miércoles, 22 de julio de 2015

                                                OBSERVACIONES EN UN VELORIO




Nunca más iré a un velorio. Lo que viví allí fue injusto e imperdonable.
Apenas llegué, vi a la madre del pobre Rolando que gritaba y aullaba como un ternero degollado. Todos los presentes tenían los ojos cerrados como sufriendo un sopor eterno, sumidos en una incandescencia inevitable. En otra habitación, el padre del occiso discutía con su hija menor de una manera salvaje.
¡Qué cuadro tétrico, por Dios! ¡Qué carencia de ética ante algo tan doloroso! ¡Qué ignorancia de lo que es la verdadera educación y respeto!
Luego de unos minutos de silencio, se produjo una batahola entre todos los presentes que hasta yo la ligué. Si hasta hoy me duelen las piñas recibidas.
Mientras tanto, Andresito, el hermano menor de Rolando, daba puñetazos al cajón y la abuela puteaba a la nuera de una forma brutal. Como pude me acerqué al cadáver y me horroricé al ver su cara blanca como la leche, tan pasiva y con un gesto de placer como si ya estuviera en el Paraíso Terrenal. No sé por qué yo le hablaba pero creía que me estaba escuchando atentamente. Estaba tan shockeado que creí observar una pequeña sonrisa en su rostro tumefacto. Alcancé a tocar su cara y mis dedos dieron cuenta de una superficie fría como la porcelana.
La atmósfera del lugar era un oprobio. Cerré mis ojos y permití llevarme por un mundo de lágrimas que chorrearon todo mi sector.
Fue, en ese momento, que tuve que salir corriendo por tirar el cajón al piso. Mientras tanto, me preguntaba a mí mismo: “¿Cómo será concientizarse de perdurar en la eternidad con la resignación satisfecha?

                                                                              Maximiliano Reimondi




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