la joven nación. Acumuló una gran fortuna como ganadero y exportador de carne vacuna, distante de los acontecimientos emergentes que conducirían al virreinato del Río de la Plata a la emancipación del dominio español en 1816.
Por esos años conoció al doctor Manuel Vicente Maza, quien se convirtió en su patrocinador legal, en especial en una causa que sus propios padres habían entablado contra él. Más tarde sería un excelente consejero político.
En 1818, por presión de los abastecedores de carne de la capital, el director supremo Juan Martín de Pueyrredón tomó una serie de medidas en contra de los saladeros. Rápidamente, Rosas cambió de rubro: se dedicó a la producción agropecuaria en sociedad con Dorrego y los Anchorena, que también le encargaron la dirección de su estancia "Camarones", al sur del río Salado.
Al año siguiente compró la estancia "Los Cerrillos", en San Miguel del Monte. En su estancia en la laguna de Monte organizó una compañía (aumentada al poco tiempo a regimiento) de caballería, los "Colorados del Monte", para combatir a los indígenas de la zona pampeana. Fue nombrado su comandante, y alcanzó el grado de teniente coronel.
Por esos años escribió sus famosas "Instrucciones a los mayordomos de estancias", en la que detallaba con precisión las responsabilidades de cada uno de los administradores, capataces y peones. Allí demostraba su capacidad para administrar simultáneamente varias explotaciones, con métodos muy efectivos, en un anticipo de su futura capacidad para administrar el estado provincial.

Los inicios en la política

Hasta 1820 se dedicó a sus actividades privadas. Desde ese año hasta su caída producida en la batalla de Caseros, en 1852, consagraría su vida a la actividad política, liderando —ya en el gobierno o fuera de él— la provincia de Buenos Aires, que contaba no sólo con el territorio productivo más rico de la naciente Argentina, sino con la metrópolis más importante la ciudad de Buenos Aires- y el puerto que concentraba el comercio exterior de las restantes provincias, así como el control de la aduana. En relación a estos recursos se desarrollaron gran parte de los conflictos institucionales y las guerras civiles del siglo XIX en la Argentina, controlados hasta la caída de Rosas por la provincia de Buenos Aires.
En 1820 concluyó la etapa del Directorio con la renuncia de José Rondeau a consecuencia de la Batalla de Cepeda. Fue en esa época que Rosas comenzó a involucrarse en la política, al contribuir a rechazar la invasión del caudillo Estanislao López al frente de sus “Colorados del Monte”. Participó en la victoria de Dorrego en Pavón, pero junto a su amigo Martín Rodríguez se negó a continuar la invasión hacia Santa Fe, donde Dorrego fue derrotado completamente en la Batalla de Gamonal.
Con apoyo de Rosas y otros estancieros fue electo gobernador su colega el general Martín Rodríguez. El 1ro de octubre estalló una revolución, dirigida por el coronel Manuel Pagola, que ocupó el centro de la ciudad. Rosas se puso a disposición de Rodríguez, y el día 5 inició el ataque, derrotando completamente a los rebeldes. Los cronistas de esos días recordaron la disciplina que reinaba entre los gauchos de Rosas, que fue ascendido al grado de coronel. Con Rodríguez, el grupo de los estancieros empezó a tener un papel público.
También fue parte de las negociaciones que concluyeron con el Tratado de Benegas, que ponía fin al conflicto entre las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. Fue el responsable del cumplimiento de una de las cláusulas secretas del mismo: entregar al gobernador Estanislao López 30.000 cabezas de ganado como reparación de los daños causados por las tropas bonaerenses en su territorio. La cláusula era secreta, para no "manchar el honor" de Buenos Aires. Así se iniciaba la alianza permanente que tendría esta provincia con la de Buenos Aires hasta 1852.
Los primeros años después de la disolución de los poderes nacionales fueron un período de paz y prosperidad en Buenos Aires, principalmente debido a que Buenos Aires usufructuó en su exclusivo provecho las rentas de la Aduana, una fuente inagotable de riqueza que la provincia decidió no compartir con sus hermanas ni con ejércitos exteriores.
Entre 1821 y 1824 compró varios campos más, especialmente la estancia que había sido del virrey Joaquín del Pino y Rozas (conocida como Estancia del Pino, en el partido de La Matanza), a la que llamó San Martín en honor del general José de San Martín.
También aprovechó la ley de enfiteusis promovida por el ministro Bernardino Rivadavia para aumentar sus campos. En lugar de ayudar a los pequeños hacendados, esta ley terminó dejando en propiedad de unos pocos grandes terratenientes cerca de la mitad de la superficie de la provincia.

Los desórdenes producidos por la Anarquía del Año XX habían dejado desguarnecida la frontera sur, por lo que habían recrudecido los malones. Martín Rodríguez dirigió entonces tres campañas al desierto, usando una extraña mezcla de diálogos de paz y guerra con los indígenas. En 1823 fundó Fuerte Independencia, la actual ciudad de Tandil. En casi todas estas campañas lo acompañó Rosas, que también participó de una expedición en que el agrimensor Felipe Senillosa delineó y estableció planos catastrales de los pueblos del sur de la provincia. El jefe nominal de esa campaña era el coronel Juan Lavalle.
Durante la guerra del Brasil, el presidente Rivadavia lo nombró comandante de los ejércitos de campaña a fin de mantener pacificada la frontera con la población indígena de la región pampeana, cargo que volvió a ejercer después, durante el gobierno provincial del coronel Dorrego.
En 1827, en el contexto previo al inicio de la guerra civil que estallaría en 1828, Rosas era un dirigente militar, representante de la aristocracia rural, socialmente conservadora. Estaba alineado a la corriente federalista, adversa a la influencia foránea y a las iniciativas de corte liberal preconizadas por la tendencia unitaria.

La revolución de diciembre

Terminada la guerra del Brasil, el gobernador Manuel Dorrego fue obligado —por una intensa presión diplomática y financiera— a firmar la paz y la independencia de Uruguay, y la libre navegación de los ríos; lo que fue visto por los miembros del ejército en operaciones como una traición. En respuesta, la madrugada del 1 de diciembre de 1828, el general unitario Juan Lavalle tomó el Fuerte de Buenos Aires y reunió a los unitarios en la iglesia de San Francisco, donde —a nombre del pueblo— fue elegido gobernador Lavalle, utilizando un concepto restrictivo del término "pueblo". Siguiendo la misma lógica, disolvió la legislatura.
Dorrego se retiró al interior de la provincia y buscó la protección del comandante de campaña, Rosas. Éste lo ayudó a reunir un pequeño ejército pero fueron atacados sorpresivamente en la batalla de Navarro, siendo derrotados.
Rosas aconsejó a Dorrego que huyera hacia Santa Fe pero el gobernador se negó. Cuando Rosas le criticó su falta de previsión ante la revolución unitaria, Dorrego respondió:
Señor don Juan Manuel: que usted me quiera dar lecciones de política, es tan avanzado como si yo me propusiera enseñar a usted cómo se gobierna una estancia.

Rosas lo abandonó, marchándose hacia la provincia de Santa Fe, mientras Dorrego se refugiaba en Salto, en el regimiento del coronel Ángel Pacheco. Pero, traicionado por dos oficiales de éste —Bernardino Escribano y Mariano Acha— fue enviado prisionero a Lavalle. Éste, influido por el deseo de venganza de los ideólogos unitarios, fusiló a Dorrego y se hizo cargo de toda la responsabilidad. En su última carta, escrita a Estanislao López, Dorrego pedía que su muerte no fuera causa de derramamiento de sangre. Pese a este pedido, su fusilamiento dio paso a una larga guerra civil, la primera en que estuvieron simultáneamente implicadas casi todas las provincias argentinas.
A principios de enero de 1829, el general José María Paz, aliado de Lavalle, iniciaba la invasión de la provincia de Córdoba, donde derrocaría al gobernador Juan Bautista Bustos. De ese modo se generalizó la guerra civil en todo el país.
Lavalle envió ejércitos en todas direcciones, pero varios pequeños caudillos aliados de Rosas organizaron la resistencia. Los jefes unitarios recurrieron a toda clase de crímenes para aplastarla. No se ha difundido la memoria de estos hechos, pues ocurrieron en el campo y sus víctimas fueron gauchos y personas pertenecientes a clases sociales más humildes.2
El gobernador intruso envió al coronel Federico Rauch hacia el sur, y una de sus columnas, al mando del coronel Isidoro Suárez, derrotó y capturó al mayor Mesa, que fue enviado a Buenos Aires y ejecutado. Al frente del grueso de su ejército, Lavalle avanzó hasta ocupar Rosario. Pero, poco después, López dejó sin caballos a Lavalle, que se vio obligado a retroceder. López y Rosas persiguieron a Lavalle hasta cerca de Buenos Aires, derrotándolo en la batalla de Puente de Márquez, librada el 26 de abril de 1829.
Mientras López regresaba a Santa Fe, Rosas sitió la ciudad de Buenos Aires. Allí crecía la oposición a Lavalle (a pesar de que los aliados de Dorrego habían sido expulsados), sobre todo por el crimen sobre el gobernador. Lavalle aumentó la persecución sobre los críticos, lo que le llevaría mucho apoyo a Rosas, en la ciudad que siempre fue la capital del unitarismo.
Lavalle, desesperado, se lanzó a hacer algo insólito: se dirigió, completamente solo, al cuartel general de Rosas, la Estancia del Pino. Como éste no se encontraba, se acostó en su catre de campaña a esperarlo. Al día siguiente, 24 de junio, Lavalle y Rosas firmaron el Pacto de Cañuelas, que estipulaba que se llamaría a elecciones, en las que sólo se presentaría una lista de unidad de federales y unitarios, y que el candidato a gobernador sería Félix de Álzaga.
Lavalle presentó el tratado con un mensaje que incluía una inesperada opinión sobre su enemigo:
“Mi honor y mi corazón me imponen remover por mi parte todos los inconvenientes para una perfecta reconciliación...Y sobre todo ha llegado el caso de que veamos, tratemos y conozcamos de cerca de Juan Manuel de Rosas como a un verdadero patriota y amante del orden.”
Pero los unitarios presentaron la candidatura de Carlos María de Alvear, y al precio de treinta muertos ganaron las elecciones. Las relaciones quedaron rotas nuevamente, obligando a Lavalle a un nuevo tratado, el pacto de Barracas, del 24 de agosto. Pero, ahora más que antes, la fuerza estaba del lado de Rosas. A través de este pacto se nombró gobernador a Juan José Viamonte. Éste llamó a la legislatura derrocada por Lavalle, allanándole a Rosas el camino al poder.

Primer gobierno

La Legislatura de Buenos Aires proclamó a Juan Manuel de Rosas como Gobernador de Buenos Aires el 6 de diciembre de 1829, honrándolo además con el título de "Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia de Buenos Aires" y en el mismo acto le otorgó "todas las facultades ordinarias y extraordinarias que creyera necesarias, hasta la reunión de una nueva legislatura". No era algo excepcional: las facultades extraordinarias ya les habían sido conferidas a Manuel de Sarratea y a Rodríguez en 1820, y a los gobernadores de muchas otras provincias en los últimos años; también Viamonte las había tenido.
El mismo día en que juró su cargo, declaró al diplomático uruguayo Santiago Vázquez:
Creen que soy federal; no señor, no soy de partido alguno sino de la Patria... En fin, todo lo que yo quiero es evitar males y restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto.
Lo primero que hizo Rosas fue realizar un extraordinario funeral, trayendo los restos de Dorrego a la capital; con eso se captó la voluntad de los seguidores del fallecido líder del partido federal, sumando automáticamente el apoyo del pueblo humilde de la capital al que ya tenía de la población rural.
Para ganar apoyo político pronunció su frase en 1829, que resumiría toda su plataforma política, sus objetivos claramente nacionalistas y autoritarios y la esperanza de un gobierno largo:
«El rey es como un padre: amar, castigar y recompensar».
Respecto a la forma de organización constitucional del estado y al federalismo, Rosas fue un pragmático. En cartas enviadas en 1829 al general Tomás Guido, al general Eustoquio Díaz Vélez y a Braulio Costa, el financista de Quiroga, les escribía para informarles que
El General Rosas es unitario por principio, pero que la experiencia le ha hecho conocer que es imposible adoptar en el día tal sistema porque las provincias lo contradicen, y las masas en general lo detestan, pues al fin sólo es mudar de nombre.

La guerra civil en el interior

El general José María Paz había ocupado Córdoba y había derrotado a Facundo Quiroga. Rosas envió una comisión a mediar entre Paz y Quiroga, pero éste fue derrotado y se refugió en Buenos Aires. Rosas le hizo dar un recibimiento triunfal —como si hubiese sido el vencedor— aunque el caudillo consideraba que la guerra había terminado para él.
Paz aprovechó la victoria para invadir las provincias de los aliados de Quiroga, colocando en ellos gobiernos unitarios. Los bandos quedaban definidos: las cuatro provincias del litoral, federales; las nueve del interior, unitarias y unidas desde agosto de 1830 en una Liga Unitaria, cuyo "supremo jefe militar" era Paz.
A los pocos meses, en enero de 1831, Rosas y Estanislao López impulsaron el Pacto Federal entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Éste, que sería uno de los "pactos preexistentes" mencionados en la Constitución de la Nación Argentina, tenía como objetivo poner un freno a la expansión del unitarismo encarnado en el general Paz. Corrientes se adheriría más tarde al Pacto, porque el diputado correntino Pedro Ferré intentó convencer a Rosas de nacionalizar los ingresos de la aduana de Buenos Aires e imponer protecciones aduaneras a la industria local. En este punto, Rosas sería tan inflexible como sus antecesores unitarios: la fuente principal de la riqueza y del poder de Buenos Aires provenía de la aduana.
El caudillo santiagueño Juan Felipe Ibarra, refugiado en Santa Fe, logró que López iniciara acciones contra Córdoba. Serían acciones guerrilleras, porque en ese tipo de acciones tenía ventaja sobre las disciplinadas tropas de Paz. A principios de 1831, el ejército porteño inició también las operaciones, al mando de Juan Ramón Balcarce; pero el ejército porteño nunca llegó a unirse al santafesino.
Cuando el coronel Ángel Pacheco derrotó a Juan Esteban Pedernera en la batalla de Fraile Muerto, Paz decidió hacerse cargo personalmente del frente oriental.
Por su lado, Quiroga decidió volver a la lucha. Pidió fuerzas a Rosas, pero éste sólo le ofreció los presos de las cárceles. Quiroga instaló un campo de entrenamiento y, cuando se consideró listo, avanzó sobre el sur de Córdoba. En el camino, Pacheco le entregó los pasados de Fraile Muerto: con ellos conquistó Cuyo y La Rioja en poco más de un mes.
La inesperada captura de Paz por un tiro de boleadoras de un soldado de López, el 10 de mayo, provocó un repentino cambio: Gregorio Aráoz de Lamadrid se hizo cargo del ejército unitario, con el que se retiró hacia el norte y fue vencido por Quiroga en la batalla de La Ciudadela, el 4 de noviembre, junto a la ciudad de Tucumán, con lo cual la Liga del Interior fue disuelta.

Convención de Santa Fe

En los meses siguientes, las provincias restantes se irían adhiriendo al Pacto Federal: Mendoza, Córdoba, Santiago del Estero y La Rioja en 1831. Al año siguiente, Tucumán, San Juan, San Luis, Salta y Catamarca.
En cuanto terminó la guerra, los representantes de varias provincias anunciaron que, con la pacificación interior, había llegado la ocasión esperada para la organización constitucional del país. Pero Rosas argumentaba que primero se tenían que organizar las provincias y luego el país, ya que la constitución debía ser el resultado escrito de una organización que debía darse primero. Aprovechó una acusación del diputado correntino Manuel Leiva para acusarlo de tener ideas anárquicas y retirar su representante de la convención de Santa Fe. En agosto de 1832, la convención quedaba disuelta, y la oportunidad de organizar constitucionalmente el país se pospuso por otros veinte años.
Por un tiempo, el país quedó dividido en tres áreas de influencia: Cuyo y el noroeste, de Quiroga; Córdoba y el litoral, de López; y Buenos Aires, de Rosas. Por unos años, este triunvirato virtual gobernaría el país, aunque las relaciones entre ellos nunca fueron muy buenas.
En 1832, en carta a Quiroga, Rosas le dijo
... siendo federal por íntimo convencimiento, me subordinaría a ser unitario si el voto de los pueblos fuese por la unidad.

El gobierno de la provincia

El primer gobierno de Rosas fue un gobierno de orden; no fue una tiranía despótica, aunque más tarde los historiadores harían extensivas a su primer gobierno algunas características del segundo. En este primer momento, se apoyó en algunos de los dirigentes del "Partido del Orden" de la década anterior, lo cual ha permitido que fuera acusado de ser el continuador del Partido Unitario, aunque con el tiempo se distanciaría de ellos.
Entre los hechos negativos se le atribuye responsabilidad en la invasión inglesa de las islas Malvinas, aunque este hecho ocurrió el 3 de enero de 1833, durante el gobierno de Balcarce que había sucedido a Rosas, que estaba emprendiendo su campaña al desierto. Estas islas, que habían sido objeto de disputa entre España e Inglaterra, se encontraban en posesión de España al momento de declararse la Independencia argentina, e Inglaterra implícitamente reconoció la continuidad jurídica de los derechos argentinos sobre las posesiones españolas al celebrar el tratado de Amistad, Comercio y Navegación, firmado en Buenos Aires el 2 de febrero de 1825, a pocos años de la Independencia argentina y ratificado por el gobierno británico en el mes de mayo de ese mismo año. Además, las Islas Malvinas habían sido pobladas por el Gobierno de Buenos Aires y se había designado un gobernador.
Esta primera administración de Rosas fue, también, un gobierno progresista: se fundaron pueblos, se reformaron el Código de Comercio y el de Disciplina Militar, se reglamentó la autoridad de los jueces de paz de los pueblos del interior y se firmaron tratados de paz con los caciques, con lo que se obtuvo una cierta tranquilidad en la frontera.
No obstante, la supremacía lograda no estuvo asociada a un apoyo incondicional de toda la población. Rosas debió enfrentar, por el contrario, una dura resistencia durante el curso de su gobierno.
A fines de 1832, la legislatura reeligió a Rosas. Se dijo durante muchos años que rechazó su reelección porque no se le concedían las facultades extraordinarias, lo que no es exacto: no se sentía capaz de gobernar -ni quería hacerlo- sin la unanimidad de la opinión pública en su favor. Esperaría que lo llamaran desesperadamente, mientras buscaba la forma de hacerse imprescindible.
En su lugar fue electo Juan Ramón Balcarce, importante militar de la época de la guerra de independencia y jefe de un grupo federal no totalmente rosista, a quien Rosas entregó el gobierno el 18 de diciembre de 1832.

Campaña al desierto

La llanura pampeana bonaerense había estado sometida al dominio blanco apenas en una franja estrecha junto al río Paraná y el río de la Plata, por lo menos hasta la década de 1810. Desde entonces, la “frontera interna con el indio” se había adelantado hasta una línea que pasaba aproximadamente por las actuales ciudades de Balcarce, Tandil y Las Flores.
En cuanto Rosas bajara del gobierno a fines de 1832, a principios del siguiente año coordinó la campaña con los de Mendoza, de San Luis y de Córdoba para hacer una batida general, que además acompañaría a la otra que había comenzado a principios del mismo año el general Manuel Bulnes, en Chile y en el extremo noroeste de la Patagonia oriental, específicamente en los alrededores de las lagunas de Epulafquen. La comandancia general le fue ofrecida a Facundo Quiroga, pero éste no participó en ella. Rosas concentró y adiestró la tropa en su estancia de Los Cerrillos, cerca del fortín y pueblo San Miguel del Monte.
El 6 de febrero de 1833 fue aprobada la ley que autorizaba al Poder Ejecutivo a negociar un crédito de un millón y medio de pesos m/c, para costear los gastos de la expedición, aunque al poco tiempo, el ministro de Guerra comunicó que no podría hacerse cargo de dicho objetivo, y por lo cual Juan Manuel de Rosas y Juan Nepomuceno Terrero terminaron suministrando ganado vacuno y caballar para el abastecimiento, sumado a que sus primos Anchorena, el doctor Miguel Mariano de Villegas, Victorio García de Zúñiga y el entonces coronel Tomás Guido donaran dinero en efectivo para que pudieran iniciarla7 8 por lo cual, pudieron partir de allí en marzo del citado año.
La columna oeste, al mando de José Félix Aldao, recorrió un territorio que había sido "limpiado" de aborígenes recientemente, por lo que se limitó a llegar al río Colorado. La del centro venció al cacique ranquel Yanquetruz y regresó rápidamente. La que hizo la mayor parte de la campaña fue la del este, al mando del propio Rosas. Éste se estableció a orillas del río Colorado —cerca de la actual localidad de Pedro Luro— y envió cinco columnas hacia el sur y hacia el oeste, que consiguieron derrotar a los caciques más importantes. A continuación firmó tratados de paz con otros, secundarios hasta entonces, que se convirtieron en útiles aliados. Al año siguiente se sumaría el más importante de ellos, Calfucurá.
Durante los primeros años de su segundo gobierno, la política de Rosas para con los indígenas alternaría tratados de paz y donaciones con campañas de exterminio. Sólo después de la crisis que comenzó en 1839 la cambió por una política de paz permanente.
La campaña también incorporó científicos que reunieron información sobre la zona recorrida, pero las regiones desérticas quedaron en manos de los indígenas. Recibió además la visita del científico Charles Darwin, quien en su diario de viaje describió parte de la campaña:
...Los indios formaban un grupo de unas 110 personas (hombres, mujeres y niños); casi todos fueron hechos prisioneros o muertos, pues los soldados no dan cuartel a ningún hombre. Los indios sienten actualmente un terror tan grande, que ya no se resisten en masa; cada cual se apresura a huir por separado, abandonando a mujeres e hijos.(...)Sin disputa, esas escenas son horribles, ¡pero cuánto mas horrible aún es el hecho cierto de que se da muerte a sangre fría a todas las indias que parecen tener mas de veinte años! Y cuando yo, en nombre de la humanidad protesté, se me replicó: "Sin embargo ¿que otra cosa podemos hacer? ¡Tienen tantos hijos esas salvajes!"
Se aseguró la tranquilidad para los campos y pueblos ya formados, y se logró un relativo avance en el sudoeste de la provincia, pero los adelantos de la frontera fueron mucho menos espectaculares que los logrados en la Conquista del Desierto emprendida muy posteriormente por el general Julio Argentino Roca en 1879.
Lo más importante que logró Rosas fue poner de su lado al ejército, a los estancieros y la opinión pública. Y el agradecimiento de las provincias de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe, que se vieron libres de saqueos importantes por muchos años. Sin embargo, el único grupo de indios que no fue totalmente dominado, los ranqueles, siguieron siendo vistos como un problema para los habitantes de estas provincias.
El precio a pagar por la paz fue sostener a las tribus amigas con entregas anuales de ganado, caballos, harina, tejidos y aguardiente. A partir de este momento, las tribus cazadoras dependieron de las entregas de alimentos, y fueron considerados por los bonaerenses como costosos parásitos del erario público, olvidando que —desde el punto de vista de Rosas— los pagos eran un precio a pagar por el uso de territorios que ellos consideraban suyos. Esta actitud pacificadora, y el cumplimiento de los pactos celebrados, le ganaron a Rosas el respeto de algunos de los jefes de los indios amigos.
Más tarde, el propio Rosas dirigió la redacción de una Gramática de la lengua pampa.
En esta campaña se destacaron algunos oficiales que formarían la siguiente generación de militares porteños: Pedro Ramos, Ángel Pacheco, Domingo Sosa, Hilario Lagos, Mariano Maza, Jerónimo Costa, Pedro Castelli y Vicente González (el Carancho del Monte).

La Revolución de los Restauradores

Mientras Rosas estaba en su campamento del río Colorado, los desacuerdos internos del partido federal iban en aumento. Una de las fracciones era ideológicamente liberal, y deseaba la organización constitucional; en sus filas militaban el gobernador Balcarce y sus ministros Enrique Martínez y Félix Olazábal. Sus adversarios, leales a Rosas, los llamaban lomos negros, debido a que el reverso de la lista en la cual se postulaban era de color negro. En el partido de Rosas figuraban estancieros, militares y comerciantes minoristas.
El enfrentamiento se condujo principalmente en la prensa, dividida en dos bandos, que se atacaban escandalosamente; el gobierno decidió procesar a varios periódicos opositores y uno o dos oficialista. Entonces se puso en acción Encarnación Ezcurra, esposa y consejera de Rosas, que reunía diariamente a sus aliados en su casa, y organizaba las manifestaciones y agresiones contra los opositores.
Cuando se anunció el juicio a los periódicos, uno de ellos era llamado "El Restaurador de las Leyes". Encarnación hizo empapelar la ciudad con la noticia de que iba a ser enjuiciado el Restaurador, lo que la gente interpretó como un juicio al jefe del partido federal. Se produjo una gran manifestación, y sus participantes se reunieron en las afueras de la ciudad; en su ayuda vino el general Agustín de Pinedo, que puso a sitio a la ciudad, provocando unos días más tarde la renuncia de Balcarce.
En su lugar fue nombrado el general Juan José Viamonte, y en los días siguientes abundaron las agresiones de los partidarios de Rosas, organizados en la Sociedad Popular Restauradora, formada por las clases medias de la ciudad y parte de los oficiales de origen humilde. Su brazo armado era la Mazorca, un grupo de agitadores que atacaba las casas de los opositores a Rosas, causando desmanes y agresiones físicas a quienes eran considerados opositores. Hubo unos pocos crímenes, pero por el momento no tuvieron la extensión que tendría en el futuro.
Unos meses después llegaba Rosas de regreso a Buenos Aires, y Viamonte se vio obligado a renunciar. En su lugar fue elegido Rosas, pero no aceptó porque no se le concedían las facultades extraordinarias. No se sentía capaz de gobernar —ni le interesaba hacerlo— bajo las limitaciones de un estado de derecho. Fue electo gobernador su amigo Manuel Vicente Maza, presidente de la legislatura.


Segundo gobierno

Al estallar un conflicto que se había suscitado entre Salta y Tucumán, Rosas logró que Manuel Vicente Maza enviara como mediador al general Facundo Quiroga, que residía en Buenos Aires. En el trayecto, éste fue emboscado y asesinado en Barranca Yaco, provincia de Córdoba, el 16 de febrero de 1835 por Santos Pérez, un sicario vinculado a los hermanos Reinafé, que gobernaban Córdoba.
La muerte de Quiroga provocó un clima de inestabilidad y violencia, por lo que Maza presentó su renuncia el 7 de marzo de ese año. La legislatura llamó a Rosas para que se hiciera cargo del gobierno provincial. Rosas condicionó su aceptación a que se le otorgase la "suma del poder público", por la cual la representación y ejercicio de los tres poderes del estado recaerían en el gobernador, sin necesidad de rendir cuenta de su ejercicio. La legislatura aceptó esta imposición, dictando ese mismo día la correspondiente ley.
La suma del poder público se le otorgó con el compromiso de:
.Conservar, defender y proteger la religión Católica Apostólica Romana.
.Sostener la causa nacional de la Federación.
.El ejercicio de la suma del poder público duraría "todo el tiempo que el Gobernador considere necesario".
No disolvió la legislatura ni los tribunales; por el momento, la suma del poder aparecía como la sanción legal del carácter excepcional que tenía su mandato. La naturaleza dictatorial de esa institución política afloraría más tarde, cuando Rosas hiciera uso de todo ese poder.
Por otro lado este asesinato le dio a Rosas la oportunidad única de no compartir el mando del partido federal, que hasta entonces se había repartido con Quiroga y López. Éste, en tanto que protector de los Reinafé, quedó muy debilitado; y moriría a mediados de 1838. Incluso los caudillos con poder propio cayeron en su órbita, como Juan Felipe Ibarra, de Santiago del Estero, y José Félix Aldao, de Mendoza.
Debido a que el país no contaba por entonces con una constitución propia —su caída sería, en 1853, condición necesaria para su sanción— los poderes de los que gozó Rosas en su segundo mandato han sido superiores a los de un presidente de facto, ya que dentro de éstos incluyó el de administrar justicia. Gran parte de la historiografía argentina sigue considerando a Rosas un dictador o un tirano, mientras que la corriente revisionista le niega tal carácter, considerándolo un defensor de la soberanía nacional.
Antes de asumir como gobernador, el Restaurador exigió que se realizara un plebiscito que confirmara el apoyo popular a su elección. El plebiscito se realizó entre los días 26 y 28 de marzo de 1835 y su resultado fue 9.713 votos a favor y 7 en contra. Por esos tiempos la provincia de Buenos Aires contaba con 60.000 habitantes, de los cuales no accedían al sufragio las mujeres ni los niños.
La Sala de Representantes nombró gobernador a Juan Manuel de Rosas el día 13 de abril de 1835 por el quinquenio que comprendía de 1835 a 1840.
El discurso que pronunció Rosas en el Fuerte, sede del gobierno provincial, al momento de la asunción de su segundo mandato como gobernador caracterizaría su posición frente a sus opositores:
¡Que de esa raza de monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y de espanto a los demás que puedan venir en adelante!
Rosas asumió su nuevo gobierno con la suma del poder público que utilizó para hostigar a sus disidentes fueran éstos federales o unitarios.
El terror estaba ya en la atmósfera, y aunque el trueno no había estallado aún, todos veían la nube negra y torva que venía cubriendo el cielo." Domingo Faustino Sarmiento.
En este sentido, un retrato vívido de esa época ha sido el legado por la pluma de Esteban Echeverría en El matadero, cuento precursor del realismo rioplatense que transcurre en la provincia de Buenos Aires durante los años '30. Desde la óptica opositora, Echeverría describió las contiendas entre unitarios y federales, y las figuras del caudillo Juan Manuel de Rosas y sus seguidores, atribuyendo a éstos últimos cualidades brutales y sanguinarias.
En cuanto asumió, Rosas ordenó la captura de Santos Pérez y los Reinafé, y tras un juicio que tardó años, fueron condenados a muerte y ejecutados. El juicio le dio a Rosas una autoridad nacional en un ámbito inesperado: su provincia tenía un tribunal penal de autoridad nacional. Esa autoridad no era legal pero era real, y aportó cierta unidad a la administración nacional.
Eliminó de todos los cargos públicos a sus opositores: expulsó a todos los empleados públicos que no fueran federales "netos", y borró del escalafón militar a los oficiales sospechosos de opositores, incluyendo a los exiliados. A continuación hizo obligatorio el lema de "Federación o muerte", que sería gradualmente reemplazado por "¡Mueran los salvajes unitarios!", para encabezar todos los documentos públicos; e impuso a los empleados públicos y militares el uso del cintillo punzó, que pronto sería usado por todos.
Por oposición, más tarde los unitarios llevarían divisas celestes, lo que tuvo un resultado inesperado: la bandera argentina era, hasta ese momento, de color azul y blanco. Los ejércitos de Rosas la empezaron a usar con un color azul oscuro, casi violeta; para diferenciarse, los unitarios la utilizaron de color celeste y blanco.
Para conseguir sus objetivos políticos Rosas contó también con el apoyo de la Sociedad Popular Restauradora, con la cual en esa época se vinculaba especialmente su esposa Encarnación, integrada por el grupo más leal de sus partidarios. Y a través del cuerpo parapolicial de la Mazorca, que volvió a actuar en la persecución de sus adversarios.
Una vez que logró consolidar su poder impuso los criterios federales y formó alianzas con los líderes de las demás provincias argentinas, logrando el control del comercio y de los asuntos exteriores de la Confederación.
La Ley de Aduanas

El gobernador de Corrientes, Pedro Ferré, realizó un enérgico planteo reclamando medidas proteccionistas para los productos de origen local, cuya producción se deterioraba debido a la política de libre comercio de Buenos Aires.
El 18 de diciembre de 1835, Rosas sancionó la Ley de Aduanas en respuesta a ese planteo, que determinaba la prohibición de importar algunos productos y el establecimiento de aranceles para otros casos. En cambio mantenía bajos los impuestos de importación a las máquinas y los minerales que no se producían en el país. Con esta medida buscaba ganarse la buena voluntad de las provincias, sin ceder lo esencial, que eran las entradas de la Aduana. Estas medidas impulsaron notablemente el mercado interno y la producción del interior del país. Sin embargo, Buenos Aires continuó siendo la principal ciudad.
Se nacía de un impuesto básico de importación del 17% y se iba aumentando para proteger a los productos más vulnerables. Las importaciones vitales, como el acero, el latón, el carbón y las herramientas agrícolas pagaban un impuesto del 5%. El azúcar, las bebidas y productos alimenticios el 24%. El calzado, ropas, muebles, vinos, coñac, licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero el 35%. La cerveza, la harina y las papas el 50%.
El efecto inesperado, pero que Rosas había considerado correctamente, era que disminuyeron las importaciones, pero el crecimiento del mercado interno compensó esa caída. De hecho, los impuestos por importación aumentaron significativamente. Más tarde, bajo el efecto de los bloqueos, se redujeron estas tasas de importación, pero nunca volvieron a ser tan bajas como en la época de Rivadavia, ni tanto como serían después de su caída.
Simultáneamente pretendió obligar a Paraguay a incorporarse a la Confederación Argentina ahogándola económicamente, para lo cual impuso una fuerte contribución al tabaco y los cigarros. Como temía que entraran de contrabando por Corrientes, esos impuestos alcanzaron también a los productos correntinos. La medida contra el Paraguay fracasó, pero tendría graves consecuencias respecto de Corrientes.
Su política económica fue decididamente conservadora: controló los gastos al máximo, y mantuvo un equilibrio fiscal precario sin emisiones de moneda ni endeudamiento. Tampoco pagó la deuda externa contraída en tiempos de Rivadavia, salvo en pequeñas sumas durante los pocos años en que el Río de la Plata no estuvo bloqueado. El papel moneda porteño mantuvo muy estable su valor y circuló por todo el país, reemplazando a la moneda metálica boliviana, con lo cual contribuyó a la unificación monetaria del país. El Banco Nacional fundado por Rivadavia estaba controlado por comerciantes ingleses y había provocado una grave crisis monetaria con continuas emisiones de papel moneda, continuamente depreciado. En 1836, Rosas lo declaró desaparecido, y en su lugar fundó el Banco de la Provincia de Buenos Aires.
Su administración era sumamente prolija, anotando y revisando puntillosamente los gastos e ingresos públicos, y publicándolos casi mensualmente. Incluso, cuando más tarde castigó a sus enemigos con embargos de sus bienes —no realizó confiscaciones, a diferencia de lo que hizo Lavalle antes que él, o Valentín Alsina y Pastor Obligado después— hizo que se les entregaran a los parientes de los así castigados recibos detallados de todo lo embargado.
Entre los funcionarios separados de su cargo por orden del gobernador estuvo el Decano del Superior Tribunal de Justicia, Miguel Mariano de Villegas, por no merecer la confianza del gobierno.

La política exterior

En el norte, las ambiciones del dictador boliviano Andrés de Santa Cruz, que dominaba la recién fundada Confederación Perú-Boliviana y quiso invadir Jujuy y Salta con el apoyo de algunos emigrados unitarios, llevaron a una guerra entre esos países y Argentina. La guerra estuvo a cargo del "protector" Heredia, gobernador de Tucumán. Éste era el último de los caudillos federales que hizo alguna sombra a Rosas, pero el Restaurador logró disciplinarlo por medio de la financiación de esta guerra. A fines de 1838, con el asesinato de Heredia a manos de uno de sus oficiales, se paralizaron las operaciones y desapareció su último competidor federal; tal vez por eso mismo al año siguiente aparecieron enemigos internos decididamente no federales.
Las relaciones con Brasil fueron muy malas, pero nunca se llegó a la guerra, por lo menos hasta la crisis que desembocaría en la Batalla de Caseros. Nunca hubo problemas con Chile, aunque en ese país se refugiaban muchos opositores, que llegaron a lanzar algunas expediciones desde allí contra las provincias argentinas. El Paraguay proclamó su independencia y la anunció oficialmente a Rosas, que respondió que no estaba en condiciones de reconocer ni desconocer esa declaración. En la práctica, su pretensión era reincorporar la antigua provincia del Paraguay a la Confederación, por lo cual mantuvo el bloqueo de los ríos interiores, a fin de forzar al Paraguay a negociar. El Paraguay respondió aliándose e los enemigos de Rosas, pero nunca hubo enfrentamiento alguno entre ambos ejércitos ni escuadras.
En Uruguay, el nuevo presidente Manuel Oribe se libró de la tutoría de su antecesor Fructuoso Rivera. Pero éste, con apoyo de unitarios de Montevideo (entre ellos Lavalle) y de los imperiales brasileños establecidos en Río Grande del Sur, formó el partido “colorado” (al que Oribe le opuso el partido "blanco") y se lanzó a la revolución iniciándose la llamada Guerra Grande. A mediados de 1838 comenzó el sitio de parte de los colorados al gobierno, resguardado tras los muros de Montevideo. Los colorados tuvieron desde el primer momento el apoyo de la flota francesa y el protectorado brasileño. Ante esto, Oribe renunció en octubre de 1838, dejando en claro que lo había obligado una flota extranjera y se retiró a Buenos Aires.

El bloqueo francés

Los peores problemas empezaron con Francia: la política exterior francesa había permanecido en un perfil bajo por dos décadas, hasta que el rey Luis Felipe intentó recuperar para Francia su papel de gran potencia, obligando a varios países débiles a hacerle concesiones comerciales y, cuando era posible, reducirlos a protectorados o colonias. Ese fue el caso de Argelia, por sólo citar un ejemplo. Desde 1830, Francia buscaba aumentar su influencia en América Latina y, especialmente, lograr la expansión de su comercio exterior. Consciente del poder inglés, en 1838 el rey Luis Felipe exponía ante el parlamento que “solo con el apoyo de una poderosa marina podrían abrirse nuevos mercados a los productos franceses…”.
Al ver que la Argentina no estaba organizada constitucionalmente, pensaron que podían, al menos, obligarla a concesiones comerciales. En noviembre de 1837, el vicecónsul francés se presentó al ministro de relaciones exteriores, Felipe Arana, exigiéndole la liberación de dos presos de nacionalidad francesa, el grabador César Hipólito Bacle, acusado de espionaje a favor de Santa Cruz, y el contrabandista Lavié. También reclamaba un acuerdo similar al que tenía la Confederación Argentina con Inglaterra y la excepción del servicio militar para sus ciudadanos (que en ese momento eran dos).
Arana rechazó las exigencias, y meses más tarde, en marzo de 1838 la armada francesa bloqueó “el puerto de Buenos Aires y todo el litoral del río perteneciente a la República Argentina”. Y lo extendió a las demás provincias litorales, para debilitar la alianza de Rosas con ellas, ofreciendo levantar el bloqueo contra cada provincia que rompiera con él.
También en octubre de 1838, la escuadra francesa atacó la isla Martín García, derrotando con sus cañones y su numerosa infantería a las fuerzas del coronel Jerónimo Costa y del mayor Juan Bautista Thorne. Debido al desempeño honroso y valiente demostrados por los argentinos, fueron conducidos a Buenos Aires y dejados en libertad, con una nota del comandante francés Hipólito Daguenet, haciendo saber tal circunstancia a Rosas, en los siguientes términos: “... Encargado por el Señor Almirante Le Blanc,comandante en jefe de la estación del Brasil, y de los mares del Sud, de apoderarme de la isla de Martín García con las fuerzas puestas a mi disposición para tal objeto, desempeñé el 14 de este la misión que me había sido confiada. Ella me ha presentado la oportunidad de apreciar los talentos militares del bravo coronel Costa, gobernador de esa isla y de su animosa lealtad hacia su país. Esta opinión tan francamente manifestada es también la de los capitanes de corbetas francesas la "Expeditive" y la "Bordelaise", testigos de la increíble actividad del señor coronel Costa, como de las acertadas disposiciones tomadas por este oficial superior, para la defensa de la importante posición que estaba encargado de conservar. Lleno de estimación por él he creído que no podría darle una prueba mejor de los sentimientos que me ha inspirado, que manifestando a V. E. su bizarra conducta durante el ataque dirigido contra él, el 11 del corriente, por fuerzas muy superiores a las de su mando..."
El bloqueo afectó mucho la economía de la provincia, al cerrar las posibilidades de exportar. Eso dejó muy descontentos a los ganaderos y a los comerciantes, muchos de los cuales se pasaron silenciosamente a la oposición.
Sobre el reclamo particular de Francia, esto es, la eximición del servicio de armas para sus súbditos, el gobierno de Buenos Aires retrasó la respuesta por más de dos años. Rosas no se oponía a reconocer a los residentes franceses en el Río de la Plata el derecho a un trato similar al que se daba a los ingleses, pero sólo estuvo dispuesto a reconocerlo cuando Francia envió un ministro plenipotenciario, con plenos poderes para la firma de un tratado. Eso significaba un trato de igual a igual, y un reconocimiento de la Confederación Argentina como un estado soberano.

La generación del '37

En 1837 surgió un grupo de jóvenes intelectuales que comenzó a reunirse en la librería de Marcos Sastre. Entre ellos se contaban Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, José Mármol y Vicente Fidel López. Su pensamiento se identificaba con la clase política que había protagonizado el proceso independentista hasta la organización unitaria de 1824 y adhería a las ideas del romanticismo europeo y la democracia liberal.
Este grupo logró cierta influencia a partir de dos instituciones: el Salón Literario, luego cerrado por orden de Rosas, y La Joven Argentina, sociedad secreta fundada por Echeverría en 1838.
Estos jóvenes, constituyentes de la segunda generación criolla, intentaron ser una alternativa a federales y unitarios, propiciaron una organización nacional mixta, la modificación de las costumbres sociales y la necesidad de contar con una literatura nacional. Tanto sus ideas como sus acciones tendrían gran influencia en la organización nacional y el proceso constitucional posterior a la caída de Rosas. Por mucho tiempo fueron considerados próceres civiles, pero posteriormente, los historiadores revisionistas les acusaron de considerar todo lo europeo superior a lo americano o español, de querer trasplantar Europa a América sin considerar a los americanos, y de traicionar repetidamente a su propio país al aliarse a los enemigos extranjeros de su gobierno.
Se pronunciaron en contra de la política de Rosas respecto de las potencias extranjeras —especialmente de Francia— y fueron perseguidos por la Mazorca, brazo armado de la Sociedad Popular Restauradora. Si bien ninguno fue asesinado, todos ellos terminaron por exiliarse. La gran mayoría pasó a Montevideo. Otros, como Domingo Faustino Sarmiento, emigraron a Santiago de Chile. En el exilio se confundieron con los opositores refugiados, los más antiguos de los cuales eran los unitarios, a los que se habían sumado los lomos negros de la época de Balcarce; formarían un grupo más o menos homogéneo, globalmente llamados "unitarios" por los partidarios de Rosas.

Palermo de San Benito

Mientras tanto, Rosas había avanzado en la compra de una gran cantidad de terrenos y propiedades en la zona conocida como “bañado de Palermo”, en Buenos Aires. Aunque las fuentes arrojan diversas fechas, sería entre 1836 y 1838 que el Gobernador habría comenzado con su proyecto personal para construir su nueva residencia y quinta en esta región alejada del centro porteño.
Durante los siguientes diez años, Rosas emprendió el ambicioso y costoso proyecto, que incluía no sólo una imponente casona, la más grande de Buenos Aires en aquel momento, sino un estanque artificial con un canal, varias dependencias y el arbolado y parquizado de un área importante. Hacia 1848, se habría instalado definitivamente en la estancia que él mismo bautizó “Palermo de San Benito” y también conocida como “San Benito de Palermo”, nombre sobre el cual existen aún hoy diversas hipótesis que no pudieron ser confirmadas.

La guerra civil del '40

En junio de 1838 llegó a Buenos Aires el ministro de gobierno santafesino Domingo Cullen, con la misión de obtener un acercamiento entre Rosas y la flota francesa. Pero al parecer se extralimitó en sus órdenes, y negoció con el jefe de la flota el levantamiento de la misma para su provincia, a cambio de ayudar a Francia contra Rosas y suprimir la delegación que su provincia había hecho de las relaciones exteriores en la de Buenos Aires. Pero a mitad de la negociación murió el gobernador Estanislao López, por lo que Cullen huyó a Santa Fe. Allí se hizo elegir gobernador, pero Rosas y el entrerriano Pascual Echagüe lo desconocieron como tal, con la excusa de que era español. Fue depuesto y reemplazado por Juan Pablo López, hermano de su antecesor.
Cullen huyó a Santiago del Estero y se refugió en casa del gobernador Ibarra, desde donde logró organizar una invasión a la provincia de Córdoba por parte de los opositores al gobernador Manuel López. Éstos fueron derrotados, e Ibarra envió a Cullen preso a Buenos Aires. Al llegar al límite de la provincia de Buenos Aires, fue fusilado por el coronel Pedro Ramos en junio de 1839.
Cullen había enviado a su ministro Manuel Leiva a negociar con el gobernador correntino Genaro Berón de Astrada una alianza contra Rosas, que el correntino aceptó. Pero ante la caída de Cullen, buscó apoyo en el uruguayo Rivera, con quien firmó un tratado de alianza, que éste nunca cumplió. Y declaró la guerra contra Buenos Aires y Entre Ríos. El gobernador Echagüe invadió Corrientes y destrozó al ejército enemigo en la batalla de Pago Largo, donde Berón pagó la derrota con su vida.
En mayo, con apoyo y dinero porteño, Echagüe invadió Uruguay, con apoyo de gran número de militares "blancos", dirigidos por Juan Antonio Lavalleja, Servando Gómez y Eugenio Garzón. Llegó hasta muy cerca de Montevideo, pero fue derrotado en la batalla de Cagancha.
El gobierno francés no consiguió mucho con su bloqueo, por lo que decidió financiar campañas militares contra Rosas, tanto pagando un fuerte subsidio al gobierno de Rivera, como a los unitarios organizados en la Comisión Argentina, dirigida por Valentín Alsina. Éstos buscaron un jefe militar prestigioso para dirigir la revolución, y la elección cayó en Lavalle, a quien Alberdi convenció de ponerse al frente de las tropas.
Allí, al producirse el ataque de Echagüe a Uruguay, Lavalle decidió aprovechar para invadir Entre Ríos. Como no consiguió apoyo alguno en esa provincia para su cruzada contra Rosas, se dirigió a Corrientes, donde el gobernador Ferré lo puso al mando de su ejército.
Lo primero que hizo Ferré fue lanzar contra Santa Fe al fundador de la autonomía provincial, Mariano Vera, pero éste fue rápidamente derrotado y muerto.

La revolución de los Libres del Sur

En la propia Buenos Aires se gestó un movimiento contra Rosas, cuyo mando militar cayó en el coronel Ramón Maza, hijo del presidente de la legislatura, Manuel Maza. Y en el sur de la provincia se organizó el grupo llamado de los Libres del Sur, formados por ganaderos que, alarmados por la caída de las exportaciones, planificó una revolución que se extendió rápidamente. Contaban con el apoyo de Lavalle, que debía desembarcar en la bahía de Samborombón.
Pero todo salió mal: no pudieron contar con el apoyo de Lavalle quien se dirigió a Entre Ríos para invadirla, privando a los revolucionarios de sus tropas. Asimismo el grupo de Maza fue delatado: el ex amigo de Rosas fue asesinado en su despacho oficial y su hijo -el propio jefe militar- fusilado por orden de Rosas en la cárcel. Los Libres del Sur, descubiertos, se lanzaron a la insurrección pero apenas dos semanas más tarde fueron derrotados por Prudencio Rosas, hermano del gobernador, en la batalla de Chascomús. Los cabecillas murieron en la batalla, otros fueron ejecutados o encarcelados y algunos debieron exiliarse.

La Coalición del Norte

Desde la muerte de Heredia, los unitarios del norte se habían ido organizando y empezaron a controlar los gobiernos de Tucumán, Salta, Jujuy y Catamarca.
Rosas recordó que tenían en su poder el armamento enviado por él para la guerra contra Bolivia, y decidió mandar un emisario para quitárselo antes de que se pronunciaran contra él. La elección fue uno de los más serios y evidentes errores en toda la carrera del Restaurador: el general Gregorio Aráoz de La Madrid, líder unitario tucumano de la década anterior, que al llegar a Tucumán cambió de bando y se unió a los rebeldes. Éstos se pronunciaron contra Rosas y formaron la Coalición del Norte, dirigida por el ministro tucumano Marco Avellaneda. Intentaron extender la alianza seduciendo a los gobernadores Tomás Brizuela, de La Rioja, e Ibarra, de Santiago del Estero. Ambos eran federales, pero al primero lo convencieron dándole el mando militar supremo; Ibarra se negó.
A fines de 1840, Lamadrid invadió Córdoba, donde un grupo de liberales derrocó a Manuel López. Incluso intentaron revoluciones en San Luis y Mendoza, pero ambas fracasaron.

Campañas de Lavalle

Lavalle invadió Entre Ríos y enfrentó a Echagüe en dos batallas indecisas. Se refugió en la costa sur de la provincia y se embarcó en la flota francesa, desembarcando en el norte de la provincia de Buenos Aires. Esquivó al general Pacheco y se dirigió hacia Buenos Aires, estableciéndose en Merlo, y allí esperó que la ciudad se pronunciara a su favor.
Rosas organizó su cuartel general en los Santos Lugares —actualmente San Andrés, Partido de General San Martín— el mismo cuartel que más tarde se haría famoso por los prisioneros recluidos allí y por el fusilamiento de Camila O’Gorman. Le cerró el paso hacia la capital, mientras Pacheco lo rodeaba por el norte. Mientras tanto, el ejército de Lavalle se desarmaba por las deserciones, y la ciudad apoyó incondicionalmente a Rosas.
Entonces Lavalle retrocedió. Todos los unitarios lo criticaron mucho por esa decisión, pero realmente no podía hacer otra cosa.
La retirada de Lavalle hizo que los franceses firmaran la paz con Rosas y levantaran el bloqueo. Lavalle, sin apoyo naval, ocupó Santa Fe, pero su ejército seguía disminuyendo. Por su parte, Rosas lanzó en su persecución a Pacheco, y poco después puso a Oribe al mando del ejército federal.

El terror

Cuando se supo que Lavalle huía, estalló el terror general en la ciudad: decenas de personas fueron asesinadas, centenares de casas saqueadas y las calles quedaron vacías. Los antiguos partidarios de los unitarios fueron perseguidos, y también los que fueran sospechosos de serlo, por cualquier razón. Los símbolos de los unitarios, y hasta los objetos de colores identificados con los unitarios - celeste y verde - fueron destruidos. Las casas, la ropa, los uniformes, todo lo que pudiera colorearse fue pintado de color rojo.
Rosas no hizo nada para detener la masacre, y posiblemente no hubiera podido controlarla. Sólo a fines de ese año, cuando estuvo seguro de que iba a ser obedecido, anunció que a cualquiera que se lo descubriera violando una casa, robando o asesinando sería pasado por las armas. La violencia se detuvo ese mismo día.
El terror del año '40 fue la culminación del uso político de la violencia por parte de Rosas y su partido. Algunos historiadores extienden la imagen de esas semanas de violencia a todo su gobierno, mientras que otros sostienen que no fue así. Hubo varios períodos en los que los opositores fueron perseguidos, pero los crímenes de todos los días sólo ocurrieron a fines de 1840. De hecho, Rosas usó más el terror como idea para presionar las conciencias que para eliminar personas.
En 1842, Rosas se autoproclamó Tirano ungido por Dios para salvar a la patria.

Final de la guerra civil

Lavalle se retiró hacia la provincia de Córdoba pero al entrar en ella fue derrotado en la batalla de Quebracho Herrado, lo que lo obligó a retirarse a Tucumán. Allí se reunió y se separó nuevamente de Lamadrid, que marchó a invadir Cuyo. El jefe de su vanguardia, Mariano Acha (el que había entregado a Dorrego en manos de Lavalle), venció a José Félix Aldao en la batalla de Angaco, pero fue rápidamente derrotado batalla de La Chacarilla y ejecutado al poco tiempo. Unas semanas más tarde, Lamadrid se hacía nombrar gobernador de Mendoza, munido de las facultades extraordinarias tan criticadas, sólo para ser pronto derrotado en Rodeo del Medio. Los sobrevivientes emigraron a Chile.
Lavalle esperó a Oribe en Tucumán, y allí fue derrotado en la batalla de Famaillá, en septiembre de 1841. Su aliado Marco Avellaneda fue ejecutado, y el mismo Lavalle murió en un tiroteo casual en San Salvador de Jujuy. Sus restos fueron llevados a Potosí, donde también se refugiaron los últimos unitarios del norte.
Los antirrosistas, sin embargo, tuvieron un éxito inesperado en Corrientes, donde el general Paz destrozó el ejército de Echagüe en Caaguazú. Desde allí invadió Entre Ríos (simultáneamente con Rivera) y se hizo nombrar gobernador. Un conflicto con Ferré le obligó a huir, dejando sus fuerzas en manos de Rivera.
Por esa época hizo algunas campañas navales el futuro héroe nacional italiano Giuseppe Garibaldi, que en los ríos argentinos y uruguayos asoló las poblaciones y caseríos; y aunque el almirante Guillermo Brown resaltó la valentía del italiano, consideró la actuación de sus subordinados, pirática.
En Santa Fe, Juan Pablo López se pasó al bando contrario después de la derrota de la Coalición del Norte, de modo que Oribe regresó y lo derrotó fácilmente en abril de 1842. Se refugió junto a Rivera, en el este de Entre Ríos, donde Oribe los derrotó en Arroyo Grande, en diciembre de 1842.
Muchos de los prisioneros de estas batallas fueron ejecutados por orden de Oribe o de Rosas. Al menos, por el momento, la guerra civil había terminado en la Argentina.

La década final

La historiografía liberal decimonónica argentina, que tuvo a Bartolomé Mitre y a Vicente Fidel López como sus máximos exponentes y difusores, suele atribuir grandes cambios y transformaciones a los años que siguieron a la caída de Rosas, cuyo gobierno habría sido un largo período de estancamiento, imagen derivada más bien de posturas ideológicas que de un examen atento de los hechos.
La Ley de Aduanas de 1836 tuvo una aplicación variable, y se derogó y volvió a aplicar según las necesidades y los bloqueos. La combinación de ambos procesos llevó a un gran crecimiento económico en las provincias interiores, siendo el caso de Entre Ríos muy claro, pero no exclusivo.
Si bien hubo una fuerte inmigración europea, sus características fueron completamente distintas de la masiva inmigración posterior a su caída. Llegaron inmigrantes de Irlanda, Galicia, el País Vasco e incluso de Inglaterra. Pero no se afincaron en colonias agrícolas sino que debieron integrarse en una sociedad controlada por los criollos. Muchos irlandeses y vascos se dedicaron a la cría de ganado ovino, y en pocos años lograron convertirse en propietarios. La ganadería exclusivamente vacuna fue reemplazada por otra, dominada por las ovejas, y en la cual el principal renglón de las exportaciones fue, cada vez más, la lana. Eso llevó a aumentar la dependencia económica respecto de Inglaterra, principal compradora de lana del mundo.
La sociedad argentina quedó libre de toda disidencia. Quienes no se unieron al partido gobernante debieron emigrar o, en muchos casos, fueron muertos. En el interior del país, la adhesión automática a Rosas fue impuesta por los ejércitos porteños o por los caudillos locales. Muchos de estos habían surgido como emanaciones de la voluntad de Rosas, como Nazario Benavídez en San Juan, Mariano Iturbe en Jujuy o Pablo Lucero en San Luis.
Incluso fue obra de Rosas la llegada al poder de Justo José de Urquiza en Entre Ríos, pero era un caso distinto: éste era el general más capaz del bando federal, sólo comparable a Pacheco. Después de Arroyo Grande, los triunfos más importantes los había obtenido él, con tropas entrerrianas y algunos refuerzos porteños. En segundo lugar, era un hombre muy rico, y aprovechó su situación de poder para enriquecerse aún más. Por último, por su posición militar, Rosas se vio obligado a hacer la vista gorda cuando el entrerriano permitía el contrabando desde y hacia Montevideo.

Política religiosa

Las relaciones con la Iglesia Católica fueron bastante complicadas: Rosas era un católico ferviente, pero siempre reclamó la continuidad del Patronato de Indias sobre la Iglesia en la Argentina.
Recibió a los jesuitas en 1836 y les devolvió algunos de sus bienes. Pero como éstos se declararan fieles al Papado en relación al patronato y se negaran a apoyar públicamente a Rosas en su iglesia, pocos años más tarde se enfrentaron al gobernador y hacia 1840 estaban enfrentados al Restaurador y terminaron exiliándose en Montevideo.
En todas las otras iglesias, los curas apoyaron públicamente a Rosas, celebraron misas en agradecimiento a sus éxitos y en desagravio a sus fracasos; los santos llevaban insignias de color punzó y el retrato de Rosas figuraba entre los altares a los santos.
Rosas toleró al obispo Mariano Medrano, electo durante el gobierno de Viamonte, pero no habría aceptado ningún otro que no contara con su aprobación. Esto es, se consideraba continuador del patronato eclesiástico que habían tenido los reyes de España.
Uno de los hechos más famosos de su gobierno fue la aventura de amor de Camila O’Gorman y el cura Ladislao Gutiérrez, que se escaparon juntos para formar una familia. Azuzado por la prensa unitaria desde Montevideo y Chile, por los propios federales, e incluso por el padre de la joven, el gobernador ordenó inesperadamente fusilarlos, lo que se cumplió en el campamento de Santos Lugares.

El sitio de Montevideo y una nueva rebelión correntina

Después de la victoria de Arroyo Grande, Oribe todavía tenía una cuenta que saldar: atacó a Rivera en el Uruguay, y se instaló frente a Montevideo, a la que le puso sitio con el apoyo de varios regimientos argentinos. Apoyado por Francia, Inglaterra y posteriormente Brasil, y defendido por refugiados argentinos y mercenarios europeos, Rivera logró que la ciudad resistiera hasta 1851. La flota porteña del almirante Guillermo Brown estableció el bloqueo del puerto, lo que hubiera significado la inmediata caída de la ciudad pero la escuadra anglo-francesa al mando del Comodoro Purvis, logró alejar a las embarcaciones de Buenos Aires y mantener así una vía abierta para abastecer a la población.
Rivera fue expulsado de la ciudad, pero Oribe nunca logró capturarla.
Durante todo ese tiempo, las mejores tropas de Buenos Aires quedaron inmovilizadas en el Uruguay. En la historia uruguaya, este período es conocido como la Guerra Grande.
Corrientes se volvió a alzar contra Rosas en 1843, bajo el mando de los hermanos Joaquín y Juan Madariaga, pero no lograron exportar su rebelión a las demás provincias.
Tras más de cuatro años de resistencia, el nuevo gobernador entrerriano Justo José de Urquiza los venció en dos batallas, en Laguna Limpia y en Rincón de Vences. A fines de 1847, la Argentina quedó uniformemente alineada detrás de Rosas.

El bloqueo anglo-francés

El gobierno de Rosas había prohibido la navegación por los ríos interiores a fin de reforzar la Aduana de Buenos Aires, único punto por el que se comerciaba con el exterior. Durante largo tiempo, Inglaterra había reclamado la libre navegación por los ríos Paraná y Uruguay para poder vender sus productos. En cierta medida, esto hubiera provocado la destrucción de la pequeña producción local, pero la única provincia beneficiada por esa política fue la de Buenos Aires, ya que se prohibía comerciar por los puertos fluviales.
Debido a esta disputa, el 18 de septiembre de 1845 las flotas inglesas y francesas bloquearon el puerto de Buenos Aires e impidieron que la flota porteña apoyara a Oribe en Montevideo. De hecho, la escuadra del almirante Guillermo Brown fue capturada por la flota británica.
La flota combinada avanzó por el río Paraná, intentando entrar en contacto con el gobierno rebelde de Corrientes y con Paraguay, cuyo nuevo presidente, Carlos Antonio López, pretendía abrir en algo el régimen cerrado heredado del doctor Francia. Lograron vencer la fuerte defensa que hicieron las tropas de Rosas, dirigidas por su cuñado Lucio Norberto Mansilla en la batalla de Vuelta de Obligado pero meses más tarde fueron derrotados en la batalla de Quebracho. Esas batallas hicieron demasiado costoso el triunfo, por lo que no se volvió a intentar semejante aventura.
Al saber las noticias sobre la defensa de la soberanía argentina en el Plata, el general José de San Martín, que vivía en Francia, escribió: “... Sobre todo, tiene para mí el general Rosas que ha sabido defender con toda energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por esto, después del combate de Obligado, tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a defender la independencia americana, por aquel acto de entereza, en el cual, con cuatro cañones, hizo conocer a la escuadra anglofrancesa, que pocos o muchos, sin contar los elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia.” Ernesto Quesada, La época de Rosas. Ediciones Del Restaurador, Buenos Aires, 1950, pág. 63.
Ya en su testamento redactado el 23 de enero de 1844 —un poco más de un año y medio antes de Obligado— ya había legado su sable corvo, la espada más preciada que tenía, la que había usado en Chacabuco y Maipú, al gobernador Rosas, el que la recibirá después del fallecimiento del libertador.
"El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas como una prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla."
Gran Bretaña levantó el bloqueo en 1847, aunque recién en 1849, con el tratado Arana-Southern, se concluyó definitivamente este conflicto. Francia tardó un año más, hasta la firma del tratado Arana-Lepredour. Estos tratados reconocían la navegación del río Paraná como una navegación interna de la Confederación Argentina y sujeta solamente a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del río Uruguay en común con el Estado Oriental.

Batalla de Caseros

Después de la retirada de Francia y Gran Bretaña, Montevideo sólo dependía del Imperio del Brasil para sostenerse. Éste, que era garante de la independencia de Uruguay, había abusado de esa condición en provecho propio. Rosas consideró inevitable una guerra con Brasil, y pretendió aprovecharla para reconquistar las Misiones Orientales. Declaró la guerra al Imperio y nombró comandante de su ejército a Justo José de Urquiza.
Varios personajes del partido federal acusaron a Rosas de lanzarse a esta nueva aventura sólo para eternizar la situación de guerra que éste usaba como excusa para no convocar una convención constituyente.
Los más inteligentes de sus opositores se convencieron de que no se podía vencer a Rosas sólo con los unitarios. El general Paz, por ejemplo, creía que alguno de sus caudillos subalternos era quien lo iba a derribar; y pensó en Urquiza.
Urquiza no sentía ningún anhelo de libertad diferente del de Rosas, aunque su estilo era distinto en varios aspectos. Pero a fines del año 1850, Rosas le ordenó que cortara el contrabando desde y hacia Montevideo, que había beneficiado enormemente a Entre Ríos en los años anteriores. Afectado económicamente, ya que el paso obligado por la Aduana de Buenos Aires para comerciar con el exterior era un problema económico de magnitud para su provincia, Urquiza se preparó a enfrentar a Rosas.
Pero no pretendió derrotar a un enemigo tan poderoso a la manera de los unitarios, lanzándose a la aventura; tras varios meses de negociaciones, acordó una alianza secreta con Corrientes y con el Brasil. El gobierno imperial se comprometió a financiar sus campañas y transportar sus tropas en sus buques, además de entregar enormes sumas de dinero al propio Urquiza para su uso personal, podemos creer que destinado a fines políticos.
El 1º de mayo de 1851, lanzó su Pronunciamiento, por el que reasumió la conducción de las relaciones exteriores de su provincia, aceptando inesperadamente la renuncia que todos los años Rosas hacía de las mismas.
Urquiza tampoco se lanzó directamente sobre su enemigo, sino que primero atacó a Oribe en Uruguay. Lo obligó a capitular con él y entregar el gobierno a una alianza de los disidentes de su partido con los colorados de Montevideo. A continuación se apoderó del armamento argentino que formaba parte de las fuerzas de Oribe… y de sus soldados, que fueron incorporados al Ejército Grande de Urquiza como si fueran ganado.
Sólo entonces, Urquiza se trasladó a Santa Fe, derrocó allí a Echagüe y atacó a Rosas. Tras la defección de Pacheco, Rosas asumió el comando de su ejército, al frente del cual fue derrotado en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852.
Tras la derrota, Rosas abandonó el campo de batalla — acompañado sólo por un ayudante — y firmó su renuncia en el "Hueco de los sauces" (actual Plaza Garay de la ciudad de Buenos Aires):
"Creo haber llenado mi deber con mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho en el sostén de nuestra independencia, nuestra identidad, y de nuestro honor, es porque más no hemos podido."
Muchos años más tarde, Urquiza declararía, en una correspondencia particular:
"Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del General Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores, he colocado en el poder."

Exilio y muerte

Rosas se refugió en el consulado británico, la tarde del día siguiente, protegido por el cónsul británico Robert Gore, partió hacia Inglaterra en el buque de guerra británico Conflict. Se instaló en las afueras de Southampton. Allí vivió en una granja obsequiada por el gobierno inglés, donde intentó reproducir algunas de las características de una estancia de la pampa. Fue otra de las tantas contradicciones de su vida, al buscar refugio en un país con el que estuvo repetidamente en conflicto.
En su exilio recibió muy pocas visitas, pero escribió un buen número de cartas a quienes habían sido sus amigos. En general, trataban de su situación económica, de testimonios sobre su propia vida y en algunos casos tocaba temas de política actual.
Complicando aún más su propia imagen, ya bastante controvertida, escribió a Mitre que lo que le convenía a Buenos Aires era separarse del resto del país y establecerse como una nación independiente. Nunca aprendió a hablar inglés ni ningún otro idioma.
Murió en el exilio el 14 de marzo de 1877, acompañado por su hija Manuelita, en su finca de Southampton, Inglaterra.
Cuando la noticia de su muerte llegó a Buenos Aires, el gobierno prohibió hacer ningún funeral ni misa en favor de su alma, y organizó un inusual responso por las víctimas de su "tiranía".
Sus restos fueron repatriados a la Argentina el 1 de octubre de 1989 y reposan actualmente en el panteón familiar del Cementerio de la Recoleta en la Ciudad de Buenos Aires.
La casona de Rosas “San Benito de Palermo” quedó abandonada con su exilio, y sería una ruina durante la siguiente década. Luego sería utilizada por el Gobierno Nacional con varios fines: Colegio Militar, Escuela Naval, etc., mientras el presidente Domingo Faustino Sarmiento impulsó la transformación de los terrenos de estancia en un espacio público, el Parque 3 de Febrero (llamado en honor a la batalla de Caseros). El edificio seguiría en pie hasta el 3 de febrero de 1899, cuando el Intendente Adolfo Bullrich ejecutara su implosión, con muy poca oposición social.


                                                                              Maximiliano Reimondi

miércoles, 27 de marzo de 2013


LA DICTADURA MILITAR EN ROSARIO
“La conciencia es esencialmente reactiva; por eso no saberse lo que puede un cuerpo, de qué actividad es capaz y lo que decimos de la conciencia debemos también decirlo de la memoria y el hábito” (Gilles Deleuze)
“Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos” (Martin Luther King)
“Si no se comprende e insiste a las nuevas generaciones que la dictadura argentina asentó su poder sobre el colaboracionismo, no se podrá entender nunca cómo fue posible tanta barbarie” (Rubén Chababo, La Capital, 01/04/96)
“También es terrorista el que activa a través de ideas contrarias a nuestra civilización occidental y cristiana “(Jorge Rafael Videla)


Las modalidades y el diseño de la represión

En las primeras horas del 24 de marzo de 1976, la Junta Militar redactó una serie de comunicados que anulaban las libertades y garantías constitucionales para los argentinos.
En consonancia con los cambios operados a nivel nacional la provincia de Santa Fe fue
intervenida. El primer interventor provincial fue el Coronel José María González, en
abril lo reemplazó en ese cargo el Vicealmirante Jorge Aníbal Desimone quien se
mantendría en ese puesto hasta 1981. Asimismo en la ciudad de Rosario el intendente Rodolfo Ruggeri fue encarcelado (junto a otros políticos y funcionarios provinciales y municipales) asumiendo el cargo el Coronel Hugo Laciar reemplazado luego por el Capitán Augusto Cristiani que ocupó ese lugar hasta 1981; luego asumió Alberto Natale como intendente civil en el contexto de un reordenamiento político que se iniciaba con la asunción de Viola como presidente de facto.
El golpe de estado no implicó sólo un cambio de autoridades en la ciudad sino que significó un claro acatamiento de las pautas que el PRN planteaba y la imposición desde arriba de estrategias de despolitización y disciplinamiento social en los diversos ámbitos públicos de la ciudad. La instauración de la dictadura fue posible a partir de este conjunto de medidas coercitivas impuestas desde el Estado y también gracias al apoyo tibio en algunos casos, elocuente en otros que recibió el PRN desde diversas instituciones como la Iglesia, algunos partidos políticos en la provincia de Santa Fe el PDP, por ejemplo e inclusive de los medios de comunicación locales que legitimaron en primera instancia el golpe y sustentaron luego el gobierno militar con mayor o menor énfasis por lo menos hasta iniciada la década del 80.
Así se intensificaron los operativos “rastrillo” en las zonas fabriles-señaladamente Villa Constitución y las localidades de la zona norte del cordón industrial que se extendía entre Rosario y Puerto San Martín-, el control sobre la universidad y en general sobre el ámbito urbano y la detención de militantes, comenzando a poblar las cárceles y dando paso a la aparición de centros de detención improvisados en dependencias militares, comisarías o en la sede de la Jefatura de Policía de Rosario. La ofensiva militar y policial sobre estos “objetivos” se conjugó con el aumento de los asesinatos de militantes políticos y sindicales, atribuibles en muchos casos a “comandos antiextremistas” o a la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A),  y la reiterada aparición de cadáveres en la vía pública en Rosario y en varias localidades cercanas se convirtió en un ingrediente más del panorama político local y regional.
Efectivizado el Golpe de Estado, el 24 de marzo de 1976, se reorganizaron y coordinaron las fuerzas policiales y militares y la división territorial en cuerpos de ejército y fue completada con un sistema de centros clandestinos de detención diseminados por todo el ámbito nacional y “grupos de tareas” con distintos radios de actuación.
Rosario fue clave en el diseño y ejecución del accionar represivo en la región: era la principal ciudad del sur de la provincia, la sede del Comando del II Cuerpo, y, en tal sentido, el lugar de asentamiento de las principales autoridades militares.
A los pocos días del Golpe de Estado, fue designado por el Comando del Cuerpo de Ejército II el Comandante de Gendarmería Agustín Feced como Jefe de Policía de la Unidad Regional II, quien asumiría un rol principal en el diseño y ejecución de la represión en Rosario. Un papel igualmente significativo fue el que desempeñó, en el ámbito militar, el Destacamento de Inteligencia Militar 121, la llamada “patota de Oroño”, que no sólo se ocupaba de las tareas de inteligencia sino asimismo de los operativos y de gestionar algunos de los centros de detención que funcionaron en el área.
Si bien puede decirse que no hay un único patrón de conducta entre los miembros de los grupos operativos, hay ciertos rasgos que interesa destacar. En primer lugar, que la mayoría de ellos eran hombres jóvenes, tan jóvenes como aquellos a los que secuestraban, torturaban y asesinaban. Estos jóvenes, que tenían entre 20 y poco más de 30 años, no compartían el imaginario cultural e ideológico que animaba a los militantes de las organizaciones de la izquierda armada y no armada que actuaban en la Argentina. Algunos de ellos han sido sindicados como miembros de organizaciones de ultraderecha como el CNU y muchos de ellos estaban convencidos de cumplir con una misión o de ser protagonistas de una “guerra”.
Más de 2.000 personas sufrieron violaciones graves a los derechos humanos y cerca de 300 fueron denunciados como desaparecidos sólo en 1984, en Rosario.
Las declaraciones condujeron al reconocimiento de varios centros de cautiverio. El más temerario fue el que funcionó en el Servicio de Informaciones de la Jefatura, ubicado en el ala del edificio sobre Dorrego y San Lorenzo. Por allí pasaron centenares de hombres y mujeres de todas las edades, orígenes sociales e ideologías, incluso gente sin militancia política de ningún tipo. Hubo otros centros de reclusión ilegal menores. Uno en la Fábrica de Armas “Domingo Matheu”, en Ovidio Lagos al 5200. Otro, denominado la Quinta de Funes, en inmediaciones del Liceo Militar de esa localidad. El Batallón de Comunicaciones 121 del II Cuerpo de Ejército y La Calamita, en la zona de Capitán Bermúdez.
En el Gran Rosario se produjeron 1.800 detenciones ilegales, entre febrero de 1977 y marzo de 1979, según declaró el teniente coronel Eduardo González Poulet, uno de los principales involucrados del Comando del II Cuerpo, encargado de llevar adelante los “tribunales de guerra”. Solamente 700 personas pasaron a disposición del Poder Ejecutivo nacional.
Uno de los incriminados fue Edgardo “Gato” Andrada, ex arquero de Rosario Central, Colón (Santa Fe) y Vasco Da Gama (Brasil) por el represor Eduardo Costanzo, en un reportaje realizado por el periodista José Maggi, en el programa “Trascendental” de LT8-Radio Rosario. Lo denunciado era conocido por muchos integrantes de los organismos de Derechos Humanos de Rosario, pero no por la mayoría de la población.
Andrada trabajó en el Ejército, y aseguran que intervino en secuestros y fue agente de los servicios de inteligencia de la dictadura.
La documentación robada en los Tribunales provinciales  y otras dos viviendas, el 8 de octubre de 1984, comprometía a por lo menos cincuenta empresas de la región relacionadas con la represión ilegal, además de contener la información precisa de los integrantes de la “comunidad informativa rosarina”, como la llamaba el jefe de policía rosarina, Agustín Feced. Todos eran elementos recogidos por la CONADEP. Según todos los indicios, el asalto fue cometido por oficiales en actividad pertenecientes al II Cuerpo de Ejército. Desde el símbolo máximo de la justicia provincial, en el edificio de los Tribunales de la ciudad de Rosario, fueron robados el equivalente a tres piezas de documentación que probaba la vinculación del llamado personal civil de inteligencia que operaba tanto para el ejército como para las fuerzas de seguridad. Lo robado vinculaba a todos los que estaban en la represión y los que estaban en funcionamiento en 1984.
No hubo sector de la sociedad que los dictadores no dejaran de reprimir y controlar.
Según Roberto Manuel Pena, ex secretario de la SIDE del gobierno de Raúl Alfonsín, los servicios de las Fuerzas Armadas no habían sido desmantelados y seguían operando, aún en Democracia. Todos tenían la infraestructura montada: casas, oficinas, depósitos, autos y, por supuesto, armas que les permitían lograr sus objetivos como una serie de atentados: bombas en Córdoba, robos en los Tribunales de Rosario o actos de presión psicológica como las amenazas.
Para el profesor Rubén Naranjo, en la Biblioteca Vigil, se llegaron a quemar 80 mil libros, siguiendo la lógica del llamado Operativo Claridad, diseñado por el Ministerio del Interior de la Nación, desde 1976.
Si bien puede decirse que no hay un único patrón de conducta entre los miembros de los grupos operativos, hay ciertos rasgos que interesa destacar. En primer lugar, que la mayoría de ellos eran hombres jóvenes, tan jóvenes como aquellos a los que secuestraban, torturaban y asesinaban. Estos jóvenes, que tenían entre 20 y poco más de 30 años, no compartían el imaginario cultural e ideológico que animaba a los militantes de las organizaciones de la izquierda armada y no armada que actuaban en la Argentina. Algunos de ellos han sido sindicados como miembros de organizaciones de ultraderecha como el CNU y muchos de ellos estaban convencidos de cumplir con una misión o de ser protagonistas de una “guerra”.
Más de 2.000 personas sufrieron violaciones graves a los derechos humanos y cerca de 300 fueron denunciados como desaparecidos sólo en 1984, en Rosario.
Las declaraciones condujeron al reconocimiento de varios centros de cautiverio. El más temerario fue el que funcionó en el Servicio de Informaciones de la Jefatura, ubicado en el ala del edificio sobre Dorrego y San Lorenzo. Por allí pasaron centenares de hombres y mujeres de todas las edades, orígenes sociales e ideologías, incluso gente sin militancia política de ningún tipo. Hubo otros centros de reclusión ilegal menores. Uno en la Fábrica de Armas “Domingo Matheu”, en Ovidio Lagos al 5200. Otro, denominado la Quinta de Funes, en inmediaciones del Liceo Militar de esa localidad. El Batallón de Comunicaciones 121 del II Cuerpo de Ejército y La Calamita, en la zona de Capitán Bermúdez.
El 29 de mayo de 1984, la justicia federal rosarina recibió un escrito que era copia del informe remitido por el entonces coronel Alfredo Sotera, jefe del destacamento de inteligencia del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, calificado como estrictamente secreto y confidencial'. Todos tenían la infraestructura montada: casas, oficinas, depósitos, autos y, por supuesto, armas que les permitían lograr sus objetivos como una serie de atentados: bombas en Córdoba, robos en los Tribunales de Rosario o actos de presión psicológica como las amenazas.
Describía la estructura zona, sección militar, logística, informaciones e inteligencia, prensa y adoctrinamiento, organización zonal, secretaría de política zonal, JUP, los responsables y jefes de subzonas de la UES en el oeste, centro y sur del Gran Rosario y agregaba gráficos sobre los llamados 'delincuentes subversivos muertos' y 'detenidos', relacionados con la organización Montoneros.
A menos de siete meses de producido el golpe, el informe Sotera sostenía que solamente había 88 'subversivos' prófugos.
A pesar de la escasa magnitud de la supuesta amenaza militar que representaba la guerrilla, el gobierno de la dictadura se quedó durante siete años.
Queda claro que el objetivo no era militar, sino económico, como se descubriría con el tiempo.
Pero lo importante de este material, hoy dentro de la causa federal 47.913, 'Agustín Feced y otros', es destacar lo que sucedería en esos últimos días 1976 y los primeros de 1977.
En donde aparecen involucrados militares tales como Andrés Ferrero, Luciano Jáuregui, el propio Sotera y el ahora detenido por su vinculación al llamado operativo Cóndor, Carlos Landoni.
 “Antes que sea demasiado tarde”, titulaba el Partido Peronista Auténtico su solicitada que apareció en el diario “La Capital”, el 1° de setiembre de 1975.
Exigía la renuncia de María Estela Martínez de Perón “ya que al suplantar el programa de liberación que el pueblo votó, ha perdido legitimidad y sustento popular”.
Convocaba a elecciones generales, pedía la derogación de la legislación represiva, la libertad de todos los presos políticos, gremiales y estudiantiles; y exigía la “investigación de las AAA y procesamiento de sus integrantes” como también de “los delincuentes económicos”.
En los cines de la ciudad se estrenaba “La Raulito”, con Marilina Ross y “Los Irrompibles”, protagonizada por los humoristas uruguayos de “Hiperhumor”.
Los obreros de Sulfacid, en Fray Luis Beltrán, denunciaban la reiteración de amenazas de muerte y represalias contra las familias de los miembros de la comisión interna. “Estos mercenarios, al servicio de otros intereses que no son los de los trabajadores quieren acallar y así conseguir que el movimiento obrero cargue sobre sus espaldas la crisis, la explotación y la desocupación”, decía el texto de la solicitada.
En Buenos Aires, el general de brigada Roberto Eduardo Viola, ex comandante del II Cuerpo de Ejército con asiento en Rosario, entre el 20 de mayo y el 29 de agosto de ese año, asumía como nuevo jefe del Estado Mayor General del Ejército.
Eran los primeros días de aquel setiembre de 1975. “Mis únicos jueces son Dios y el pueblo. Si soy buena me quedaré y si soy mala y no los sirvo, que gobierne otro que pueda hacerlo ya que no estoy aferrada al sillón de Rivadavia y si el pueblo juzga que ese sillón tiene que estar vacío, sin mi presencia, que me lo diga”, dijo la todavía presidenta María Estela Martínez de Perón.
Se informaba que en Tucumán “las bajas de la guerrilla alcanzarían a 800”. Sin embargo, el 25 de mayo de aquel año, el general Acdel Vilas aseguró que “los guerrilleros muertos” no eran más de 350. Comenzaba la inflación de las cifras sobre la cantidad de “delincuentes terroristas” en operaciones para justificar el golpe que se venía preparando.

El “honor” de Díaz Bessone
Elida Luna presentó ante la justicia federal santafesina una denuncia contra los ex titulares del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, Ramón Genaro Díaz Bessone y Leopoldo Galtieri, por ser los responsables de la desaparición seguida de tortura y muerte de su anterior pareja, Daniel Gorosito.
El 18 de enero de 1976 fue secuestrado en Rosario, Daniel Gorosito, militante del Ejército Revolucionario del Pueblo, por integrantes de un grupo de tareas en el área jurisdiccional del Comando del II Cuerpo de Ejército.
La unidad estaba bajo el mando del entonces general de brigada, Ramón Genaro Díaz Bessone, actual profesor del Colegio Militar de la Nación y presidente del Círculo Militar.
Gorosito fue remitido a los subsuelos de la Jefatura de Policía de Rosario, a las dependencias del Servicio de Informaciones, en la ochava de San Lorenzo y Dorrego. Luego de permanecer semanas enteras en medio de sesiones de torturas con la aplicación de picana y palizas permanentes, Gorosito fue fusilado y enterrado en algún lugar cercano a la ciudad.
La historia está consignada en uno de los 270 expedientes que reunió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas que funcionó en las oficinas del Centro Cultural “Bernardino Rivadavia”, entre abril y octubre de 1984.
El caso, además, es uno de los 97 delitos imputados al comandante del segundo cuerpo de Ejército, con asiento en Rosario, entre aquel 8 de setiembre de 1975 y el 12 de octubre de 1976, general de Brigada, Ramón Genaro Díaz Bessone.
El 23 de noviembre de 1989, por decreto 1002 de aquel año, el presidente de la Nación, Carlos Menem, indultaba al general de división Díaz Bessone.
Sin embargo, la lista de “menores NN derivados de procedimientos antisubverivos” que consta en el cuerpo 21 de la causa federal 47.913, abre la posibilidad de que Díaz Bessone sea juzgado por los delitos de lesa humanidad que le imputara la Cámara Federal de Apelaciones de Rosario.

Galtieri y el orden de los cien años

Uno de los jefes del Servicio de Informaciones, el comisario principal Raúl Alberto Guzmán Alfaro, declaró que "recibió órdenes directas del General Galtieri, que todas las mañanas debía llevarle las novedades que se produjeran no al jefe de policía, sino al general Galtieri directamente...".
El ex dirigente de la Asociación de Trabajadores del Estado, Mario Luraschi, informó que después de haber sido torturado, fue conducido el 23 de diciembre de 1976, al Comando del II Cuerpo de Ejército, en ese entonces en Córdoba y Moreno, donde hoy funciona un bar temático en lugar del planificado “museo de la memoria” de Rosario. "Me llevan al comando. Nos habla Galtieri y nos amenaza de muerte diciendo que a la próxima nos mataban. Nos trajeron en colectivos de la 53 y 200...", dijo Luraschi.
En abril de 1977, cuando se le concedió la libertad de José Américo Giusti, que había sido secuestrado el 1 de octubre de 1976, por integrantes del ejército, Galtieri pronunció un discurso, donde aseguró que su libertad "fue concedida por una amnistía de Semana Santa solicitada por Zazpe y Primatesta".
Pero el cristianismo de Galtieri tenía límites. Su visión del reino de los cielos era una construcción por medio de fusilamientos y torturas.
"La determinación sobre la suerte de los presos era al principio tomada por el II Cuerpo de Ejército, al mando del general Díaz Bessone hasta octubre de 1976. Después le sucedió Galtieri. A partir de la asunción de éste al Comando, aumenta considerablemente la cantidad de fusilados. Apenas llega, se escapó un detenido del Servicio de Informaciones, por lo que Galtieri ordenó que se fusile a todos los que habían sido secuestrados con el fugado. Eran siete personas, entre ellas, la mujer de un dirigente sindical", relató a la revista "Caras y Caretas", en abril de 1984, Angel Ruani.
Agregó que fue juzgado "por un consejo de Guerra, el 25 de agosto de 1977. En el Comando del II Cuerpo de Ejército, el mayor Fernando Soria me muestra una lista de oficiales y me dice que designe a mi defensor. Como yo no conocía a ninguno de esos señores, le respondí que lo designaran ellos. Ese mismo día me hacen el juicio bajo la acusación de actividades subversivas. Actuó como defensor el teniente coronel González Roulet, quien en ese momento era el encargado de los presos políticos en el área del II Cuerpo...El militar que decía ser mi defensor, se limitó a reconocer la justeza de las acusaciones aunque adujo que era posible que yo, dada mi juventud, hubiera sido engañado y manipulado por los tentáculos de la internacional subversiva. Pasadas dos horas, me condenaron a 12 años de prisión. Posteriormente, el defensor apela y me hacen un nuevo consejo, aunque esta vez no me llevan, no estoy presente. Un tiempo después me vienen a leer la nueva condena que es de 15 años".
Cuando asumió como Comandante del II Cuerpo de Ejército, Leopoldo Galtieri hizo público su proyecto. No se detuvo en pequeñeces. Quería instalar un orden de 100 años. Era el 12 de octubre de 1976, Rosario fue testigo.
Galtieri, nacido en julio de 1926 y casado con Lucía Gentile desde 1949, padre de tres hijos y abuelo de cinco nietos; expresaba el sentido de su cruzada de fusilamientos y picana, de cenas con narcotraficantes bolivianos y empresarios poderosos de la región del Gran Rosario. Buscaba "los 100 años nuevos de paz" a partir del ejército que comenzaba otro ciclo histórico. En sus divagaciones estaba gestando la imagen de un general ungido por la voluntad popular. Antes de Malvinas, Galtieri quiso perpetuarse en el poder a través de la inteligencia de sus torturados.

"Operación México"

Desde el Aeropuerto de Fisherton, en Rosario, el general Leopoldo Fortunato Galtieri subió al avión presidencial "Tango 01" con destino a la Capital Federal. Frente a Jorge Rafael Videla y Eduardo Viola, explicó la "Operación México". Cuenta Miguel Bonasso en su imprescindible "Recuerdo de la Muerte" que el sábado 14 de enero de 1978, a las 12, aproximadamente, "el grupo compuesto por tres miembros de la inteligencia militar (Sebastián, Daniel y Barba) y dos prisioneros (Tulio Valenzuela y Carlos Laluf), emprenden la partida desde la quinta de Funes. Valenzuela lleva el mismo documento falto que tenía en el momento de la caída, a nombre de Jorge Raúl Cattone. El mayor Sebastián pasa a ser el señor Ferrer. Barba es ahora Caravetta y Nacho Laluf se llama Miguel Vila. Los documentos falsos de estos últimos han sido confeccionados en Funes, utilizando el servicio de documentación que tenía la Columna Rosario de la Organización Montoneros". Valenzuela había convencido a Galtieri para que lo enviara a México con la supuesta intención de infiltrar al Movimiento Peronista Montoneros en el exilio y así permitir el asesinato de los principales dirigentes. Quedaban en Funes nada menos que su compañera, Raquel Negro, embarazada de seis meses, y su hijo, Sebastián, de un año y medio. El 19 de enero, las autoridades mexicanas reclamaron ante las autoridades argentinas la violación de su soberanía por este grupo de tareas. Un día después, en el diario mexicano "Unomasuno", se publicaron las declaraciones telefónicas de Galtieri: "yo no tengo control de mis agentes fuera del país".
La grieta legal
El 9 de diciembre de 1985, Leopoldo Fortunato Galtieri fue absuelto de culpa y cargo por la Cámara Federal de Capital Federal.
Se le habían imputado 242 casos de encubrimiento, 11 privaciones ilegales de libertad calificada, 8 reducciones a la servidumbre, 15 falsedades ideológicas, una sustracción de menor y tres casos de tormentos. Hechos que había cometido como comandante en jefe del Ejército. Los fiscales pidieron quince años de reclusión.
Sin embargo el punto 30 de la sentencia de la Cámara Federal que juzgó a los comandantes de la dictadura, indicaba que “disponiendo, en cumplimiento del deber legal de denunciar, se ponga en conocimiento del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el contenido de esta sentencia y cuantas piezas de la causa sean pertinentes, a los efectos del enjuiciamiento de los oficiales superiores, que ocuparon los comandos de zona y subzona de defensa, durante la lucha contra la subversión y de todos aquellos que tuvieron responsabilidad operativa en las acciones”.
Dicho artículo abrió la posibilidad para juzgar a los responsables militares del terrorismo de estado en todas y cada una de las provincias.
Entre ellos, desde el 12 de octubre de 1976 al 8 de febrero de 1979, el entonces general de división, Leopoldo Fortunato Galtieri.
Galtieri y Feced, viejos conocidos
El coronel Leopoldo Fortunato Galtieri visitó por primera vez la ciudad de Rosario en funciones operativas en setiembre de 1969. Venía con la orden de reprimir el segundo “Rosariazo”, el protagonizado, fundamentalmente, por obreros de diferentes rubros.
Era el jefe de una unidad militar en Corrientes que se desplazó hasta la ciudad por entonces rebelde. En aquellos momentos había sido reemplazado el anterior jefe de la policía rosarina, un ex comandante de gendarmería, Milcíades Verdaguer. En su lugar apareció otro ex comandante de gendarmería, Agustín Feced.
El segundo “Rosariazo” les dio la posibilidad de conocerse e intercambiar experiencias y metodologías.
Entre 1973 y 1976, ni Galtieri ni Feced pudieron hacer demasiado. Incluso Feced fue vinculado al secuestro, tortura y muerte de Ángel Brandazza, ocurrido el 28 de noviembre de 1972.
Sin embargo, en octubre de 1976, Galtieri volvió a Rosario, ahora si como comandante del II Cuerpo de Ejército y se reencontró con “el Viejo”, otra vez en funciones. Las denuncias de la CONADEP en la provincia los hacen responsables de la mayoría de las 270 vejaciones a los derechos humanos constatadas en el ámbito santafesino y que forman parte de causa 47.913.
Los vecinos de los centros clandestinos

La instalación de centros clandestinos de por sí conllevaba una alteración de la normalidad de la vida cotidiana en el área, sobre todo cuando nos referimos a una modalidad utilizada frecuentemente en las zonas aledañas a Rosario, la de alquilar casas particulares (“quintas”). Esto marcaba una diferencia importante con aquellos centros que funcionaron en las dependencias policiales o militares, donde el movimiento de personal uniformado o vehículos formaba parte del panorama habitual.
Este fue el caso de la ciudad de Granadero Baigorria, el lugar donde estaba La Calamita.

La represión en los ámbitos laborales, educativos y de sociabilidad

Las cúpulas sindicales se vieron afectadas por el congelamiento de la actividad gremial y también en Rosario la Confederación General del Trabajo (CGT) local permaneció intervenida por militares, lo mismo que un puñado de gremios, hasta principios de la década de 1980.
Este es un aspecto problemático de la historia de los trabajadores, que no ha recibido la atención que merece ni siquiera cuando algunos científicos sociales plantearon posiciones alternativas, sobre el mismo.
Por su parte, la represión se dirigió en forma señalada hacia el sistema educativo, articulándose con el que se erigió en objetivo fundamental de la dictadura militar: la erradicación de la “subversión”. En los establecimientos públicos de enseñanza media, se intensificó un perfil que combinaba la caída de la calidad de la enseñanza, las prácticas pedagógicas tradicionales, repetitivas y carentes de motivación con el cinismo y la apatía como respuesta de los estudiantes.
En la Universidad la imposición del orden se convirtió en el primer objetivo de las autoridades y, como había sucedido en otros ámbitos, fue intervenida por la dictadura, y derogó la ley universitaria del gobierno peronista y la promulgación en abril de una legislación “de emergencia” para las universidades nacionales, la ley N° 21.276. La represión dirigida hacia el sistema educativo se tradujo no sólo en la persecución y las desapariciones de docentes y estudiantes sino también en el control de los contenidos de la enseñanza, la imposición de rígidas medidas disciplinarias para los alumnos y la erradicación de las actividades políticas de escuelas y universidades.
Se les exigió a los decanos de las Universidades de todo el país que se les entreguen las listas de todos los estudiantes militantes en los centros de estudiantes y cuerpos de delegados, y se llevaron secuestrados a cientos de ellos. El lema era destruir las organizaciones que encarnan el pensamiento político crítico y que cuestionan en la práctica el modelo de apropiación, acumulación y circulación de la riqueza y el conocimiento. Las tristemente célebres “Listas Negras”. Así se aplicaba la “cultura del miedo”.
La represión cultural se sustentó en una serie de pilares básicos: desgaste del campo intelectual, con la intención de formar sujetos acríticos y desgaste de las identidades plurales, prohibiendo todo derecho de reunión; aunados en el campo universitario, como medidas de prevención regladas por la autoridad ilegal, entendido en ejes dictatoriales; así como también, sanciones, expulsiones, persecuciones, facilitadoras de la vigilancia y el control ideológico y moral.
Este embate represivo instrumentado desde diversos frentes logró, sobre todo, modificar la vida cotidiana de los adolescentes y jóvenes de la ciudad, ejemplificada en las estrictas normas de vestimenta y cortes de pelo para los alumnos de escuelas públicas, la prohibición de circular sin documentos de identidad, la restricción de espacios de sociabilidad en el ámbito urbano.
Las escuelas funcionaban como cuarteles. El proyecto educativo consistió en una férrea disciplina, prohibiciones curriculares y censura a los docentes y estudiantes. La dictadura invirtió más en defensa que en educación.
En las escuelas se habilitaban salas para mirar los partidos de Argentina durante el Mundial de fútbol de España de 1982. La educación durante la guerra de Malvinas fue una educación para legitimar la guerra y también para lavarla con deportivismos carnavalescos.
Eso es un punto de partida para comprender el “Proyecto Educativo Autoritario”, tal como lo definieron Juan Carlos Tedesco, Cecilia Braslavsky y Ricardo Carciofi, en el libro homónimo.
En 1976, los gastos destinados a defensa fueron del 15,5 % y los destinados a educación del 100 %.
En 1977 el Ministerio de Cultura y Educación distribuyó en todas las escuelas un opúsculo titulado “Subversión en el ámbito educativo. Conozcamos a nuestro enemigo”. Allí se afirmaba entre otras cosas: “El accionar subversivo se desarrolla a través de maestros ideológicamente captados que inciden sobre las mentes de los pequeños alumnos, fomentando el desarrollo de ideas o conductas rebeldes aptas para la acción que desarrollará en niveles superiores…” Este tipo de sentencias justificaron las prohibiciones curriculares. Se excluyó el uso de la palabra “Vector de la enseñanza de las matemáticas” porque alguien supuso que los “subversivos” se manejaban con el concepto de “Vector revolucionario” y que eso subvertiría a los educandos. También se afirmó que la teoría lógico matemática de los conjuntos era una amenaza al orden público. Hasta “El Principito” de Saint Exupéry estuvo en el Index de lo prohibido. Se quiso abolir a la ciencia y a la cultura. Así de demencial.
Como señaló Tedesco, el drama educativo radica en lo que No se enseña, en lo que prohíbe. Ese drama tuvo centenares de víctimas. Hubo cerca de 300 estudiantes secundarios desparecidos. Y todavía no aparecen.
La educación durante los años de la dictadura incrustó un modo de concebir los procesos sociales simplista y binario.
Durante gran parte del gobierno militar y sobre todo a lo largo del primer quinquenio, la intendencia de Rosario logró establecer un diálogo fluido con quienes se regía como los “sectores representativos” de la comunidad: el Arzobispado de Rosario, la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural, entidades empresarias y comerciales como la Federación Gremial del Comercio y la Industria o la Asociación Empresaria de Rosario, pero también algunos dirigentes políticos y las asociaciones vecinales.
A lo largo del primer quinquenio, el Ejecutivo municipal al mando del capitán Augusto Félix Cristiani (1976-1981), se erigió en el eje articulador de una serie de acciones y declaraciones que expresaron reiteradamente la comunidad de objetivos existentes entre el Proceso de Reorganización Nacional, sus representantes en la comuna y el II° Cuerpo y las “fuerzas vivas” de la ciudad.
La Municipalidad de Rosario acuñó el slogan de “Rosario: ciudad limpia, ciudad sana, ciudad culta”. La imagen de ciudad que pretendía construir Cristiani era la cara visible y legal del terror impuesto sobre la sociedad desde marzo de 1976. El éxito de la estrategia represiva se midió en estos primeros años en la casi  total inexistencia de cuestionamientos y la generalizada apatía de los rosarinos, que sólo se rompió espasmódicamente con el impulso nacionalista ofrecido desde el poder, como sucedió, durante el Campeonato Mundial de Fútbol de 1978.



Los trabajadores

Es indudable que la dictadura modificó al movimiento obrero. La defensa que hicieron los trabajadores tanto del control sobre las condiciones de trabajo como de sus organizaciones gremiales fueron lo destacable del período.
Las primeras medidas tomadas por la Junta Militar contra el movimiento obrero fueron la intervención de la CGT y de numerosos sindicatos-entre ellos, 27 Federaciones y 30 Regionales de esa Central Obrera-, la suspensión de la actividad gremial-asambleas, reuniones, congresos-, la prohibición del derecho de huelga, la separación de las obras sociales de los sindicatos. A esto se sumó la Ley de Prescindibilidad, que autorizaba el despido de cualquier empleado de la administración pública. A un mes del Golpe, se reformó la Ley de Contrato de Trabajo, anulando normas en materia de derechos.
Toda esa legislación se combinó con la represión, ocupando militarmente las fábricas en conflicto, reprimiendo especialmente a distintos gremios industriales y de servicio, a sus delegados y miembros de comisiones internas. Los sindicalistas, delegados, militantes fabriles y abogados laborales fueron víctimas de la violencia aplicada desde el poder militar.
La Junta Militar designó como Ministro de Trabajo al General Liendo, quien luego de ordenar una batería de medidas contra la clase obrera, participó activamente en la reforma a la Ley de Contrato de Trabajo, por la cual se dejaba sin vigencia a una serie de normas que hacían a los derechos individuales.
Los mensajes de los genocidas, en los diferentes Primeros de Mayo, hicieron hincapié en los objetivos económicos de la dictadura, la necesidad de sacrificios y esfuerzos de los trabajadores, las tareas de ordenar y recuperar a la Nación. A la vez, destacaban que se buscaba el punto de equilibrio entre el desarrollo de sus riquezas potenciales y la armonización de su crecimiento económico y social también se procuraba corregir los excesos y los vicios e instrumentar normas que eviten la corrupción.
En Rosario, la Asociación de Empleados de Comercio fue al gremio más consecuente en esos años en conmemorar la fecha, y el Círculo Católico de Obreros dio a conocer una serie de documentos analizando la situación de la clase obrera. De parte del resto del movimiento obrero, se destacaron el documento de 45 gremios emitido el 1° de mayo de 1891, la actitud durante la Guerra de Malvinas, los actos y las numerosas declaraciones en 1983.
La primera huelga general se realizó días previos a la conmemoración del 1° de Mayo de 1979. Una vez anunciado el paro, fueron detenidos varios dirigentes; inmediatamente fue solicitada su libertad y, a la vez, los sindicalistas de “los 25” ratificaban la decisión de parar. Por su parte, el gobierno explicitó que estaba garantizada la libertad de trabajo, a la vez que calificó como “paro ilegal” a la jornada de protesta.
Luego del paro, el gobierno y la prensa informaron que “hubo normalidad en todo el país”. En general, las actividades demostraron que la jornada de protesta no tuvo el éxito esperado.
En Rosario, salvo en un sector de los ferroviarios del Mitre y algunos establecimientos fabriles, no se alteraron las actividades fundamentales. La pauta no fue acotada por otras agrupaciones, incluso los gremios de la carne y los metalúrgicos informaron que no había ordenado ninguna medida de fuerza.
En 1981 se realizó un encuentro de un sector de los Sindicatos de Rosario, agrupados en la Intersectorial de los 20 y dirigentes nacionales como Jorge Triacca-Secretario General del Sindicato de Obreros del Plástico-, quien fue acompañado por Delfor Jiménez-de los Textiles-, Otto Calace-de Sanidad-, y Juan Rachini-de Aguas Gaseosas. Triacca, años después, durante el juicio a las Juntas Militares, declaró que no sabía nada de los desaparecidos, que no los había en el movimiento obrero, que no recordaba nada de lo sucedido durante los años del terrorismo de estado.
La acumulación de la crisis económica, los problemas internos y el desprestigio generalizado, llevó a los militares a buscar una salida y lograr consenso nacional, al replantear en los hechos y por sorpresa la antigua demanda nacional de la recuperación de las Islas Malvinas.
Las posturas de la Iglesia Católica frente a la dictadura militar mudaron, desde los que apoyaron, colaboraron y justificaron sus acciones hasta los que se opusieron abiertamente, denunciando tanto la represión como la política económica.
Frente a las distintas conmemoraciones del 1° de Mayo, se dieron en la ciudad variadas posiciones.
Después de cuantificar y calificar unos 300 conflictos colectivos, la resistencia fue un fenómeno dominantemente molecular y defensivo, que sólo por azar configuró una “virtual huelga general no declarada”. Esa resistencia manifestó una gran capacidad de adaptación para defender lo que se consideraban las “conquistas históricas” del movimiento obrero, la aparición de los “delegados provisorios” o representantes elegidos de hecho es un ejemplo de ello, a pesar de la ausencia de los sindicatos. Estos participaron escasamente en los conflictos porque estaban presididos por militares, no tenían injerencia sobre las negociaciones en las fábricas y se abstuvieron de manifestarse abiertamente.
La modernización en materia de disciplina laboral y de productividad, que los sectores patronales más dinámicos habían conseguido desde la caída del peronismo en 1955, fue amenazada por el resurgimiento de la protesta colectiva y la politización de los trabajadores jóvenes durante el período 1969 – 1974. Los reclamos empresarios tuvieron una primera respuesta en el mes de marzo de 1975, cuando el Estado nacional y los dirigentes centrales de la Unión Obrera Metalúrgica reprimieron a los activistas gremiales de la zona norte de Rosario y San Nicolás, interviniendo a la seccional opositora y combativa de Villa Constitución. La reacción estatal a los pedidos patronales de firmeza señalaba un momento crucial, cuando la “solución al problema de la productividad se ligó indisolublemente a la necesidad de disciplinamiento social”.
Como decíamos antes, el gobierno militar surgido del golpe de 1976 tuvo a las fábricas como uno de los espacios preferidos para aplicar medidas drásticas de restauración del orden. El ejército ocupó las fábricas y persiguió sistemáticamente a las comisiones internas activas, instalando allí mismo centros de inteligencia, redes de informantes y lugares clandestinos de detención y tortura. A consecuencia de ello, los empresarios – que habían colaborado activamente con los militares en la “limpieza” política y sindical – recuperaron el control total sobre sus fábricas. En un primer momento, la desaparición de activistas políticos y sindicales facilitó la aplicación de prácticas elementales de disciplinamiento, con el objetivo de disminuir radicalmente el ausentismo, el incumplimiento de horarios, el “vagabundeo” dentro de la planta, etc. Sin embargo, en un momento posterior se realizaron cambios más profundos en la organización del trabajo, un disciplinamiento más “medular” si se quiere, que revirtieron normas legales o informales que regulaban las relaciones laborales en la industria, como la jornada de ocho horas o las pausas para el descanso.
Estas medidas disciplinarias profundas fueron causa de muchos reclamos, en forma de petitorios, y medidas de fuerza, que expresaban el malestar de los trabajadores por el ataque contra lo que consideraban sus "conquistas históricas".
El segundo objetivo del golpe militar -imponer el proyecto económico- estuvo encarnado en la figura del Ministro de Economía, José A. Martínez de Hoz y fue elaborado como un programa de “modernización del aparato productivo y racionalidad”. En la práctica, esto se manifestó en un lenguaje economicista que explicaba y trataba de justificar el proyecto de apertura económica, con el fin de atraer inversiones de capitales que concretaran la reestructuración económica. Todo se tradujo en una crisis económica que fue en aumento, con fábricas cerradas, miles de desocupados y una deuda externa que endeudó al país por años.
Los ministerios, con excepción del de Economía y el de Educación, fueron ocupados por militares. Los gobiernos provinciales también fueron repartidos en su mayoría entre uniformados de las tres fuerzas. Hasta los canales de televisión fueron adjudicados con ese criterio. Se creó, además, en reemplazo del Congreso, la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL), también integrada por civiles y militares, cuyas funciones nunca se precisaron detalladamente. Las intendencias municipales fueron
asignadas en su gran mayoría a civiles de diferentes partidos políticos con predominio de los miembros del radicalismo y del peronismo. A los dos días de producido el golpe militar, el Fondo Monetario Internacional le otorgó un crédito al gobierno y anunció su satisfacción por la designación del nuevo ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz.
Por su parte, la represión se dirigió en forma señalada hacia el sistema educativo, articulándose con el que se erigió en objetivo fundamental de la dictadura militar: la erradicación de la “subversión”. En los establecimientos públicos de enseñanza media, se intensificó un perfil que combinaba la caída de la calidad de la enseñanza, las prácticas pedagógicas tradicionales, repetitivas y carentes de motivación con el cinismo y la apatía como respuesta de los estudiantes.
En la Universidad la imposición del orden se convirtió en el primer objetivo de las autoridades y, como había sucedido en otros ámbitos, fue intervenida por la dictadura, y derogó la ley universitaria del gobierno peronista y la promulgación en abril de una legislación “de emergencia” para las universidades nacionales, la ley N° 21.276. La represión dirigida hacia el sistema educativo se tradujo no sólo en la persecución y las desapariciones de docentes y estudiantes sino también en el control de los contenidos de la enseñanza, la imposición de rígidas medidas disciplinarias para los alumnos y la erradicación de las actividades políticas de escuelas y universidades.
Se les exigió a los decanos de las Universidades de todo el país que se les entreguen las listas de todos los estudiantes militantes en los centros de estudiantes y cuerpos de delegados, y se llevaron secuestrados a cientos de ellos. El lema era destruir las organizaciones que encarnan el pensamiento político crítico y que cuestionan en la práctica el modelo de apropiación, acumulación y circulación de la riqueza y el conocimiento. Las tristemente célebres “Listas Negras”. Así se aplicaba la “cultura del miedo”.
La represión cultural se sustentó en una serie de pilares básicos: desgaste del campo intelectual, con la intención de formar sujetos acríticos y desgaste de las identidades plurales, prohibiendo todo derecho de reunión; aunados en el campo universitario, como medidas de prevención regladas por la autoridad ilegal, entendido en ejes dictatoriales; así como también, sanciones, expulsiones, persecuciones, facilitadoras de la vigilancia y el control ideológico y moral.
Este embate represivo instrumentado desde diversos frentes logró, sobre todo, modificar la vida cotidiana de los adolescentes y jóvenes de la ciudad, ejemplificada en las estrictas normas de vestimenta y cortes de pelo para los alumnos de escuelas públicas, la prohibición de circular sin documentos de identidad, la restricción de espacios de sociabilidad en el ámbito urbano.
Las escuelas funcionaban como cuarteles. El proyecto educativo consistió en una férrea disciplina, prohibiciones curriculares y censura a los docentes y estudiantes. La dictadura invirtió más en defensa que en educación.
En las escuelas se habilitaban salas para mirar los partidos de Argentina durante el Mundial de fútbol de España de 1982. La educación durante la guerra de Malvinas fue una educación para legitimar la guerra y también para lavarla con deportivismos carnavalescos.
Eso es un punto de partida para comprender el “Proyecto Educativo Autoritario”, tal como lo definieron Juan Carlos Tedesco, Cecilia Braslavsky y Ricardo Carciofi, en el libro homónimo.
En 1976, los gastos destinados a defensa fueron del 15,5 % y los destinados a educación del 100 %.
En 1977 el Ministerio de Cultura y Educación distribuyó en todas las escuelas un opúsculo titulado “Subversión en el ámbito educativo. Conozcamos a nuestro enemigo”. Allí se afirmaba entre otras cosas: “El accionar subversivo se desarrolla a través de maestros ideológicamente captados que inciden sobre las mentes de los pequeños alumnos, fomentando el desarrollo de ideas o conductas rebeldes aptas para la acción que desarrollará en niveles superiores…” Este tipo de sentencias justificaron las prohibiciones curriculares. Se excluyó el uso de la palabra “Vector de la enseñanza de las matemáticas” porque alguien supuso que los “subversivos” se manejaban con el concepto de “Vector revolucionario” y que eso subvertiría a los educandos. También se afirmó que la teoría lógico matemática de los conjuntos era una amenaza al orden público. Hasta “El Principito” de Saint Exupéry estuvo en el Index de lo prohibido. Se quiso abolir a la ciencia y a la cultura. Así de demencial.
Como señaló Tedesco, el drama educativo radica en lo que No se enseña, en lo que prohíbe. Ese drama tuvo centenares de víctimas. Hubo cerca de 300 estudiantes secundarios desparecidos. Y todavía no aparecen.
La educación durante los años de la dictadura incrustó un modo de concebir los procesos sociales simplista y binario.
Durante gran parte del gobierno militar y sobre todo a lo largo del primer quinquenio, la intendencia de Rosario logró establecer un diálogo fluido con quienes se regía como los “sectores representativos” de la comunidad: el Arzobispado de Rosario, la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural, entidades empresarias y comerciales como la Federación Gremial del Comercio y la Industria o la Asociación Empresaria de Rosario, pero también algunos dirigentes políticos y las asociaciones vecinales.
A lo largo del primer quinquenio, el Ejecutivo municipal al mando del capitán Augusto Félix Cristiani (1976-1981), se erigió en el eje articulador de una serie de acciones y declaraciones que expresaron reiteradamente la comunidad de objetivos existentes entre el Proceso de Reorganización Nacional, sus representantes en la comuna y el II° Cuerpo y las “fuerzas vivas” de la ciudad.
La Municipalidad de Rosario acuñó el slogan de “Rosario: ciudad limpia, ciudad sana, ciudad culta”. La imagen de ciudad que pretendía construir Cristiani era la cara visible y legal del terror impuesto sobre la sociedad desde marzo de 1976. El éxito de la estrategia represiva se midió en estos primeros años en la casi  total inexistencia de cuestionamientos y la generalizada apatía de los rosarinos, que sólo se rompió espasmódicamente con el impulso nacionalista ofrecido desde el poder, como sucedió, durante el Campeonato Mundial de Fútbol de 1978.


Las autoridades militares secuestraban y consideraban "subversivos" que generalmente eran:
·                       Los que ayudaban en la villas-miseria
·                       Los que tenían como objetivo una mejora salarial
·                       Los miembros de algunos centros de estudiantes
·                       Periodistas que mostraban descuerdo con las autoridades militares
·                       Los psicólogos y Sociólogos, por pertenecer a las profesiones "sospechosas"
·                       Las monjas y sacerdotes que llevaban sus enseñanzas a la villas-miserias
·                       Los amigos de cualquiera de los detenidos, los amigos de estos amigos, etc.
Todas en su mayoría inocentes de cometer actos terroristas, o siquiera de compartir con alguien, o pertenecer a grupos que combatían esta guerrilla.

El ataque a la Universidad
Durante los años de la dictadura militar fueron muchos los docentes y no docentes de las distintas universidades que colaboraron de distinta manera, desde ejercer cargos para administrar las mismas, docentes que ocuparon los puestos de los cesanteados o que sufrieron la represión, hasta denunciar y pasar listas de profesores, estudiantes y no docentes a las Fuerzas Armadas.
Varios docentes sabían de la desinformación o tenían posiciones contrarias a la aventura de los militares. Además, se daban tenues debates en las salas de profesores sobre qué hacer, cómo encarar el tema en las aulas; muchos recurrían sólo a enseñar los antecedentes históricos del conflicto con los ingleses, pero no se podía evitar conversar de la guerra y sus consecuencias, siempre teniendo en cuenta la edad de los escolares. Se organizaron festivales, conferencias, y los pizarrones estaban adornados con frases alusivas a la reivindicación histórica.
Los alumnos estaban informados de lo que iba sucediendo y los más se mostraban dispuestos a sumarse como voluntarios a la guerra, influenciados por el mensaje de tono patriótico y nacionalista de los dictadores.
Cabe mencionar a Jorge Walter Pérez Blanco, que ingresó a la Facultad de Medicina en 1978, como auxiliar en Medicina Legal, que espiaba a todo el mundo. Era la época de mayor actividad de los servicios de inteligencia del Ejército. Allí también se encontraba Ana Christeler, miembro con trabajo real en el Departamento de Extensión Universitaria de la UNR y la obra social de la Universidad, que reclutaba mujeres y las pasaba a consideración del Teniente Coronel Oscar Pascual Guerrieri.
Pérez Blanco desarrolló otras actividades. Fue pastor de una iglesia de la zona sur de Rosario, tuvo un programa de radio, integró la Asociación Internacional de Policía y creó organizaciones ligadas a la colectividad rumana. Era uno de los principales responsables de lo que se denominaban “operaciones psicológicas”. Era apodado W, Walter West o Jorge West. Estas operaciones consistían en “la atribución de determinados hechos, los cuales se los achacaban a la subversión”.
El agente de inteligencia continuó en funciones en la cátedra de Medicina Legal dio clases de posgrado en Criminología hasta 1998. Ese año fue suspendido, cuando las organismos de derechos humanos volvieron a exhumar sus antecedentes. Este sujeto no pudo ser investigado por su actuación en la represión ya que su nombre apareció entre los beneficiados por la aplicación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Pero pudo recurrir a la justicia para accionar contra la Universidad. La Corte Suprema de Justicia resolvió el pleito en su favor.
Según datos aportados oportunamente por representantes de la Federación Universitaria Argentina ante la Justicia Española por el proceso iniciado al ex represor Adolfo Scilingo, entre 1969 y 1983, se contabilizaron a nivel nacional más de 2.200 casos de estudiantes desaparecidos, lo que ratifica que, junto con el sector de los trabajadores, el de los estudiantes fue uno de los más golpeados por la dictadura.
En el plano local, una investigación realizada por profesores y alumnos de la UNR indica que en Rosario hubo cerca de 200 estudiantes y docentes universitarios desaparecidos (191 de la UNR y 7 de la UTN).
Durante la Guerra de Malvinas, en mayo de 1982, un grupo de cinco matriculados del Colegio de Abogados de Rosario viajó a Europa con el objetivo de lograr el apoyo a la posición argentina por parte de sus pares españoles, franceses e italianos, así como de los gobiernos, partidos, sindicatos y medios.
A raíz de una iniciativa propia de los abogados Israel Sterkin, Rodolfo Torelli, Ricardo Beltramino, Mario Saccone y Felipe Bóccoli realizaron la gestión, en representación de la Federación Argentina de Colegios de Abogados.
La misión finalizó abruptamente por el fin de la Guerra y, por esos avatares propios de la historia argentina, sus participantes mantuvieron su iniciativa en un bajo perfil, en su país que eligió la desmalvinización, a pesar de lograr la esperada vuelta a la democracia.
Lejos de apoyar a la dictadura, viajaron a defender la soberanía argentina sobre las Islas del Atlántico Sur con las armas del Derecho.
El trabajo, llamado “Memoria con Identidad” y realizado por miembros del Movimiento Universitario Evita, destaca el impacto de la represión en cada una de las Facultades. Así, por ejemplo, la Facultad de Humanidades es la que más víctimas registra, con 70 desaparecidos, seguida por Medicina con 26, Ingeniería 19 y Psicología 15.

 En este gráfico se puede apreciar los datos que se muestran en la tabla y saber con exactitud que los jefes de ejército perseguían a todo aquel que se le opusiera.
Distribución de los desaparecidos según profesión u ocupación
Porcentaje
Obreros
30%
Estudiantes
21%
Empleados
18%
Profesionales
11%
Docentes
6%
Autónomos y varios
5%
Amas de casa
4%
Conscriptos y personal subalterno de fuerzas de seguridad
3%
Actores y Artistas
2%
Religiosos
0%
Fuente de datos de la tabla: CONADEP y Nunca Más
El Periodismo

En las primeras horas del 24 de marzo de 1976, la Junta Militar redactó una serie de comunicados que anulaban las libertades y garantías constitucionales para los argentinos. La libertad de prensa fue suprimida en el Comunicado N°19, en el que los comandantes resolvían “que sea reprimido con la pena de reclusión por tiempo indeterminado el que por cualquier medio difundiere, divulgare o propagare comunicados o imágenes provenientes o atribuidas a asociaciones ilícitas o personas o a grupos notoriamente dedicados a actividades subversivas o de terrorismo. Será reprimido con reclusión de hasta 10 años en el que por cualquier medio difundiere, divulgare o propagare noticias, comunicados o imágenes con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar la actividad de las fuerzas armadas, de seguridad o policiales”.
Las empresas periodísticas y los periodistas, durante esos años, mostraron un abanico de actitudes. Desde ser obsecuentes y colaboracionistas con los genocidas, siendo en los hechos voceros de prensa de los militares, hasta aquellos que arriesgando sus vidas hicieron que su trabajo estuviera basado en principios y compromiso social.
En cuanto al temor, al clima de amenazas “cruzadas” y a la censura, desde ya que fueron reales. Los militares crearon una oficina de censura a la que dieron el nombre de “Servicio Gratuito de Lectura Previa” y que funcionaba en la Casa Rosada.
 Pero la revista “Humor”, los diarios “Nueva Presencia” y “Buenos Aires Herald” y otras publicaciones e intelectuales de menor repercusión, mostraron actitudes valientes, elogiables y valiosas de destacar. Representan las constancias de que estas publicaciones condenaron y denunciaron hasta donde pudieron las violaciones a los derechos humanos.
A los pocos días de producirse el Golpe, las Fuerzas Armadas se hicieron cargo de las emisoras de televisión y se las dividieron de esta manera: el Canal 7 denominado ATC a partir de 1978 permaneció bajo la administración de la Armada; el Canal 11 le fue adjudicado a la Fuerza Aérea; y con el Canal 9 se queda el Ejército.
También existieron medios que agitaron un clima golpista, como el diario La Razón, que dedicó diecinueve tapas consecutivas, desde el 2 al 23 de marzo de 1976, a preanunciar el Golpe de Estado, aunque sin nombrarlo en forma explícita.
Luego del Golpe, los editores y directores de diarios y revistas fueron informados acerca de qué era lo que se esperaba de ellos en la nueva etapa.
Los militares crearon una oficina de censura a la que dieron el nombre de “Servicio Gratuito de Lectura Previa” y que funcionaba en la Casa Rosada.
Desde 1977 apareció en cada canal la figura de “Asesor Literario”, encargado de leer los guiones de los programas antes de su grabación. Por otra parte, desde el COMFER (Comité Federal de Radiodifusión) se calificaba a los programas como NHM (no en horario de menores) o NAT (no apto para televisión) y se elaboraban “orientaciones”, “disposiciones” y “recomendaciones” acerca de los temas, los valores nacionales y los principios morales que debían promoverse desde la programación.
Algunos programas debieron modificar sus tramas y elencos ya que varios actores y autores fueron excluidos a través de “listas negras” que no se hacían públicas.
Uno de los símbolos de aquella época, el paradigma en torno del cual mostraron su adhesión muchos medios de prensa, fue el eslogan: “Los argentinos somos derechos y humanos” (Frase pronunciada por el periodista deportivo  José María Muñoz).
El dogma oficial, una falacia, pretendió ser impuesto como una síntesis de la idiosincrasia nacional.
Al arribar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a la Argentina en 1979, se produjo un fervor general, entusiasmo periodístico, y con epicentro en las transmisiones de Radio Rivadavia comandadas por José María Muñoz, de Radio Mitre con Julio Lagos y de ATC (en los almuerzos de Mirtha Legrand), se exhortó a un festejo fervoroso del triunfo; y, por las radios, se invitó a la gente a manifestar también frente a la delegación de la OEA (Organización de Estados Latinoamericanos), en la Avenida de Mayo, para demostrarle a la Comisión que la Argentina “no tenía nada que ocultar”. Tres lacayos de los uniformados eran Mariano Grondona, Bernardo Neustadt y Samuel “Chiche” Gelblung.
Así, los medios gráficos de la ciudad de Rosario se constituyeron para los primeros años del gobierno militar en una herramienta esencial en la difusión y legitimación del proyecto dictatorial en el ámbito local, no sólo porque reprodujeron, aplaudieron y apoyaron el discurso militar sino porque además incorporaron toda una agenda de cuestiones que consideraban ineludible para el PRN. Cabe recordar que para marzo del 76 dos periódicos circulaban en la ciudad de Rosario, ambos con características diferentes. La Tribuna, un diario vespertino, de pocas páginas, con información general aunque con una fuerte presencia de las secciones de deportes y quiniela, ya que se constituía como un diario de raigambre popular y barrial.
La Capital, matutino que se perfilaba como un periódico hegemónico en Rosario y el cordón industrial, no sólo porque tenía una tirada promedio de sesenta mil ejemplares semanales y cien mil los domingos, o por su trayectoria a lo largo de todo el siglo sino porque era el diario de referencia con respecto a temas de la ciudad. Le dio un apoyo intenso y monolítico a la dictadura: el diario participó ampliamente de lo que la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), calificó años más tarde como un verdadero “delirio semántico”. Las adjetivaciones que predominaron en el discurso oficial sobre la “amenaza subversiva”-“marxistas”-“leninistas”, “apátridas”, “materialistas y ateos”, “enemigos de los valores occidentales y cristianos”, “agentes de la disolución y el caos” entre muchos otros-poblaron también con frecuencia las páginas de La Capital. El diario adoptó un punto de vista que al mismo tiempo que defendía el accionar oficial en su presunta lucha contra el enemigo subversivo permitía invocar el respeto de los militares por los derechos que subrepticiamente (y no tanto) pisoteaban, y alegar la existencia de una campaña internacional destinada a desprestigiar al país.
A partir de 1977 el diario comenzó a reclamar, haciéndose eco de los sucesivos dictámenes de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), la reinstauración de la libertad de prensa sin cortapisas. La libertad de prensa fue entendida como superior a cualquier doctrina y, por ende, inolvidable. Para La Capital, la normalización del país no autorizaba a vulnerar esta libertad, menoscabada por la Ley de Seguridad que prohibía la información de hechos subversivos, información que el diario opinaba, no podía ser calificada de delictiva.
A ellos se sumaría a mediados de 1977 El País, que en su primera etapa y hasta diciembre era de tirada vespertina transformándose luego en matutino. Si bien El País intentó constituirse como una alternativa, no logró consolidarse como una empresa rentable en la ciudad, cerrándose a mediados de 1978. El estudio sobre la prensa gráfica local señala que tuvieron un rol central en la instalación de una agenda de problemas de diversa índole. En ese sentido me interesa destacar aquí las prácticas discursivas que esos medios construyeron en torno a los jóvenes durante el período 1976/1978, ya que esta fue una temática recurrente permitiendo reproducir y consolidar estereotipos hegemónicos respecto de la juventud.
Si bien los medios gráficos de la ciudad tuvieron, en general, un discurso de apoyo al gobierno militar nacional y local, ese apoyo se construyó desde distintas estrategias y gradualidades. En líneas generales es posible decir que el discurso de los medios, se construyó durante la fase más represiva de la dictadura en una estructura discursiva binaria afianzando y difundiendo la lógica sobre la cual se asentaba la práctica represiva del terrorismo de estado. Como señala Pilar Calveiro, en Poder y Desaparición las lógicas totalitarias son lógicas binarias, construyen su poder a partir de "concebir el mundo como dos grandes campos enfrentados", donde la construcción de la identidad propia rechaza toda posibilidad de otro, otro que es siempre enemigo. Así la "subversión" es ese otro contrapuesto al "ser nacional" que, según el discurso militar, para sobrevivir debe aniquilarla. Esa estructura binaria construida desde los discursos oficiales se reproduce y difunde en otros espacios a la vez que impregna las prácticas enunciativas respecto de múltiples temáticas. Así, los diarios de la ciudad construyeron su discurso también desde una lógica binaria que permeó las interpretaciones sobre la realidad social y que ayudaron en el proceso de legitimidad que se estructuraba respecto de la dictadura impuesta en marzo de 1976, ya no sólo la "subversión apátrida" se oponía al ser nacional, occidental y cristiano, el caos se oponía al orden, un orden que no sólo era la negación del conflicto social y político sino la negación de toda diferencia en los diversos planos de la vida cotidiana. El caos era la inmoralidad, la basura, los perros callejeros, el ruido molesto, el cirujeo, las "gitanas", los jóvenes y el orden era pensado como la erradicación de todos ellos, la restitución de los "valores morales", del decoro.
Dicho discurso se inscribió en la lógica propia del contexto enfatizando una retórica conservadora y fuertemente anclada en la idea de orden, así como en la apelación constante a "salvar la patria". Si bien este pareciera presentarse simplemente como un reflejo del discurso militar y del proyecto del PRN, debemos tener en cuenta que es el mismo periódico quien lo promueve desde las distintas secciones.
En tanto promotor de determinadas acciones y valores el diario La Capital construyó una prédica que intentó ser ejemplar no sólo para la sociedad rosarina sino también para las instituciones y espacios estatales con los cuales entablaba diálogos y discutía. En este sentido algunas de las temáticas a tratar referían específicamente a los problemas cotidianos de los rosarinos como el ruido, la basura, las inscripciones en las paredes, las acciones municipales, etc. Si bien los temas no eran privativos de este proceso histórico y pueden observarse en otros contextos sociopolíticos, en esta coyuntura adquirieron un lugar central en tanto permitió expresar parte de los valores y acciones del "deber ser argentino". Asimismo, junto a los problemas cotidianos que en la narrativa se presentaron como parte de la agenda de cuestiones necesarias a tener en cuenta para constituir ese "bienestar general necesario" , también es posible observar que algunos sujetos eran centro de atención de los editoriales, y como correlato en las cartas de lectores. Es claro que entre esos sujetos se encontraban los jóvenes.
Ya desde el inicio de la dictadura, éstos fueron centro de atención del discurso militar desde una doble mirada. Por un lado los jóvenes representaban el futuro y en ellos se depositaba también la responsabilidad de llevar adelante el PRN. Por otro lado los jóvenes eran vistos en forma negativa, como sujetos peligrosos, rebeldes, por el cual se apelaba a diversas instituciones que llevasen adelante la tarea de "forjarlos" a la propia imagen. En ese sentido los diarios reprodujeron gran parte de ese discurso e incluso ayudaron a construirlo, configurando estereotipos hegemónicos.
En principio es posible observar que los textos periodísticos de aquellos años reprodujeron y difundieron una imagen de la juventud como un todo homogéneo representado en la figura del varón de clase media y estudiante. También es posible observar que en algunos medios, y específicamente en el diario La Capital, se enfatizaba en un discurso que ayudaba a la conformación de percepciones negativas sobre los jóvenes.
En diciembre de 1975, por ejemplo, ante el incendio de una calesita, un editorial aseveraba: "Que en una antigua plaza de Rosario, la plaza López, dos o tres individuos jóvenes hayan quemado una calesita y bailado alrededor del fuego como celebrando un rito, nos parece una acto que linda con lo terrible". Y agregaba: "Vivimos un tiempo en donde todo parece posible, el tiempo del amor y del desprecio, de lo sagrado y lo profano. Las cosas que ocurren se mezclan en un caos que parece preparado con diabólica lucidez. Nos asustan algunos hechos que no deberían asustarnos, sentimos miedo de nada, permanecemos indiferentes ante ciertos horrores. Estamos confundidos, acaso porque la confusión sea el signo secreto de la vida (...) ¿Cómo medir el valor de algo en momentos en que todos los valores parecen subvertidos? ".
Si bien la cita da indicios de la sensación de miedo y caos generalizado que el mismo diario reproduce, no podemos dejar de observar que el editorial se refiere a la acción de jóvenes considerándola abominable, temible. Esa percepción va a surgir frecuentemente en los editoriales y también en las cartas de lectores.
Como ya hemos mencionado, la sección carta de lectores no era un espacio marginal en el diario, ya que no sólo incorporaba la voz del lector al discurso del diario sino que generalmente lo que allí se decía era retomado por los editoriales. En días previos al golpe de estado en una de ellas se aludía al aspecto de los jóvenes: "En estas épocas de cambios hay costumbres de las que duele despedirnos. Por ejemplo la manera en que los alumnos del colegio nacional se presentaban para ir a clase. Me parece bien que cada uno vaya como quiera pero hay algunos alumnos que antes deberían pasar no sólo por una peluquería sino por debajo de la ducha."
En la misma fecha un editorial recibía con beneplácito el uso de saco y corbata en la universidad -especialmente para docentes en tanto "entrañan el propósito de asegurar el umbral de decoro en las aulas superiores". Como es posible observar, entre fines de 1975 y principios de 1976, el problema del aseo, la vestimenta, la salida de los jóvenes en la noche eran cuestionadas tanto desde las cartas de lectores como desde los editoriales y ello no era un elemento casual en su discurso. Por el contrario se inscribía en el marco de un discurso general de existencia de anarquía y desorden en todos los aspectos de la vida, incluso en cuestiones cotidianas. La percepción de que todo estaba "patas arriba" ayudaba no sólo a configurar una visión negativa sobre los jóvenes sino también a plantear la necesidad del restablecimiento del orden.
Ya con el golpe militar las percepciones en torno a ese grupo no difirió, desde otra carta de lectores publicada en agosto de 1976 y titulada "Delincuencia" el lector refería a los 12 consejos para lograr la "delincuencia juvenil", entre ellas transcribo:
"1) Comenzad desde su más tierna infancia a dar al niño todo lo que quiera. 2) No le deis una educación religiosa. Aguardad que sea él mismo quien lo resuelva cuando cumpla 21 años. 3) Jamás le enseñéis la distinción entre el bien y el mal. 4) Permitidle leer todo lo que caiga en sus manos. Preocúpate de esterilizar los vasos y servilleta que usa, pero no os molestéis en vigilar el alimento que nutre su mente. Si seguís estos doce consejos vuestros hijos serán otros delincuentes, si hacéis lo contrario serán un día sanos y honrados ciudadanos".
Otro editorial publicado en julio de 1977 refería a su comportamiento en el transporte público del siguiente modo: "Lo mismo que se trate de varones o de niñas, hacen gala de una total falta de urbanidad. Forman corrillos en los pasillos, dificultando en extremo la de por sí difícil en las horas 'pico', se comunican entre si a gritos y no son escasas las veces que hacen objeto de pesadas burlas al resto del pasaje".
Los jóvenes en general se presentaban así como un foco de atención: "faltos de moral y de urbanidad" o posibles "delincuentes"; se constituían en sujetos potencialmente peligrosos que, desde la prédica del periódico, tanto las instituciones como el estado debían encauzar. Aún cuando desde La Capital se evidenciaba un cuestionamiento general respecto de la juventud, era frecuente la asociación entre "delincuente subversivo" y joven. Dicha asociación se realizaba especialmente desde los comunicados -y desde el discurso militar insistiendo generalmente en la "corta edad" del "enemigo subversivo". Sin embargo esta asociación trascendía los comunicados y desde los medios se alertaba a la población respecto de la necesidad de investigar la documentación de las parejas jóvenes que quisiesen alquilar un inmueble. Según José Lofiego, miembro del Servicio de Informaciones de la policía de Rosario: "Les habíamos dado una especie de formulario mimeografiado con algunos interrogantes básicos, sobre todo movimientos sospechosos de personas que nadie los conocía en el barrio, de personas jóvenes con hijos de poca edad, hacíamos hincapié sobre todo en eso". Como es posible observar, en el imaginario militar de aquellos años subversión y juventud eran términos que se articulaban proponiendo un abanico de interpretaciones y aunque no todos los jóvenes eran considerados subversivos la construcción discursiva ayudaba a crear un ambiente de duda sobre ellos estigmatizándolos.
Aún cuando la llegada del golpe no modificó las percepciones que el diario construía en torno a la juventud, sí se propuso enfatizar las acciones del gobierno de facto que buscaban encauzarla, refrendando no sólo el discurso sino también apoyando fervientemente esas acciones. El 24 de marzo Videla en nombre de la Junta Militar llamaba a "restituir los valores esenciales" y convocaba a los jóvenes a sumarse a esa tarea. Tanto su incorporación en el PRN como las acciones disciplinarias tendientes a "guiar" los comportamientos sociales juveniles se constituyeron en cuestiones subrayadas por los medios locales desde diversas secciones; asimismo no sólo se informaba de temas tales como las nuevas normativas impuestas en algunas escuelas sobre la vestimenta de estudiantes o sobre la campaña moralizadora llevada adelante por la Jefatura de Policía, sino que desde los editoriales se aplaudía tales acciones en tanto se sostenía que "la juventud, en especial, desprovista muchas veces del resguardo necesario dentro de este tipo de cosas es, indudablemente la principal beneficiaria de esta acción moralizador".
En abril de 1976 una carta de lectores de La Capital recibía con satisfacción las medidas tendientes a restringir la circulación de los jóvenes en los horarios nocturnos ya que "con medidas así, lograremos aunque sea de a poco, encauzar a la juventud. Si los padres no se ocupan, ya se ocuparán las autoridades de que no anden a deshoras por allí, a merced de las malas compañías y de todos los peligros que acechan por las calles".
En septiembre de 1977 La Capital planteaba que "la juventud también es valiosa protagonista en el presente" pero que en los años pasados: "desvirtuóse el papel de la juventud en nuestra comunidad, haciéndosela tempranamente destinataria de funciones y atribuciones que no sólo no le correspondían sino que atentaban contra esenciales valores de la civilidad argentina. No debe olvidarse que en los oscuros días en que el terrorismo había montado su maquinaria al amparo oficial, fue calificada de 'maravillosa' a aquella parte de la juventud argentina enrolada en la subversión, y que equivocadamente creían que poner bombas era parte de una tarea patriótica".
En tanto los jóvenes eran llamados a actuar en ese presente el diario los incluyó en su discurso sin dejar por ello de marcar la potencialidad del peligro que surgía cuando eran "manipulados" por el "terrorismo" que los influía con valores ajenos al "ser argentino". Al presentarse a la juventud como un peligro latente, se apelaba especialmente a la responsabilidad instituciones consideradas claves para la formación de esa nueva juventud. Por ello también se enfatizaba desde diversas perspectivas el lugar que ocupaban la familia, la educación secundaria, la Iglesia para inculcar los valores necesarios que no permitiesen esta "intromisión foránea". En diciembre de 1976 La Capital se refería a la familia planteando que "debe constituirse en un bastión inexpugnable para cualquier clase de ataque que pretenda destruirla o desnaturizarle sus funciones esenciales y su protección acabada y plena depende de un justo ordenamiento social". En octubre de 1977 otro editorial planteaba que ante la posibilidad de que los jóvenes fueran "blanco propicio para tentaciones que pueden desviar su camino" la responsabilidad de los padres se volvía ineludible: "El sentido ético de la existencia basado en los tradicionales y permanentes valores morales, debe ser inculcado cotidianamente por los padres pues nada ni nadie puede reemplazarlos en esa responsabilidad que es divina y humana. Vigorizar a la familia como institución equivale a vigorizar a la subsistencia misma de la sociedad, porque esta se basa primaria y fundamentalmente en aquella".
El análisis realizado nos permite pensar que la construcción discursiva de los medios en torno a la juventud no era casual ni menor, sino que se constituía en una herramienta esencial en el proceso de construcción de representaciones más generales que legitimaban el PRN a la vez que impartía pautas y valores que consideraban "esenciales" en esa construcción del "ser nacional".
Mientras La Tribuna y El País retomaron desde sus páginas algunos de los puntos más contundentes del discurso oficial, insistieron en menor medida en cuestiones como, por ejemplo, la temática de la juventud. Sin embargo en la construcción de esas representaciones cobró fuerza la acción discursiva de La Capital, que en tanto se consideraba un claro defensor del PRN, promovió actitudes, valores y problemáticas que no dudó en levantar como banderas de su propio discurso. Así las representaciones hegemónicas en torno a la juventud instituyó a los jóvenes como un todo monolítico y homogéneo -y masculino , presentándose desde los editoriales como una problemática recurrente incluso desde los meses previos al golpe de estado. La construcción de los jóvenes como peligrosos, ajenos y contrarios a la sociedad llevaba a excluirlos, dejando de ser un sujeto social con sus propias pautas, con sus propios comportamientos para convertirse en un problema a resolver, una cuestión de la cual el estado debía encargarse para ordenar, disciplinar y en ocasiones reprimir.
Las empresas periodísticas y los periodistas, durante esos años, mostraron un abanico de actitudes. Pocas veces como durante la dictadura, el periodismo omitió tanto cumplir su rol de denuncia y de vigilancia de los valores éticos. Fueron obsecuentes y colaboracionistas con los genocidas, siendo en los hechos voceros de prensa de los militares, hasta aquellos que arriesgando sus vidas hicieron que su trabajo estuviera basado en principios y compromiso social. Siguiendo su línea de escaso o nulo sostén de la democracia, la “prensa seria” no sólo apoyó el golpe de 1976 sino que, en general, se embarcó en una obcecada defensa u ocultamiento del sistema represivo. En este sector también se produjo una grave falta por omisión o por complicidad: hubo empresas periodísticas, y hasta gente afín al medio, como responsables en el área cultural, que callaron cuando fueron secuestrados periodistas o escritores disidentes. Refugiados en el clima de “paz y orden” así conseguido iniciaron un vergonzoso camino que, en lugar de una autocrítica digna, culminó en una postura más vergonzosa aún: la denuncia tardía de los “excesos”, el destape de la “guerra sucia” cuando ello no significaba jugarse, la crítica dura al grupo político-militar al que habían apoyado cuando les era beneficioso. Allí se incuba otro elemento negativo que dificultará cualquier reconciliación: el irreductible sector militar se sintió traicionado por sus acólitos periodísticos de antaño.
También existieron medios que agitaron un clima golpista, como el diario La Razón que dedicó diecinueve tapas consecutivas desde el 2 al 23 de marzo de 1976, a preanunciar el Golpe de Estado, aunque sin nombrarlo en forma explícita.
En cuanto al temor, al clima de amenazas “cruzadas” y a la censura, desde ya que fueron reales. Los militares crearon una oficina de censura a la que dieron el nombre de “Servicio Gratuito de Lectura Previa” y que funcionaba en la Casa Rosada.
 Pero la revista “Humor”, los diarios “Nueva Presencia” y “Buenos Aires Herald” y otras publicaciones e intelectuales de menor repercusión, mostraron actitudes valientes, elogiables y valiosas de destacar. Representan las constancias de que estas publicaciones condenaron y denunciaron hasta donde pudieron las violaciones a los derechos humanos.
A los pocos días de producirse el Golpe, las Fuerzas Armadas se hicieron cargo de las emisoras de televisión y se las dividieron de esta manera: el Canal 7 denominado ATC a partir de 1978 permaneció bajo la órbita de la Presidencia de la Nación; el Canal 13, bajo la administración de la Armada; el Canal 11 le fue adjudicado a la Fuerza Aérea; y con el Canal 9 se queda el Ejército.
Desde 1977 apareció en cada canal la figura del “Asesor Literario”, encargado de leer los guiones de los programas antes de su grabación.
El 15 de septiembre de 1980 se dio a conocer la Ley 22.285 de Radiodifusión firmada por Jorge Rafael Videla. El espíritu de la Ley intentaba culminar con el monopolio estatal de la televisión. Una vez más se echaba mano a aquella estrategia, la misma que intentó en su momento Pedro Aramburu con el Decreto 15.460. La dictadura militar comenzaba un lento proceso de debilitamiento y la desestización de los canales le permitiría ponerlos en manos de adjudicatarios fieles a ellos, aunque ya no fueran gobierno. La Ley, por otra parte, al menos en la letra, prohibía la inversión de capitales extranjeros, aunque en las emisoras abundaban los productos enlatados provenientes del país del norte. Tampoco permite la adjudicación a personas que tuvieran vinculación alguna con empresas periodísticas, en su cuestionado y luego reformado Artículo 45.
 Así se creó el COMFER (Comité Federal de Radiodifusión) con el fin de controlar el funcionamiento y emisión de la programación de radio y televisión. Desde allí, se calificaba a los programas como WHM (no en horario de menores) o WAT (no apto para televisión) y se elaboraban “orientaciones”, “disposiciones” y “recomendaciones” acerca de los temas, los valores nacionales y los principios morales que debían promoverse desde la programación.
Algunos programas debieron modificar sus tramas y elencos ya que varios actores y autores fueron excluidos a través de “listas negras” que no se hacían públicas. Por otra parte, la situación económica de los canales producto de los sucesivos traspasos en su gerenciamiento, era caótica; este déficit redujo los recursos para producciones nacionales. En este marco, las programaciones incluyeron principalmente series “enlatadas” norteamericanas.
Uno de los símbolos de aquella época, el paradigma en torno del cual mostraron su adhesión muchos medios de prensa, fue el eslogan: “Los argentinos somos derechos y humanos” (Frase pronunciada por el periodista deportivo José María Muñoz). Al arribar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a la Argentina en 1979, se produjo un fervor general, entusiasmo periodístico, y con epicentro en las transmisiones de Radio Rivadavia comandadas por José María Muñoz, de Radio Mitre con Julio Lagos y de ATC (en los almuerzos de Mirtha Legrand), se exhortó a un festejo fervoroso del triunfo; y, por las radios, se invitó a la gente a manifestar también frente a la delegación de la OEA (Organización de Estados Latinoamericanos), en la Avenida de Mayo, para demostrarle a la Comisión que la Argentina “no tenía nada que ocultar”. Tres lacayos de los uniformados eran Mariano Grondona, Bernardo Neustadt y Samuel “Chiche” Gelblung.
Ese fue el espíritu con que el periodismo apoyó a la dictadura, salvo casos aislados. Ese fue el tono con que se escribieron las notas pisoteando una norma esencial: el respeto a la vida y a la verdad. El dogma oficial, una falacia, pretendió ser impuesto como una síntesis de la idiosincrasia nacional.
Próximo a realizarse en el país el Campeonato Mundial de Fútbol en 1978, la dictadura creó el Ente Argentina ´78 TV con el propósito de instaurar un canal de transmisión en color. Se adoptó la norma Pal-N y nació ATC en reemplazo de Canal 7, con instalaciones monumentales y de última generación para justificar el desmesurado presupuesto acordado. Durante el Campeonato, tanto desde la televisión como desde la radio, se promovió el festejo callejero-para “mostrar al mundo” un clima de “alegría popular”-y se emitieron mensajes en los que se desacreditaba la supuesta campaña anti-Argentina en el exterior.
Los contenidos políticos se evitaban, tanto en este tipo de programas como en los de noticias, que recibían permanentes llamadas de atención de la Secretaría de Información Pública (SIP), respecto de los temas que podían tocarse en cada momento. Por ejemplo, en 1981, la SIP anunció a los informativos que no debían hacer ningún comentario que desacreditara la economía y el mercado cambiario.
Las radios también sufrieron, levantamientos de programas, clausuras de emisoras; así también temas y personas de las que no se podía hablar “por órdenes superiores”. Algunos artistas prohibidos en las radios fueron: Atahualpa Yupanqui, Sui Generis, Rodolfo Mederos, Arco Iris, Vox Dei, Litto Nebbia, Anacrusa, Luis Alberto Spinetta, Almendra, Invisible, Charly García, Nito Mestre, Joan Báez, Led Zeppelin, Frank Zappa, Génesis, Focus, Chico Buarque de Hollanda, Vinicius de Moraes, Toquinho, Bob Dylan, The Beatles, entre otros.
Aparecieron en los medios de comunicación supuestos “asesores literarios”, personas que en realidad se dedicaban a registrar todo aquello que se decía al aire o se escribía. Al igual que había ocurrido con los canales de televisión, las Fuerzas Armadas se repartieron las emisoras radiales.
Otro de los temas que abordaban constantemente los medios de comunicación fue la vida de la familia; se resaltaban los “valores occidentales y cristianos”. La idea era que los padres controlaran la vida de los hijos: quiénes eran sus amigos, que leían, qué les enseñaban en la escuela. El principio de autoridad que nacía de la Junta Militar se debía extender a toda la sociedad, y las familias apoyar el proyecto de la dictadura.
El eje de los discursos en radio y televisión era aceptar como natural el control de las fuerzas de seguridad y sumisión a las autoridades. Las publicidades desde el Ministerio de Economía fueron constantes, algunas muy recordadas.
En cuanto al temor, al clima de amenazas “cruzadas” y a la censura, desde ya que fueron reales. Pero la revista “Humor”, los diarios “Nueva Presencia” y “Buenos Aires Herald” y otras publicaciones e intelectuales de menor repercusión, mostraron actitudes valientes, elogiables y valiosas de destacar. Representan las constancias de que estas publicaciones condenaron y denunciaron hasta donde pudieron las violaciones a los derechos humanos.
Uno de los símbolos de aquella época, el paradigma en torno del cual mostraron su adhesión muchos medios de prensa, fue el eslogan: “Los argentinos somos derechos y humanos” (Frase pronunciada por el periodista deportivo  José María Muñoz).
El dogma oficial, una falacia, pretendió ser impuesto como una síntesis de la idiosincrasia nacional.
Pocas veces como durante la dictadura, el periodismo omitió tanto cumplir su rol de denuncia y de vigilancia de los valores éticos. Siguiendo su línea de escaso o nulo sostén de la democracia, la “prensa seria” no sólo apoyó el golpe de 1976 sino que, en general, se embarcó en una obcecada defensa u ocultamiento del sistema represivo. En este sector también se produjo una grave falta por omisión o por complicidad: hubo empresas periodísticas, y hasta gente afín al medio, como responsables en el área cultural, que callaron cuando fueron secuestrados periodistas o escritores disidentes. Refugiados en el clima de “paz y orden” así conseguido iniciaron un vergonzoso camino que, en lugar de una autocrítica digna, culminó en una postura más vergonzosa aún: la denuncia tardía de los “excesos”, el destape de la “guerra sucia” cuando ello no significaba jugarse, la crítica dura al grupo político-militar al que habían apoyado cuando les era beneficioso. Allí se incuba otro elemento negativo que dificultará cualquier reconciliación: el irreductible sector militar se sintió traicionado por sus acólitos periodísticos de antaño.
Desde muchos sectores de la vida nacional se sigue apuntando que aún no hubo una verdadera autocrítica de las empresas periodísticas y de los periodistas colaboracionistas con los golpistas del ´76.
Ese fue el espíritu con que el periodismo apoyó a la dictadura, salvo casos aislados. Ese fue el tono con que se escribieron las notas pisoteando una norma esencial: el respeto a la vida y a la verdad.
El Panorama en Rosario

El mismo día del Golpe, desde la sede del Comando del II Cuerpo, más específicamente de las Oficinas de Inteligencia, se citó a los responsables de los medios de comunicación para darles las nuevas pautas con las cuales debían manejarse. Por otra parte, no fueron pocos los periodistas que desde hacía meses frecuentaban las oficinas y circulaban por los pasillos de la sede de Córdoba y Moreno; tras el Golpe, esas visitas se incrementaron.
Los trabajadores de prensa de aquellos años, destacaron que se les entregaron planillas donde se les informó del ya mencionado Comunicado N° 19, de todas las prohibiciones y las censuras a que debían atenerse en sus trabajos periodísticos.
En nombre de los trabajadores de prensa, Alberto Gollán (ex intendente en 1971 y dueño de Canal 3) y Carlos Ovidio Lagos (director del Diario “La Capital”), respaldaron totalmente el accionar de la dictadura.
La radio de Rosario (LT2) le fue otorgada a Televisión Litoral S.A. en octubre de 1982 por Decreto N° 1004. La firma ya poseía el Canal 3.
Se intervino militarmente a la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa; se expulsó a corresponsales de agencias extranjeras y se requisó haciendo incinerar numerosos libros de bibliotecas públicas y privadas.
Así, los medios gráficos de la ciudad de Rosario se constituyeron para los primeros años del gobierno militar en una herramienta esencial en la difusión y legitimación del proyecto dictatorial en el ámbito local, no sólo porque reprodujeron, aplaudieron y apoyaron el discurso militar sino porque además incorporaron toda una agenda de cuestiones que consideraban ineludible para el PRN. Cabe recordar que para marzo del 76 dos periódicos circulaban en la ciudad de Rosario, ambos con características diferentes. La Tribuna, un diario vespertino, de pocas páginas, con información general aunque con una fuerte presencia de las secciones de deportes y quiniela, ya que se constituía como un diario de raigambre popular y barrial. La Capital, matutino que se perfilaba como un periódico hegemónico en Rosario y el cordón industrial, no sólo porque tenía una tirada promedio de sesenta mil ejemplares semanales y cien mil los domingos, o por su trayectoria a lo largo de todo el siglo sino porque era el diario de referencia con respecto a temas de la ciudad. A ellos se sumaría a mediados de 1977 El País, que en su primera etapa y hasta diciembre era de tirada vespertina transformándose luego en matutino. Si bien El País intentó constituirse como una alternativa, no logró consolidarse como una empresa rentable en la ciudad, cerrándose a mediados de 1978. El estudio sobre la prensa gráfica local señala que tuvieron un rol central en la instalación de una agenda de problemas de diversa índole. En ese sentido me interesa destacar aquí las prácticas discursivas que esos medios construyeron en torno a los jóvenes durante el período 1976/1978, ya que esta fue una temática recurrente permitiendo reproducir y consolidar estereotipos hegemónicos respecto de la juventud.
Si bien los medios gráficos de la ciudad tuvieron, en general, un discurso de apoyo al gobierno militar nacional y local, ese apoyo se construyó desde distintas estrategias y gradualidades. En líneas generales es posible decir que el discurso de los medios, se construyó durante la fase más represiva de la dictadura en una estructura discursiva binaria afianzando y difundiendo la lógica sobre la cual se asentaba la práctica represiva del terrorismo de estado. Como señala Pilar Calveiro, en Poder y Desaparición las lógicas totalitarias son lógicas binarias, construyen su poder a partir de "concebir el mundo como dos grandes campos enfrentados", donde la construcción de la identidad propia rechaza toda posibilidad de otro, otro que es siempre enemigo. Así la "subversión" es ese otro contrapuesto al "ser nacional" que, según el discurso militar, para sobrevivir debe aniquilarla. Esa estructura binaria construida desde los discursos oficiales se reproduce y difunde en otros espacios a la vez que impregna las prácticas enunciativas respecto de múltiples temáticas. Así, los diarios de la ciudad construyeron su discurso también desde una lógica binaria que permeó las interpretaciones sobre la realidad social y que ayudaron en el proceso de legitimidad que se estructuraba respecto de la dictadura impuesta en marzo de 1976, ya no sólo la "subversión apátrida" se oponía al ser nacional, occidental y cristiano, el caos se oponía al orden, un orden que no sólo era la negación del conflicto social y político sino la negación de toda diferencia en los diversos planos de la vida cotidiana. El caos era la inmoralidad, la basura, los perros callejeros, el ruido molesto, el cirujeo, las "gitanas", los jóvenes y el orden era pensado como la erradicación de todos ellos, la restitución de los "valores morales", del decoro.
Dicho discurso se inscribió en la lógica propia del contexto enfatizando una retórica conservadora y fuertemente anclada en la idea de orden, así como en la apelación constante a "salvar la patria". Si bien este pareciera presentarse simplemente como un reflejo del discurso militar y del proyecto del PRN, debemos tener en cuenta que es el mismo periódico quien lo promueve desde las distintas secciones.
El apoyo del diario La Capital a la gestión económica procesista era bastante sólido en el comienzo. El diario coincidía con la orientación general del discurso económico oficial aunque esbozaba algunos desacuerdos puntuales en cuanto al retraso de su implementación en áreas clave como el propio Estado.
En tanto promotor de determinadas acciones y valores el diario La Capital construyó una prédica que intentó ser ejemplar no sólo para la sociedad rosarina sino también para las instituciones y espacios estatales con los cuales entablaba diálogos y discutía. En este sentido algunas de las temáticas a tratar referían específicamente a los problemas cotidianos de los rosarinos como el ruido, la basura, las inscripciones en las paredes, las acciones municipales, etc. Si bien los temas no eran privativos de este proceso histórico y pueden observarse en otros contextos sociopolíticos, en esta coyuntura adquirieron un lugar central en tanto permitió expresar parte de los valores y acciones del "deber ser argentino". Asimismo, junto a los problemas cotidianos que en la narrativa se presentaron como parte de la agenda de cuestiones necesarias a tener en cuenta para constituir ese "bienestar general necesario", también es posible observar que algunos sujetos eran centro de atención de los editoriales, y como correlato en las cartas de lectores. Es claro que entre esos sujetos se encontraban los jóvenes.
Ya desde el inicio de la dictadura, éstos fueron centro de atención del discurso militar desde una doble mirada. Por un lado los jóvenes representaban el futuro y en ellos se depositaba también la responsabilidad de llevar adelante el PRN. Por otro lado los jóvenes eran vistos en forma negativa, como sujetos peligrosos, rebeldes, por el cual se apelaba a diversas instituciones que llevasen adelante la tarea de "forjarlos" a la propia imagen. En ese sentido los diarios reprodujeron gran parte de ese discurso e incluso ayudaron a construirlo, configurando estereotipos hegemónicos.
En principio es posible observar que los textos periodísticos de aquellos años reprodujeron y difundieron una imagen de la juventud como un todo homogéneo representado en la figura del varón de clase media y estudiante. También es posible observar que en algunos medios, y específicamente en el diario La Capital, se enfatizaba en un discurso que ayudaba a la conformación de percepciones negativas sobre los jóvenes.
En diciembre de 1975, por ejemplo, ante el incendio de una calesita, un editorial aseveraba: "Que en una antigua plaza de Rosario, la plaza López, dos o tres individuos jóvenes hayan quemado una calesita y bailado alrededor del fuego como celebrando un rito, nos parece una acto que linda con lo terrible". Y agregaba: "Vivimos un tiempo en donde todo parece posible, el tiempo del amor y del desprecio, de lo sagrado y lo profano. Las cosas que ocurren se mezclan en un caos que parece preparado con diabólica lucidez. Nos asustan algunos hechos que no deberían asustarnos, sentimos miedo de nada, permanecemos indiferentes ante ciertos horrores. Estamos confundidos, acaso porque la confusión sea el signo secreto de la vida (...) ¿Cómo medir el valor de algo en momentos en que todos los valores parecen subvertidos? ".
Si bien la cita da indicios de la sensación de miedo y caos generalizado que el mismo diario reproduce, no podemos dejar de observar que el editorial se refiere a la acción de jóvenes considerándola abominable, temible. Esa percepción va a surgir frecuentemente en los editoriales y también en las cartas de lectores.
Como ya hemos mencionado, la sección carta de lectores no era un espacio marginal en el diario, ya que no sólo incorporaba la voz del lector al discurso del diario sino que generalmente lo que allí se decía era retomado por los editoriales. En días previos al golpe de estado en una de ellas se aludía al aspecto de los jóvenes: "En estas épocas de cambios hay costumbres de las que duele despedirnos. Por ejemplo la manera en que los alumnos del colegio nacional se presentaban para ir a clase. Me parece bien que cada uno vaya como quiera pero hay algunos alumnos que antes deberían pasar no sólo por una peluquería sino por debajo de la ducha."
En la misma fecha un editorial recibía con beneplácito el uso de saco y corbata en la universidad -especialmente para docentes en tanto "entrañan el propósito de asegurar el umbral de decoro en las aulas superiores". Como es posible observar, entre fines de 1975 y principios de 1976, el problema del aseo, la vestimenta, la salida de los jóvenes en la noche eran cuestionadas tanto desde las cartas de lectores como desde los editoriales y ello no era un elemento casual en su discurso. Por el contrario se inscribía en el marco de un discurso general de existencia de anarquía y desorden en todos los aspectos de la vida, incluso en cuestiones cotidianas. La percepción de que todo estaba "patas arriba" ayudaba no sólo a configurar una visión negativa sobre los jóvenes sino también a plantear la necesidad del restablecimiento del orden.
El análisis realizado nos permite pensar que la construcción discursiva de los medios en torno a la juventud no era casual ni menor, sino que se constituía en una herramienta esencial en el proceso de construcción de representaciones más generales que legitimaban el PRN a la vez que impartía pautas y valores que consideraban "esenciales" en esa construcción del "ser nacional".
Mientras La Tribuna y El País retomaron desde sus páginas algunos de los puntos más contundentes del discurso oficial, insistieron en menor medida en cuestiones como, por ejemplo, la temática de la juventud. Sin embargo en la construcción de esas representaciones cobró fuerza la acción discursiva de La Capital, que en tanto se consideraba un claro defensor del PRN, promovió actitudes, valores y problemáticas que no dudó en levantar como banderas de su propio discurso. Así las representaciones hegemónicas en torno a la juventud instituyó a los jóvenes como un todo monolítico y homogéneo -y masculino, presentándose desde los editoriales como una problemática recurrente incluso desde los meses previos al golpe de estado. La construcción de los jóvenes como peligrosos, ajenos y contrarios a la sociedad llevaba a excluirlos, dejando de ser un sujeto social con sus propias pautas, con sus propios comportamientos para convertirse en un problema a resolver, una cuestión de la cual el estado debía encargarse para ordenar, disciplinar y en ocasiones reprimir.
Los espacios artísticos y culturales
“Cuando escucho la palabra cultura, saco el revólver” (Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda de Adolfo Hitler)
Los primeros años de la dictadura habían sido un período sembrado de dificultades las expresiones artísticas, dominado por la represión y la censura. Pero desde 1981 y, sobre todo, a partir de 1982 todas las vertientes de la vida cultural y artística experimentaron, en el país y en la ciudad, un risible renacimiento. La renovada oferta musical y teatral encontró un fértil terreno en un público ávido de propuestas y los rosarinos comenzaron a asistir masivamente al cine, al teatro y a los recitales, sobre todo en aquellos casos en donde se presentaban obras, filmes o artistas prohibidos previamente por la censura. La respuesta del público obedecía no sólo a la indudable calidad de muchas de estas ofertas sino que, por lo menos para una impactante porción de los espectadores, se vinculaba con una forma de resistencia, con una actitud de rechazo a la dictadura que también se verificaba en estos ámbitos.
En el ámbito de la Literatura, hubo escritores asesinados como Rodolfo Walsh (autor de la insoslayable Carta a la Junta Militar), Francisco Urondo, Haroldo Conti, Héctor Oesterheld, Roberto Santoro, Enrique Raab, entre los más destacados de 83 cuerpos que cargaron con la demencia militar.
Otros escritores daban cursos escondidos. Hubo pequeñas heroicidades, pero el miedo dejó su marca.
Los censores-orgánicos, minuciosos-sabían muy bien aquello que debían combatir: la cultura tal como se había manifestado desde la segunda postguerra hasta los primeros 70, la creatividad ligada a la ambición de realizar ética y estética, el sueño de que una subjetividad podría conmoverse ante un proyecto participativo, el afán de poner a danzar las bodas entre sentimiento e intelecto.
Fueron 231 los intelectuales, científicos, docentes, actores y músicos a los que la dictadura consideró poseedores de “antecedentes ideológicos desfavorables” e integraron la lista del Operativo Claridad. En solo una de las listas, se calcula que más de 700 personas de las más diversas profesiones estuvieron incluidas en las listas negras de la dictadura.
Hacia 1982 se verificó un cierto aflojamiento de los controles sobre los medios masivos de información que redundó en algunos cambios importantes. Ese año comenzó a editarse Rosario, que representó un soplo de aire fresco en la ciudad, quebrando el tradicional dominio que ejercía el diario La Capital en el ámbito de los medios gráficos y la programación de los canales locales comenzó a incluir ciclos de enorme éxito producidos en la Capital Federal, como “Nosotros y los Miedos”, que eran la expresión de una televisión más comprometida.
Por su parte, “El Clan”, un programa que se emitió durante varios años en el mediodía de Canal 5, representó un esfuerzo de producir una especie de revista periodística de la ciudad, que fue cambiando a medida que se transformaba  la realidad política a nivel local y nacional.
La cultura que supervivía en el país guardaba, después del golpe, como condición de existencia, su invisibilidad, con cursos, talleres que daban entre otros, Juan José Sebreli, Juan Carlos Martini Real, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, quienes espiaban por las rendijas de sus departamentos, para comprobar, antes de que llegaran los alumnos, que no hubiera algún fisgón apuntando desde la vereda. La cultura, en los primeros años de dictadura, estuvo amordazada para interceder en la vida nacional y, como contrapartida, construyó espacios “micro”.
El silencio mortuorio y plano, derramado desde el poder, no tuvo tampoco en la cultura el exacto reflejo buscado.
Las autoridades jamás pudieron disociar conceptualmente a la literatura de un ejercicio esotérico con aroma a marxismo. Toda la filosofía, excepto la tomista, era conspirativa y prescindible y sus cultores, sujetos de temer.
La dictadura militar hizo indiscriminadas listas negras donde anotó a Atahualpa Yupanqui, a Litto Nebbia y a Luis Alberto Spinetta. La música fue cercenada de tal forma que se prohibieron 250 composiciones musicales. Por ejemplo, fue proscripto el tango “Cambalache” de Enrique Santos Discépolo.
En el cine, entre 1976 y 1983 se censuraron 132 películas, de la mano de Miguel Paulino Tato. Las formas desbordantes, ingenuas y clásicamente argentinas de Isabel Sarli encresparon los ánimos militares. La promiscuidad altamente estética del “Casanova” de Fellini, la virulencia juvenil de “La Naranja Mecánica”, así como los símbolos sexistas de Pier Paolo Pasolini no aprobaban los cánones marciales que exigía la “moralidad” imperante. Fernando Pino Solanas jamás pudo exhibir “Los hijos de Fierro”, y Leonardo Favio sólo existía en las listas negras.
Una de las películas más valiosas de todo el período fue “Tiempo de Revancha”. Un plano de Federico Luppi cortándose la lengua frente al espejo, se convirtió en el símbolo de una pírrica victoria contra un sistema aparentemente impenetrable desde una resistencia silenciosa.
En el cine, entre 1976 y 1983 se censuraron 132 películas, de la mano de Miguel Paulino Tato. Las formas desbordantes, ingenuas y clásicamente argentinas de Isabel Sarli encresparon los ánimos militares. La promiscuidad altamente estética del “Casanova” de Fellini, la virulencia juvenil de “La Naranja Mecánica”, así como los símbolos sexistas de Pier Paolo Pasolini no aprobaban los cánones marciales que exigía la “moralidad” imperante. Fernando Pino Solanas jamás pudo exhibir “Los hijos de Fierro”, y Leonardo Favio sólo existía en las listas negras. Las listas negras fueron varias a través de esos años; algunos actores y actrices se exiliaron principalmente en Europa y Méjico.
Entre los censurados podemos citar a Norma Aleandro, Marilina Ross, Irma Roy, Bárbara Mujica,  Juan Carlos Gené, Luis Politti, Federico Luppi, Carlos Carella, Héctor Alterio, David Stivel; ellos habían recibido amenazas en las postrimerías del anterior gobierno constitucional, por parte de la Triple A y fueron prohibidos por decisión de la Junta Militar.
El cine fue un instrumento al servicio de crear el semblante de alegría para todos tal como lo muestra una de las producciones de la época, “La fiesta de todos” (1978), dirigida por Sergio Renán. El libro fue de Mario Sábato y Hugo Sofovich, y con Adolfo Aristarain como director de producción. El punto de partida fue el material registrado por la empresa brasileña Milton Reisz Corp, que había tenido la concesión de la filmación del Mundial. Fue un collage optimista que reunía imágenes de los distintos encuentros deportivos y de los festejos de la gente en la calle y en las tribunas-donde también aparecían, en algunos momentos, Videla y Massera, y donde asomaba un corte sostenido, con globos con la leyenda “Argentina de pie ante el mundo”-más una serie de  mínimos sketches interpretados por conocidos actores argentinos, desde Luis Sandrini y Malvina Pastorino hasta Aldo Barbero, Rudy Chernicoff, Ulises Dumont, Ricardo Darín y Susú Pecoraro.
A pesar de esos ataques y luego de años de oscurantismo, un grupo de autores decidieron reafirmar la existencia de la dramaturgia argentina, aislada por la censura de las salas oficiales y silenciadas en las escuelas de teatro del Estado.
Todo comenzó en 1980, cuando varios autores se propusieron mostrarse conjuntamente en un teatro y veintiuno de ellos “escribieron otras tantas obras breves que, a tres por día, formaron siete espectáculos que debían repetirse durante ocho semanas.
En 1981 “Teatro Abierto” representó en Buenos Aires una experiencia de libertad en el ámbito del teatro independiente que, a pesar de las amenazas y prohibiciones, mostró que existían espacios de creación y reflexión que concitaban el apoyo popular. Fue un movimiento de los artistas textuales de Buenos Aires.  En agosto de 1982 el ciclo se reeditó en Rosario, y durante un mes se presentaron obras de catorce directores en distintas salas de la ciudad, que fueron recibidas por el público, alentando a elencos y directores locales a repetir la experiencia en 1983. Esta experiencia notable se extendió hasta 1985.
Cada obra fue dirigida por un director distinto y puesta en escena a intérpretes diferentes para dar lugar a una presencia también masiva de los actores. Así, doscientas personas, entre autores, directores y técnicos, participaron del primer ciclo.
El evento se inauguró en el Teatro del Picadero y desde la primera función provocó una convocatoria de público entusiasmado que desbordó las trescientas localidades previstas. Las funciones se realizaban en un horario insólito, a las seis de la tarde, y el precio de la entrada equivalía a la mitad del costo de una localidad de cine.
Una semana después de inaugurado, un Comando de la Marina incendió las instalaciones de la sala. Los militares habían advertido que estaban en presencia de un fenómeno donde se mezclaba lo político con lo teatral.
El atentado provocó la indignación de todo el mundo cultural. Casi veinte dueños de salas incluidas las más comerciales, se ofrecieron para asegurar la continuidad del ciclo. Más de cien pintores donaron cuadros destinados a recolectar dinero y recuperar las pérdidas. Los hombres más importantes de la cultura y de los derechos humanos, como Jorge Luis Borges y el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, expresaron su adhesión.
Las actividades pudieron continuar en el Teatro Tabarís, la más comercial de todas las salas de la calle Corrientes y con el doble de capacidad que el Teatro del Picadero. Las funciones se hacían a teatro lleno, y el entusiasmo del público convertía a las obras en verdaderas proclamas antidictatoriales.
Se realizaron tres ediciones de Teatro Abierto bajo el régimen militar (1981/1982/1983). Durante 1984 se debatió la forma de continuar, y las actividades siguieron durante dos ediciones.
El ejemplo estimuló a otros artistas de otras expresiones y así surgieron, a partir de 1982, Danza Abierta, Poesía Abierta y Cine Abierto, con un éxito en los ambientes de esas especialidades.

El Teatro en Rosario

En Rosario el teatro siempre ocupó un lugar relevante en la cultura de la ciudad. Desde los primeros grupos a los actuales hubo épocas de esplendor, con grandes actores, autores, y con la representación de las más diversas obras.
En las décadas previas al Golpe, la actividad teatral fue intensa, y fueron varios los grupos teatrales que sufrieron la censura y prohibiciones durante la dictadura. Entre ellos, podemos recordar a Arteón, definida como “una organización de experimentación y resistencia cultural”.
Un antecedente fue el Grupo “Organización y Arte”; posteriormente, varios de sus integrantes se escindieron y conformaron Arteón. En 1965, se constituyó un espacio artístico, creativo y de producción colectiva.
Néstor Zapata recuerda que junto a María Teresa Gordillo fundaron Arteón en la mesa de un bar. Otros miembros destacados fueron Sara Lindberg y Miguel Daza. Este grupo de jóvenes hipotecaron la casa de Zapata padre para conseguir un crédito y realizar una película. Su especulación era ganar un concurso para luego hacer frente a la hipoteca. El premio no se ganó y había que hacer frente a la hipoteca.
En los ajetreados años ´60, diferentes grupos de jóvenes con inquietudes artísticas, intelectuales y políticas, se aglutinaban en las trasnoches del Arteón. Rápidamente se consolidó como un espacio de sociabilidad que permitía la circulación de ideas y la interacción de propuestas y proyectos.
Con las funciones de trasnoches se afrontaron las necesidades económicas; pero el objetivo del grupo era crear, inventar. El Arteón se consolidó como un emprendimiento multicultural capaz de aglutinar y promover actividades de cine; y la producción y realización de cine, cine arte, obras de teatro, títeres y también cine publicitario.
A finales de la década del ´60, principio del ´70, hubo una etapa de producción de ficción donde la realidad social de represión y resistencia ciudadana estaba presente en las obras. Este contexto social de opresión e injusticia se catalizó en la producción de dos cortometrajes de alto contenido social: “Última Acción” y “El Hueso de Paco”.
El 27 de Octubre de 1972, sin saber cómo, ardió el Arteón. El fuego arrasó con el depósito y la sala de Arteón. A partir de 1973 nuevos aires parecen ser los inspiradores de un clima de fervor generalizado.
Arte, creación y política, fueron las divisas que identificaban a los involucrados en el emprendimiento Arteón. En una de las salas, en el bajo de Laprida al 500, se refugian los trabajos teatrales. En Sarmiento al 700, en El Patio, se realizaban los estrenos de algunas películas.
Luego, en los momentos de represión y censura, el grupo se preparó para enfrentar la nueva situación. Algunos materiales se guardan, otros se esconden, la mayoría se pierden. La decisión política es evitar la clandestinidad y armar una organización cultural en la superficie. Se conciben los Talleres de Arteón como “una forma de resistencia cultural”. Se convocan y se organizan las personas más idóneas para ello. Este lugar se afianza, gana respeto por su reputación.
En agosto de 1982 el ciclo se reeditó en Rosario, y durante un mes se presentaron obras de catorce directores en distintas salas de la ciudad, que fueron recibidas por el público, alentando a elencos y directores locales a repetir la experiencia en 1983.
En una coyuntura de creciente politización, el fenómeno de “Teatro Abierto” estimuló el acercamiento de los rosarinos al teatro independiente y hacia aquellas expresiones culturales que proponían una reflexión sobre la realidad presente y pasada. Por esos años, el teatro independiente vivió una especie de boom y las puestas de los elencos rosarinos-entre los que se contaban Arteón, Escena 75, el Teatro Margarita Xirgu dirigido Lauro Campos o el grupo de Pepe Costa-se vieron favorecidas por la afluencia de público.
En sus comienzos, la Asociación Amigos del Arte, declara filiación antiperonista, intenta dar una respuesta a algunos conceptos populistas del ya triunfante movimiento liderado por Perón. Se privilegiaban las manifestaciones artísticas provenientes de la vanguardia pero no jamás se ejerció censura sobre ninguna propuesta que se acercara. El director teatral Raúl Marciani fue responsable del área Teatro de la Institución. Al principio la entidad funcionaba en una casa situada en las calles  Laprida y Santa Fe y allí pasaron figuras de las letras como Jorge Luis Borges y del teatro como Juan Carlos Gené, por nombrar algunos de los más representativos.
Durante la dictadura militar, Amigos del Arte tuvo su decadencia, perdió el brillo que tenía en sus orígenes ya que con el alejamiento de Teatrika los integrantes de la Comisión Directiva decidieron no hacer más teatro.
Raúl Marciani, director del Grupo La Catapulta, es uno de los que impulsa el retorno de la actividad teatral a la sala, instalándose con sus talleres y una programación abierta a toda la comunidad.
En la década 70-80 surgen Teatrika (1972) con la dirección de Pepe Costa, que funcionó en la Sala de Amigos del Arte; la Comedia Provincial Santafesina (1973); el Instituto Provincial de Arte (1974); Escena 75 (1975) con la dirección de Daniel Querol y Carlos Segura (iniciados en Teatrika), elenco que rescata la figura de uno de los forjadores del teatro a nivel nacional como fue Eugenio Filippelli; el Teatro del Mercado Viejo con la dirección de David Edery y Elisenda Seras; y en 1978 CRIT, Centro Rosarino de Investigación Teatral.
En 1973, consecuencia de la realidad política de Argentina, el grupo Arteón presenta “Compañero País” en los jardines de Canal 5 bajo la dirección de Néstor Zapata.
Pero la dictadura no paralizó a los actores rosarinos. Estos buscaron nuevas estrategias y, a meses del 24 de marzo de 1976, Arteón estrenó “Stéfano”, de Discépolo, con dirección de Néstor Zapata; “El Organito”, en el teatro del Mercado Viejo, dirigido por David Edery; y “Babilonia”, del grupo Teatrika, bajo la dirección de Pepe Costa, que permanece tres años en cartelera. Al año siguiente, se incorpora María de los Ángeles González, primero como actriz y luego como docente y autora teatral. También se pone en escena “Relojero” por el grupo APM (Agentes de Propaganda Médica).
Esta etapa cuenta con la Sala Lavardén, ex sala Evita y el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, herencia que nos dejara el Mundial de Fútbol 78, que se constituyó desde entonces en el ámbito propio de las manifestaciones culturales de la ciudad, organizando importantes ciclos de teatro.
Pero hay una figura que aparece modelando el humor político rosarino, uno de los grandes maestros que predicó con un estilo particular de enseñanza siempre preocupado por su conexión con las luchas populares: Norberto Campos.
Campo fue el símbolo de cómo el teatro puede afinar sus herramientas e intervenir en lo social, fundamentalmente en los espacios callejeros, espacios donde la irreverencia y la transgresión adoptan otra variante de la risa. En su homenaje a los orígenes del teatro argentino, vistiendo los atuendos de aquel inmortal “Pepino el 88” y fundando el Grupo Litoral junto a la bailarina y coreógrafa Cristina Prates, encuentra el campo propicio para fusionar el humor político, el teatro y la danza que alcanzaron con”Inodoro Pereyra, el renegau”, una de las empresas más genuinas de las artes escénicas rosarinas adaptando la popular historieta del Negro Fontanarrosa.
Durante el período de la dictadura aparecen agrupaciones ejerciendo un accionar contestatario y de claro desafío, asumido en mayor o menor grado por algunos grupos como Cucaño y el Grupo de Jorge Orta. Las acciones eran callejeras, efímeras o esporádicas, como así también en algunas galerías privadas. Así surge Grupo Azul y, a fines de la etapa, la expresión del teatro callejero.
El grupo más importante fue Cucaño, una formación que intervenía constantemente en el espacio callejero de las más variadas maneras; podían ir de lo irónico a la provocación, buscando formas constantes de ataques a la “moral”.
Una característica común a todos los grupos es que se dedican a estudiar teatro, buscando perfeccionarse en el país y en el extranjero.
El 27 de noviembre de 1978 se creó la filial Rosario de Asociación Argentina de Actores, y Pepe Costa funda el Centro Rosarino de Investigación Teatral.
En la década del ´80, se inicia una prolífica, producción que arranca con una puesta memorable: “Cándida”, de Bernard Shaw, con dirección de Héctor Tealdi, que fue censurado durante los años de la dictadura. Fue un pionero del teatro independiente en la década del ´50, donde desarrolló una gran labor en su ciudad natal, Rosario. Aún en plena censura, en los años ´80 comenzó nuevamente a realizar una gran actividad teatral al participar en el Grupo Teatro Abierto; ahí dirigió a Leonor Manso y Carlos Carella.
El 27 de marzo de 1982 se festeja por primera vez el “Día Mundial del Teatro” en una ciudad no capital y con relevancia mundial. Se mantienen los festivales de teatro, surge el teatro callejero y se cuenta con una sala oficial: la Mateo Booz.
Hacia 1982 se verificó un cierto aflojamiento de los controles sobre los medios masivos de información que redundó en algunos cambios importantes. Ese año comenzó a editarse Rosario, que representó un soplo de aire fresco en la ciudad, quebrando el tradicional dominio que ejercía el diario La Capital en el ámbito de los medios gráficos y la programación de los canales locales comenzó a incluir ciclos de enorme éxito producidos en la Capital Federal, como “Nosotros y los Miedos”, que eran la expresión de una televisión más comprometida.
Por su parte, “El Clan”, un programa que se emitió durante varios años en el mediodía de Canal 5, representó un esfuerzo de producir una especie de revista periodística de la ciudad, que fue cambiando a medida que se transformaba  la realidad política a nivel local y nacional.
Mientras muchos se lamentaban por el cierre de varios cines en Rosario, en 1982 se produjo un fenómeno que contrastaba con la crisis en la que parecía sumida desde hacía unos años la industria cinematográfica. A medida que muchas películas que habían estado prohibidas comenzaban a exhibirse, el público comenzó a concurrir asiduamente al cine.
En abril de 1982, surge “Discepolín”, desmembrado de Arteón, que realiza teatro de adolescentes logrando un importante éxito con “Vení que te cuento”, bajo la dirección de María de los Ángeles González.
Una situación similar se vivió en el ámbito de la música. Los recitales de Mercedes Sosa, en noviembre de 1982, y de Joan Manuel Serrat, en junio de 1983, convocaron cada uno casi 15.000 espectadores.

Espacios culturales

Esta etapa cuenta con la Sala Lavardén, ex sala Evita y el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, herencia que nos dejara el Mundial de Fútbol 78, que se constituyó desde entonces en el ámbito propio de las manifestaciones culturales de la ciudad, organizando importantes ciclos de teatro.
Una característica común a todos los grupos es que se dedican a estudiar teatro, buscando perfeccionarse en el país y en el extranjero.
La Side intervino varias veces en las actividades que desde la Dirección General de Cultura se llevaban a cabo. Ejemplo de eso fue lo ocurrido en torno a los Cuadernos de la Dirección de Cultura y los Cuadernos del Partido Comunista. La Side sospechaba de la Dirección y de su director, aduciendo que desde allí se dirigían los Cuadernos del PC. Una vez demostrada la diferencia entre ambos se retiró la acusación. La libertad de acción existía, pero dentro de límites bien determinados y celosamente vigilados por la Side y el intendente.
En 1978, una vez finalizado el Mundial de Fútbol, el Centro de Prensa fue reciclado como Centro Cultural “Bernardino Rivadavia” y Centro de Congresos y Convenciones. Por intermedio de una Comisión “ad hoc”, se eligió y contrató como Director Gerente del CCBR  a Kurt Fischbein, quien desempeñaba la representación del Instituto Goethe de Buenos Aires en Rosario.
La creación del organigrama institucional, como también el trazado de la misión y objetivos del Centro, quedó enteramente bajo la responsabilidad de Fischbein, quien se las arregló para diseñar espacios libres de censura en su programación. Así surgió “Jóvenes artistas se manifiestan”, la serie de grandes muestras colectivas que tuvieron lugar año a año, hasta 1983, en la sala “D” bajo la curaduría del pintor y cineasta Daniel Scheimberg.
Las Galerías de Arte como Krass, Raquel Real, Sala de la Pequeña Muestra y Arte Privado, entre muchas otras, cumplieron un rol clave en la difusión de las obras y el diálogo entre los artistas. El dibujo y el grabado, como asimismo la pintura, fueron disciplinas artísticas que se presentaron como expresiones factibles para una producción de tipo intimista, individual. La avanzada política y estética de las vanguardias pasó a ser sinónimo de “subversión”. Los artistas plantearon un concepto de obra de arte diferente del que habían formulado los lenguajes de la década anterior, que habían llegado a instaurar un importante grado de desmaterialización del arte y de disolución de la autoría individual.
En este sentido se destaca el Grupo que integraron Jorge Urta, Graciela Sacco y Claudia del Río, entre otros. Ellos produjeron las obras “Testigos Mudos” (1981), que se hizo pública en la Plaza Santa Cruz, con figuras humanas esquemáticas en forma de cruz simbolizando los muertos y desparecidos de la dictadura; y “Madera y Trapo” (1982), que se mostró en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia.
En el Museo Castagnino, institución en la cual hay escaso material sobre muestras de este período, en esa década se realizaron algunas muestras de artistas de gran trayectoria, como la que tuvo lugar en 1979 con motivo del Premio Rosario; otorgado a la artista Raquel Forner. En 1980 se hacía la muestra retrospectiva de Luis Ouvrad y una muestra homenaje a Lía Correa Morales. Al año siguiente, tiene lugar la retrospectiva de Oscar Herrero Miranda, y en 1982 la de Augusto Caggiano. En ese mismo año se realiza una muestra de Héctor Basaldúa y la exposición por el Premio Rosario que se le otorga al maestro Juan Grela.
Los artistas plásticos con distintos compromisos sociales, ya sea con sus obras o con su práctica militante, fueron reprimidos, perseguidos y censurados. En Rosario, lo sufrió Rubén Naranjo, uno de los gestores de la revolucionaria expresión artística “Tucumán Arde” y participante en la Biblioteca Popular “Constancio C. Vigil”. En la dictadura, tuvo que refugiarse en casa de amigos para poder sobrevivir. Cesanteado de la Universidad, intervenida la Vigil, se dedicó a la gráfica como sustento y volvió a dibujar realizando, en la técnica del grabado, significativas obras que daban a entender el momento oscuro en que estaba sumergida la sociedad toda. A la vez que comenzaba a participar (casi en la clandestinidad) de las organizaciones de Derechos Humanos, y junto a las Madres de la Plaza, comenzó a rondar con ellas en la Plaza 25 de Mayo.
La gestión de políticas culturales de la Municipalidad de Rosario ocurría en el marco de contradicciones internas. No había una política cultural determinada y conjunta; por el contrario, había tantas actividades y políticas culturales como áreas y personajes que decidían al respecto, sin que se produjera una real y constante articulación entre ellos.
Las actividades culturales se implementaban a través de la Dirección General de Cultura, el Centro Cultural Benardino Rivadavia, la Comisión Calificadora de Espectáculos Públicos (contrataba las presentaciones y producciones artísticas de particulares) y el Intendente. Todas las actividades estaban controladas por la SIDE.
El papel de la Comisión Calificadora era fundamental al momento de decidir sobre la censura-o no-de una presentación artística determinada.
El secretario Gary Vila Ortiz buscó para afrontar las dificultades que el escaso presupuesto ocasionaba, fue la creación de la Fundación Cultural de Rosario. Por medio de ella se podían comercializar y financiar las actividades.
Las áreas culturales de la Municipalidad enfrentaban una limitación fundamental para la realización de sus actividades: la económica.
La singularidad de este organismo era su conformación. No sólo había representantes del Estado sino también, y mayoritariamente, de grupos y asociaciones de la sociedad civil. Sus miembros representaban a la Dirección de Cultura, el Juzgado de Menores, los Cineclubes, la Asociación Argentina de Escritores, la Liga de Madres de Familia y la Liga de la Decencia. Estos agrupaban a los sectores más conservadores. No eran representativos de la sociedad existente, sino del modelo societal pensado por los militares.
Lo particular del caso, es que el Estado local permitía la participación de sectores sociales en la toma de decisiones correspondientes a la censura. De esta manera el Estado y los grupos adictos al régimen colaboraban entre sí en pos del mantenimiento de los valores del ser nacional sostenidos por ambos. Todo esto era necesario para la instauración del nuevo modelo económico e implementar la lógica neoliberal.
El 27 de marzo de 1982 se festeja por primera vez el “Día Mundial del Teatro” en una ciudad no capital y con relevancia mundial. Se mantienen los festivales de teatro, surge el teatro callejero y se cuenta con una sala oficial: la Mateo Booz.
Mientras muchos se lamentaban por el cierre de varios cines en Rosario, en 1982 se produjo un fenómeno que contrastaba con la crisis en la que parecía sumida desde hacía unos años la industria cinematográfica. A medida que muchas películas que habían estado prohibidas comenzaban a exhibirse, el público comenzó a concurrir asiduamente al cine.
Una situación similar se vivió en el ámbito de la música. Los recitales de Mercedes Sosa, en noviembre de 1982, y de Joan Manuel Serrat, en junio de 1983, convocaron cada uno casi 15.000 espectadores.
Los artistas plásticos con distintos compromisos sociales, ya sea con sus obras o con su práctica militante, fueron reprimidos, perseguidos y censurados. En Rosario, lo sufrió Rubén Naranjo, uno de los gestores de la revolucionaria expresión artística “Tucumán Arde” y participante en la Biblioteca Popular “Constancio C. Vigil”. En la dictadura, tuvo que refugiarse en casa de amigos para poder sobrevivir. Cesanteado de la Universidad, intervenida la Vigil, se dedicó a la gráfica como sustento y volvió a dibujar realizando, en la técnica del grabado, significativas obras que daban a entender el momento oscuro en que estaba sumergida la sociedad toda. A la vez que comenzaba a participar (casi en la clandestinidad) de las organizaciones de Derechos Humanos, y junto a las Madres de la Plaza, comenzó a rondar con ellas en la Plaza 25 de Mayo.
La gestión de políticas culturales de la Municipalidad de Rosario ocurría en el marco de contradicciones internas. No había una política cultural determinada y conjunta; por el contrario, había tantas actividades y políticas culturales como áreas y personajes que decidían al respecto, sin que se produjera una real y constante articulación entre ellos.
Las actividades culturales se implementaban a través de la Dirección General de Cultura, el Centro Cultural Benardino Rivadavia, la Comisión Calificadora de Espectáculos Públicos (contrataba las presentaciones y producciones artísticas de particulares) y el Intendente. Todas las actividades estaban controladas por la SIDE.
El papel de la Comisión Calificadora era fundamental al momento de decidir sobre la censura-o no-de una presentación artística determinada.
El secretario Gary Vila Ortiz buscó para afrontar las dificultades que el escaso presupuesto ocasionaba, fue la creación de la Fundación Cultural de Rosario. Por medio de ella se podían comercializar y financiar las actividades.
Las áreas culturales de la Municipalidad enfrentaban una limitación fundamental para la realización de sus actividades: la económica.
La singularidad de este organismo era su conformación. No sólo había representantes del Estado sino también, y mayoritariamente, de grupos y asociaciones de la sociedad civil. Sus miembros representaban a la Dirección de Cultura, el Juzgado de Menores, los Cineclubes, la Asociación Argentina de Escritores, la Liga de Madres de Familia y la Liga de la Decencia. Estos agrupaban a los sectores más conservadores. No eran representativos de la sociedad existente, sino del modelo societal pensado por los militares.
Lo particular del caso, es que el Estado local permitía la participación de sectores sociales en la toma de decisiones correspondientes a la censura. De esta manera el Estado y los grupos adictos al régimen colaboraban entre sí en pos del mantenimiento de los valores del ser nacional sostenidos por ambos. Todo esto era necesario para la instauración del nuevo modelo económico e implementar la lógica neoliberal.


El Rock

Con la Guerra de Malvinas, nació una de las etapas más brillantes del rock nacional debido al reflotamiento del mismo por parte de los medios de comunicación. Cuando termina la Guerra, vuelven a inyectar nuestra cultura música y extranjera.
Así, los músicos comenzaron entonces a escribir sus propias canciones, expresándose, revelándose y sometiéndose a persecuciones y custodias militares en recitales que más de una vez no terminaban.
Sus letras, que a veces parecían no decir nada, eran fuertes reclamos y hondas reflexiones del ahogo que les provocaba la falta de libertad, escondidas bajo historias aparentemente inocentes.
En 1979 se conjugaban dos fenómenos: la creación del grupo Serú Girán y la reaparición de uno de los pioneros, Almendra, que brindó cuatro recitales masivos en diciembre de ese año.
El rock nacional logró afirmarse durante la dictadura como forma de resistencia.

La Trova Rosarina

Pero, sin lugar a dudas, el fenómeno con mayor proyección fue el protagonizado por un grupo de músicos y compositores rosarinos, encabezados por Juan Carlos Baglietto quienes, desde 1982, conformaron la que se dio en llamar “nueva trova rosarina”, en la que se revistaban también Rodolfo Fito Páez, Rubén Goldín, Silvina Garré, Adrián Abonizio, Jorge Fandermole y Lalo de los Santos.
La denominación “Trova Rosarina” no es considerado válido por algunos de sus integrantes, quienes no se sienten representados por aquél, popularizado por los medios especializados de rock. Este fue un fenómeno particular entre los jóvenes y el rock. El rock producido en Rosario, hegemonizó el circuito comercial de 1982.
El primer álbum de Juan Carlos Baglietto (1982) es un cuadro de la situación argentina. En primer lugar, la supervivencia a la guerra, en las letras hay una permanente alusión a la Guerra de Malvinas y a la Dictadura Militar.
Los temas rosarinos se presentan en la forma de una poesía urbana que narra historias utilizando recursos expresivos diferentes, metáfora, imágenes, a los habituales en el rock. La letra es tan grave como la melodía porque importa entender lo que los artistas dicen para que el canto sea colectivo.
La “Trova Rosarina” es hija de otros estilos; en cuanto a ritmos o influencias musicales propiamente dichas se reivindican los ritmos rioplatenses-tango, milonga, candombe-, el jazz y el folklore. La música rosarina navega en una sociedad heterogénea y dinámica. Los rosarinos son básicamente innovadores en su obra y la búsqueda de un estilo corresponde a la defensa de una identidad que se diferencia del producto consumido masivamente.
La “Trova Rosarina” fue un movimiento artístico original y complejo: sus músicos habían compuesto durante la dictadura un caudal de temas que estaba inspirado en lo vivido durante el gobierno de Videla. Hay ejes temáticos que la “Trova Rosarina” comparte con otros discursos artísticos contemporáneos a ella, pero la conjunción en sus letras de una ética que reivindica el compromiso de los músicos, que enfatiza el mensaje en la comunicación, que recompone historias populares en manos de un trovador, que sostiene la esperanza y subvierte los símbolos del poder militar, es específica de su textualidad.
Durante la última dictadura militar,  un grupo de rosarinos y nicoleños se reunieron y en diferentes etapas le dieron vida a la banda Irreal. No llegó a registrar ninguna producción discográfica oficial-sólo grabaron un cassette a modo de demo-pero que cobró notoria relevancia por el calibre de los músicos que pasaron por ella.
La primera etapa de Irreal va del ´77 hasta el ´78 o ´79, y de ahí en adelante, hasta el ´81, cuando el Grupo fue censurado. El ingenio de los músicos burlaba la censura cuando al componer sus letras muchas veces debían recurrir a la poesía más críptica para que los mensajes sociales se pudiesen leer entrelíneas.
La “Trova Rosarina”, en menos de un año dio a luz a dos discos. Tiempos Difíciles se editó a principios de 1982 y se convirtió en el disco de oro en la historia del rock argentino (30 mil copias al mes y 130 mil con el tiempo). El 14 de mayo de 1982 dieron un show histórico en Obras que terminó de coronarlos para siempre. A Juan Carlos Baglietto y Rodolfo “Fito” Páez, los acompañaban Jorge Fandermole, Adrián Abonizio, Rubén Goldín, Silvina Garré, Lalo de los Santos, Sergio Sainz, Marcos Pusineri, Héctor De Benedictis, entre otros.

La censura en la Literatura

La censura afectó, modificó y dio forma a la cultura de esta época. Por un lado, implicó una mordaza a la posibilidad d expresarse, de acceder a las ideas elaboradas por otros y a las actualidades bibliográficas de otros lugares del mundo. Por otro, produjo nuevos modos de circulación de libros prohibidos, nuevas maneras de escribir y de leer nuevas estrategias para evadir el control.
La censura operaba con tres tácticas: el desconocimiento, que engendra el rumor; las medidas ejemplares, que engendran el terror; y las medias palabras, que engendran intimidación. Y tuvo dos esferas fundamentales: el político ideológico y la moral.
Esto funcionó con una conexión fuerte entre el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Educación. Había una oficina que se encargaba de recibir libros, un equipo de gente bastante preparada que los analizaba, un departamento que evaluaba su prohibición.
Hubo inspectores que recorrían librerías pero también gente que voluntariamenrte denunciaba títulos de libros, o voluntarios que recorrían las editoriales.
La represión cultural se manifestó también en la desaparición de escritores, en un plan específico instrumentado en el ámbito educativo (conocido como Operación Claridad) y en los ataques contra editoriales. En este sentido los casos más alevosos tuvieron como víctimas a la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) y al Centro Editor de América Latina (CEDAL). Pero con diferencias significativas.
En EUDEBA hicieron allanamientos en los depósitos, se llevaron los libros y los quemaron. Pero esos libros fueron entregados por los directivos, que en ese momento eran civiles. Allí hubo delación de personas, que ahora están desaparecidas.
El Centro Editor de América Latina tenía entonces a empleados que habían sido víctimas de la Triple A. Al hacer un allanamiento se llevaron detenida a la gente que trabajaba en los depósitos. Hubo participación de jueces en causas por prohibiciones de libros. La prohibición estaba naturalizada.
Una de las facetas de la Operación Claridad fue la de prohibir una cantidad importante de libros de todo tipo, no sólo políticos, sino también de ficción, cuentos, novelas, textos escolares, ya fueran de autores nacionales como extranjeros. Las listas llegaban a las bibliotecas, escuelas y a distintas instituciones públicas o privadas, con una caracterización ideológica de los “libros peligrosos” para las mentes de niños, jóvenes y adultos. La misma suerte siguieron una serie de revistas y periódicos, pertenecientes a partidos políticos o instituciones.
Desafortunadamente, es preciso decir que respecto de esta última, la iglesia se sumó en varias oportunidades a los sectores más reaccionarios de la sociedad para aconsejar mayor moderación aún en los mensajes culturales y mayor vigilancia del Estado en el terreno moral. Los blancos de estas políticas del régimen fueron la disidencia, la pluralidad, la libertad de circulación de las ideas y los bienes simbólicos. Su objetivo, el de escindir a la sociedad argentina, el de cortar los canales que comunican, en una sociedad moderna y articulada, a los intelectuales, los mediadores culturales y el resto de la trama social.
El Centro Editor de América Latina dirigido por Boris Spivacow, Ediciones De La Flor, o la Editorial Universitaria EUDEBA, fueron, entre otras, las  principales editoriales atacadas en Buenos Aires.
Un libro infantil de Elsa Bornemann, “Un elefante ocupa mucho espacio”, fue prohibido porque contenía “una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparativa a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo”. Otro texto para niños, “La torre de cubos”, de Laura Devetach, es acusado de “simbología confusa, cuestionamientos ideológicos y sociales, ilimitada fantasía”.
En la provincia de Santa Fe se prohibió “La tía Julia y el escritor”, de Mario Vargas Llosa: “La idea revela en su contenido, distorsiones, intenciones maliciosas y ofensas reiteradas a la familia, religión, fuerzas armadas, y principios éticos y morales que sustentan las estructuras espirituales e institucionales de la sociedad latinoamericana”.

Lo acontecido en Rosario

Los militares quisieron destruir “El fusilamiento de Penina”, el título de Aldo Oliva que editó la editorial de la Biblioteca Constancio C. Vigil y cuya edición íntegra de 15.000 ejemplares fue quemada por los militares en 1975. Uno se salvó.
La lista incluía a “Operación Masacre” (Rodolfo Walsh), “Rojo y Negro” (Stendhal), “Las venas abiertas de América Latina” (Eduardo Galeano) y “Dailán Kilki” (María Elena Walsh). La desaparición de personas tenía que corresponderse con la desaparición de símbolos culturales.

La Biblioteca Vigil

Los militares usurparon la Biblioteca Popular “Constancio C. Vigil”, que es un ejemplo de un trabajo colectivo en pos de un proyecto por la cultura y la educación popular, en Rosario. Fue intervenida mediante el Decreto N° 942. Ocho miembros de su Comisión Directiva fueron detenidos ilegalmente; su control de préstamos bibliográficos, utilizado para investigar a los socios.
El Decreto N° 942/77, firmado por el Gobernador de la Provincia de Santa Fe, Vicealmirante Jorge Desomone-y la Resolución N° 137/77 del Instituto Nacional de Acción Mutual (INAM)-rubricada por el Teniente Coronel Héctor Hiram Vila, a cargo del mencionado Ente-disputaron el nuevo destino del Capitán de Corbeta Esteban César Molina, Interventor Normalizador de la Biblioteca Popular “Constancio C. Vigil” de Rosario. Las nuevas autoridades asumieron el 25 de febrero de 1977.
Siete días después estaban cerradas todas las escuelas extracurriculares y los cursos de capacitación, se clausuró el servicio bibliotecario y se cancelaron las actividades que se realizaban en todos los talleres de producción, en la Caja de Ayuda Mutual, en la guardería y en el Centro Materno-Infantil.
En la Provincia de Santa Fe se quemaron 80 mil libros.

El Cine

En el cine, entre 1976 y 1983 se censuraron 132 películas, de la mano de Miguel Paulino Tato. Las formas desbordantes, ingenuas y clásicamente argentinas de Isabel Sarli encresparon los ánimos militares. La promiscuidad altamente estética del “Casanova” de Fellini, la virulencia juvenil de “La Naranja Mecánica”, así como los símbolos sexistas de Pier Paolo Pasolini no aprobaban los cánones marciales que exigía la “moralidad” imperante. Fernando Pino Solanas jamás pudo exhibir “Los hijos de Fierro”, y Leonardo Favio sólo existía en las listas negras.
Una de las películas más valiosas de todo el período fue “Tiempo de Revancha”. Un plano de Federico Luppi cortándose la lengua frente al espejo, se convirtió en el símbolo de una pírrica victoria contra un sistema aparentemente impenetrable desde una resistencia silenciosa.
El cine fue un instrumento al servicio de crear el semblante de alegría para todos tal como lo muestra una de las producciones de la época, “La fiesta de todos” (1978), dirigida por Sergio Renán. El libro fue de Mario Sábato y Hugo Sofovich, y con Adolfo Aristarain como director de producción. El punto de partida fue el material registrado por la empresa brasileña Milton Reisz Corp, que había tenido la concesión de la filmación del Mundial. Fue un collage optimista que reunía imágenes de los distintos encuentros deportivos y de los festejos de la gente en la calle y en las tribunas-donde también aparecían, en algunos momentos, Videla y Massera, y donde asomaba un corte sostenido, con globos con la leyenda “Argentina de pie ante el mundo”-más una serie de  mínimos sketches interpretados por conocidos actores argentinos, desde Luis Sandrini y Malvina Pastorino hasta Aldo Barbero, Rudy Chernicoff, Ulises Dumont, Ricardo Darín y Susú Pecoraro.
La lógica eufemística del cine se acentúa durante la dictadura. Sólo se habla de salvadores locales y enemigos foráneos. Por ejemplo, “La aventura explosiva” (Trucco, 1976), “Los Comandos Azules” (Emilio Vieyra, 1979).
Otro director que se sumó al bando de los “optimistas” fue Ramón Palito Ortega. En 1976, debutó como director con “Los locos en el aire”. Al año siguiente, con “Brigada en acción” incursionó también en el género ya no policial sino “parapolicial”.
A pesar del clima político imperante y los riesgos vigentes, algunas voces consiguieron eludir la censura y la persecución a través de un cine de género donde, aunque metafóricamente, se colaban alusiones a la situación política. El caso más contundente es el de Adolfo Aristarain, que debutó en 1978 con el policial “La parte del león”. En 1981
En el deporte
El compromiso de los deportistas de los 70 fue el que caracterizó a una generación que pretendía un mundo mejor. Sus vidas no se reducían a una medalla o un buen resultado.
El compromiso de los deportistas de los 70 fue el que caracterizó a una generación que pretendía un mundo mejor. Sus vidas no se reducían a una medalla o un buen resultado. Participaban, discutían y actuaban, siempre pensando en una sociedad más justa. Les costó demasiado caro. La dictadura militar no tuvo piedad y como sus principales victimas fueron los jóvenes, una treintena de atletas federados sufrió el horror, según detalló el periodista Gustavo Veiga en el libro Deporte, Desaparecidos y Dictadura publicado en 2006.
Unos 35 deportistas fueron desaparecidos y recién varios años después del fin de la dictadura sus historias salieron a la luz. El objetivo ejemplificador del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional ya se había cumplido. Cada atleta que fue surgiendo persiguió una meta individual, la superación personal, sin importarle lo que sucedía a su alrededor, salvo honrosas excepciones. El “no te metás” había triunfado.
Pero la historia de aquellos deportistas desaparecidos no pudo ser ocultada y de a poco cada uno comenzó a ser reivindicado. Lo demuestra la organización anual de La carrera de Miguel en diferentes ciudades del país, para recordar al atleta Miguel Sánchez; la denominación de Ana Acosta a la cancha de hockey del Cenard; la declaración del 18 de octubre como Día Nacional del Profesor de Tenis por Miguel Schapira (el día de su nacimiento); y la identificación de un aula del colegio Rafael Hernández de La Plata con el nombre del rugbier Rodolfo Axat.
El deporte y los deportistas se fueron interesando por conocer quiénes fueron esos jóvenes y a resaltar sus valores y compromiso. Sus historias les sirven de ejemplo.
La nómina de deportistas desaparecidos mencionados por Gustavo Veiga es la siguiente: Adriana Acosta (jugadora de hockey de Lomas); Miguel Sánchez y Eduardo Requena (atletismo); Alicia Alfonsín (basquetbolista del Club Deportivo y Social Colegiales, y madre del diputado Juan Cabandié); Gustavo Bruzzone (ajedrez); los futbolistas Luis Ciancio (Gimnasia La Plata), Carlos Rivada (Huracán de Tres Arroyos) y Gustavo Olmedo (Los Andes de Los Sarmientos de La Rioja); Deryck Gillie (nacido en Inglaterra, yachting); Daniel Schapira (tenista y profesor); y el gimnasta artístico Sergio Fernando Tula.
Además, los rugbiers Fernando Cordero y Ricardo Posse (Uni de La Plata); Ricardo Dakuyaku (San Luis de La Plata); Daniel Elicabe y Carlos Williams (Los Tilos de La Plata); Juan Carlos Perchante (Urú Curé de Río Cuarto); Ricardo Omar Lois (Pucará); Julio Alvarez, Mariano Montequín, Santiago Sánchez Viamonte, Otilio Pascua, Hernán Roca, Pablo Balut, Rodolfo Jorge Axat, Jorge Moura, Alfredo Reboredo, Marcelo Bettini, Abel Vigo, Eduardo Navajas, Hugo Lavalle, Enrique Sierra, Mario Mercader, Pablo del Rivero y Luis Munitis (distintas divisiones de La Plata Rugby Club).


La Guerra de Malvinas en Rosario

Durante la Guerra de Malvinas, la ciudad mostró imágenes imborrables para quienes participaron de aquellas jornadas.
En marzo de 1982, la CGT convocó a la realización de un acto masivo contra la dictadura. Previsto inicialmente para el24 de marzo, los dirigentes sindicales no quisieron “provocar” a los militares y lo postergaron por unos días, hasta el 30.
Ese día, en Buenos Aires, alrededor de 20.000 personas batallaron con las fuerzas represivas durante toda la jornada, luchando por llegar a la Plaza de Mayo, resistiendo los gases, las embestidas con autos y caballos, y los cientos de detenciones a cualquiera que transitara por la calle en pleno centro en horario pico de salida de los trabajos.
Como el resto del país, en Rosario se hizo sentir el paro. Ese día, la CGT de calle Italia se manifestó por la peatonal, siendo reprimidos por la policía, marcando junto a lo sucedido en otras grandes ciudades, un hito en las luchas de la clase obrera contra la dictadura. Acompañaron a los sindicalistas, distintos partidos políticos y agrupaciones universitarias que encontraban el espacio para exteriorizar su descontento con el poder dictatorial. Nadie se imaginaba lo que sucedería en las próximas jornadas.
El régimen militar se hallaba entonces contra las cuerdas, y sacó de la galera una jugada para procurar una fuerza hacia delante, intentando salvar su prestigio y su poder.
Rosario fue también presa del discurso patriotero y chauvinista, impulsado desde el régimen militar. El 3 de abril hubo una manifestación multitudinaria en la Plaza 25 de Mayo. La Cámara de Empresarios del Transporte Urbano de Pasajeros cedió colectivos gratuitos para que la gente fuera a la Plaza; las organizaciones gremiales y vecinales también se movilizaron ante la convocatoria.
Grupos de estudiantes cantaban estribillos y gritos patrióticos pedían al Intendente que saliera al balcón, y Alberto Natale saludó a los jóvenes congregados que le devolvieron el saludo con muestras de simpatía. Los diarios se poblaron de solicitadas y comunicados de todas las fuerzas políticas, desde las más condescendientes con la dictadura hasta los partidos de izquierda, como el Partido Comunista Revolucionario y el Partido Socialista de los Trabajadores, ellos apoyando la “Gesta Patriótica”.
La Municipalidad de Rosario organizó un concurso de monografías cuyos temas eran: “Defensa de los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas ante los organismos internacionales” y “Sentido histórico de la solidaridad americana”. Algunos comercios de la ciudad no quisieron estar ausentes, y el antiguo bar Londres, cambió su nombre por el de Malvinas Argentinas, y la confitería Lord Jack mutó en “El viejo Galeón”. También desde el Municipio se centralizó la recaudación para el luego tristemente célebre “Fondo Patriótico”, que tuvo su impacto mediático, con momentos de melodrama, en un programa televisivo conducido por Pinky y Cacho Fontana.
Al mismo tiempo, la euforia permitía una apertura hasta entonces inédita: los proscriptos culturales, políticos y sociales salieron a la luz en el espacio público, y se colaron, entre los intersticios de un nacionalismo infantil, los mensajes contestatarios del rock nacional, el teatro independiente y la literatura prohibida.
Luego de la derrota de Malvinas, el Intendente de Rosario, Alberto Natale, renunció a fines de 1982 y fue relevado por un hombre de la Bolsa de Comercio, Víctor Cabanellas.
En la mayoría de las casas, la radio y la televisión permanecían encendidas día y noche siguiendo el conflicto como un partido de fútbol. Todos se creyeron el mensaje triunfalista que hablaba de barcos atacados, algunos hundidos, otros averiados, de aviones derribados, de soldados capturados, pero no decían nada del avance del ejército inglés, de los aviones argentinos que caían, de la situación de los soldados que pasaban hambre, frío, que estaban mal armados y peor preparados para una guerra. Después de la rendición, todo cambió; muchos volvieron a insultar a los militares que cuando se había iniciado el conflicto los habían ovacionado. Otros rompieron vidrieras y produjeron destrozos en el centro.


Bibliografía

*Águila, Gabriela. “Dictadura, represión y sociedad en Rosario, (1976-1983), Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005.
*Ceruti, Leónidas. “Cultura y Dictadura en Rosario:1976-1983”, Rosario, Ediciones Del Castillo, 2010.
*De Marco, Miguel Ángel; Martínez de Neirotti, Mónica; Caterina, Luis; Pasquali, Patricia; De Vitantonio, Patricia. “Rosario (Política, cultura, economía, sociedad; Desde 1916 hasta nuestro días), Rosario, Fundación Banco de Boston, Tomo II, 1989.
*Del Frade, Carlos. “Las Huellas de la Dictadura en Santa Fe”. Diario La Capital, Rosario, 24 de marzo de 1997.
*Giménez, María Daniela. “Las Políticas Culturales en la gestión de Alberto Natale (1981-1983); Monografía, Rosario, Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario.
*Muleiro, Vicente. Suplemento Especial de Diario Clarín, página 15, 24 de Marzo de 2006, Buenos Aires.
*Revista Humor, Junio de 1995, Buenos Aires.
*Rosano, Susana; Lascano, Hernán. “Tiniebla en la memoria de Rosario”. Diario La Capital, 24 de marzo de 1996, Rosario.
*Schlaen, Nir. “De la Ilusión al Desencanto; el Diario “La Capital durante el Proceso (1976-1983); Tesina, Rosario, Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Rosario, 2005.
*Secretaría de Derechos Humanos de Amsafé Rosario. “30 años”-AMsafé Rosario-(1976-2006), Rosario, 2006.

Fotos

.Centro Documental “Rubén Naranjo”. Museo de la Memoria de la ciudad de Rosario.
.Diario “La Capital” de la ciudad de Rosario.
.Libro “Cultura y Dictadura”; Rosario.