lunes, 20 de julio de 2015

Paul Valéry


Ambroise-Paul-Toussaint-Jules Valéry (Sète, 30 de octubre de 1871 – París, 20 de julio de 1945)
Fue educado en Sète durante su infancia, pensó ya adolescente en dedicarse a la carrera de marino, pero diversos contratiempos lo obligaron, en 1884, a renunciar a la preparación de ingreso en la Escuela Naval. En 1889 inició estudios de Derecho en el Liceo de Montpellier. Según sus recuerdos, “la estupidez y la insensibilidad me parecen inscritas en el programa. Mediocridad de alma y ausencia total de imaginación entre los mejores de la clase”. Durante ese tiempo sus actividades principales consistían en añorar la frustrada carrera de marino (“Estoy ebrio de la belleza de las cosas del mar, y me esfuerzo por asir su hermosura arriesgada y triunfal”, escribía en 1891) y en descubrir, a partir de la lectura de A contrapelo de Huysmans, la literatura, principalmente la obra de poetas como Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y luego Mallarmé. Para ese entonces ya encontraba en el arte “la única cosa sólida”, en la metafísica “nada más que necedad”, en la ciencia “una potencia demasiado especial”, en la vida práctica “una decadencia, una ignominia”. En Montpellier conoció a Pierre Louys, y, por su intermedio, a André Gide, con quien consolidará una amistad duradera. Ellos fueron los primeros oyentes de los versos que había escrito y que se publicarían en la revista La Conque (fundada por Gide, Léon Blum y Henry Béranger), y del poema Narcisse parle, publicado después en L`Ermitage.
En 1892, en la noche del 4 al 5 de octubre, ocurrió en su vida una crisis que se conoce como la Noche de Génova, por haber sucedido en esa ciudad portuaria. El hecho comenzó a gestarse en junio de 1891, cuando Valéry se cruzó por azar en la calle con una mujer catalana, de la cual quedó prendado. Era una mujer diez años mayor, a quien volvió a ver en otras ocasiones pero sin atreverse a abordarla. Según el testimonio de su amigo Henri Mondor, “su languidez, el ligero balanceo de su talle, sus trajes de amazona y una coquetería de turbadora soltura lo habían herido y luego enamorado, cada día más, con desgarramientos, obsesiones, presagios extraños. Apenas sabía su nombre. Ella a él no lo conocía.” En una carta posterior a Guy de Pourtalès, Valéry le confió: “Creí volverme loco allí en 1892, en cierta noche blanca —blanca de relámpagos— que pasé sentado deseando ser fulminado”. Y en otro texto más o menos contemporáneo del suceso: “Noche infinita. CRÍTICA. Quizá efecto de esta tensión del aire y del espíritu… Me siento OTRO esta mañana. Pero —sentirse Otro— esto no puede durar. Ya sea que uno vuelva a ser, y que triunfe el primero; o que el nuevo hombre absorba y anule al primero”.
Se trataba, como señala Charles Moeller, de algo semejante a la “noche” de Paul Claudel en Notre-Dame, cuando se convirtió; a la de Brasillach en Toledo; fundamentalmente a la de Pascal. El último texto de Valéry citado (“Noche infinita. CRÍTICA…”) se emparenta con el Mémorial pascaliano (ese trozo de papel en que el filósofo de Port-Royal escribió los detalles de su revelación y que llevó cosido en su chaqueta hasta su muerte). Pero para Moeller “la noche de Valéry no fue ni de amor humano ni de amor divino; ni siquiera sentimiento de presencia de cualquier clase: fue espanto, descubrimiento de la vanidad radical de toda su vida anterior. Noche mística, pero bajo el signo de la nada”.
Como resultado del suceso, Valéry decidió separarse de sí mismo, de ese sí mismo que catalogaba de falso, al tiempo que separaba de sí los “ídolos”, como él los llamaba. Primero de todos, el ídolo del amor, concentrado en una imagen que desarticulaba su intelecto, la amazona catalana; después la literatura, la religión; la emotividad, que destruía el equilibrio de la inteligencia. Pero a continuación, la violencia de su sensibilidad lo obligó a buscar un sitio existencial estable. Eligió, según sus propias palabras, el intelecto, el ídolo intelecto. Desde ese punto, para él ya no tendría importancia el contenido, que sería solamente vanidad; lo esencial sería el mecanismo del hecho, el secreto de la forma. De cualquier modo, y como resultaría imposible prescindir totalmente de un contenido (el vacío sería su resultado) resolvió al menos apartarse todo lo posible de éste, estar siempre más allá, en esos sitios que iría creando la ascesis que constituiría su vida desde entonces: meditaciones e investigaciones intelectuales desarrolladas en las madrugadas, sobre una pequeña pizarra, durante veinte años.
Entretanto, y luego de cumplir su servicio militar, se trasladó a París. En el aspecto literario, fue la época en que descubrió a Edgar Allan Poe, algo que encontraba más importante que el descubrimiento anterior de Mallarmé, ya que “con lucidez y buena fortuna —como le escribió a Gide—, Poe hizo la síntesis de los vértigos”. En la capital francesa se instaló en la calle Gay-Lussac, en una habitación alguna vez ocupada por Augusto Comte. Comenzó a frecuentar la casa de Marcel Schwob, la de Huysmans, la de Mallarmé. Por ese tiempo la revista El Centauro le solicitó un texto. Valéry decidió reanudar una obra apenas esbozada en la que pensaba describir las memorias de C. Auguste Dupin, el personaje de Poe. Este manuscrito, que empezaba con la frase “La estupidez no es mi fuerte”, se convirtió, con el agregado de notas en las que se describía a sí mismo, en La soirée avec monsieur Teste. Como Valéry, Edmund Teste, el personaje, rechaza las apariencias, esas apariencias con las que sin importar el tema, se conforma la mayoría; no acepta tampoco definiciones aproximadas con respecto a las palabras, exige más y más rigor allí donde está en juego la esencia del lenguaje. Como Valéry, él también es un buscador de lo absoluto.
Poco después, durante una visita a la casa de Schwob, habló tan brillantamente sobre Leonardo Da Vinci, que León Daudet, director en esa época de La Nouvelle Revue, le solicitó un artículo sobre el artista. Este pedido dio origen a la Introducción al método de Leonardo Da Vinci, que será publicado un año antes que la Soirée, en 1895.
Luego de trabajar durante un tiempo como redactor en el Ministerio de Guerra, fue contratado como agregado de prensa por la Chartered Company de sir Cecil Rhodes. Por razones de trabajo se mudó a Londres, donde en la primavera de 1896 estuvo a punto de suicidarse. Lo salvó, cuando tenía ya la soga anudada al cuello, la vista de un libro que reposaba por ahí, la obra de un humorista francés del Boulevar. Leyó unas líneas de un texto absurdo y se sintió liberado. A partir de ese incidente dejó atrás una etapa de su vida en la que reinaba, como le confesó a Gide, “la moral de la muerte”.
En 1900 se casó con Jeannie Gobillard, familiar lejana del pintor Edouard Manet. Con ella tendrá tres hijos y su matrimonio transcurrirá sin sobresaltos. A partir de ese momento proseguirá con su trabajo cotidiano, que le permite vivir, y, en el ambiente recogido y alejado del mundo que él mismo ha elegido, sus investigaciones tendientes a reforzar su conocimiento del espíritu y del lenguaje.
Antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1913, André Gide, que terminaba de fundar la Nouvelle Revue Francaise, le pidió autorización para publicar los versos que habían aparecido antes en algunas revistas. Valéry se rehusó, pero los amigos reunieron todos esos números atrasados, los hicieron mecanografiar y se lo presentaron al poeta. Tras vacilar un poco, al fin aceptó corregirlos. “Contacto con mis monstruos. Disgusto. Me pongo a manosearlos. Retoques”, escribió en sus notas. Luego, como la extensión de la obra no le parecía suficiente, decidió completarla agregándole un pequeño poema, algo que sería también, según pensaba, su despedida de la poesía. Comenzó en 1913. Al año siguiente estalló la guerra y su trabajo se fue retrasando. Por fin, en 1917, lo completó. Se titulaba La joven Parca.
Este libro lo convirtió en una celebridad, algo que Valéry aceptó con modestia e ironía. En 1920 publicó El cementerio marino y su fama se acrecentó todavía más. Un año después una encuesta daba cuenta de que la mayoría lo consideraba como el poeta francés más grande de ese tiempo. En 1922 apareció su poesía completa con el título de Charmes, en una edición reducida. Los honores y los reconocimientos oficiales empezaron a sucederse. En 1925 fue elegido miembro de la Academia Francesa. En su discurso de recepción, hecho en honor de su predecesor, Anatole France, no lo nombró a éste ni una vez, como una especie de venganza por haberse negado alguna vez France a la publicación de los versos de Mallarmé. A partir de ese año empezó a publicar una serie de obras en prosa acerca de los temas más variados, algunas de ellas por encargo. Durante la ocupación alemana no solamente rehusó colaborar, sino que hasta se atrevió, en su carácter de Secretario de la Academia Francesa, a pronunciar el elogio fúnebre “del judío Henri Bergson”. Esto consiguió que fuera destituido de su cargo de Administrador del Centro Universitario de Niza.
De 1938 a 1945 vivió una secreta relación sentimental con Jeanne Loviton, una abogada treinta y dos años más joven, que escribía novelas con el seudónimo de Jean Voilier, y cuya vida amorosa había estado ligada a varios escritores de la época. Este romance (“Oh triunfo de mi ocaso, que doras mi crepúsculo con mirada de amor”) le inspiró a Valéry la escritura de centenares de poemas de amor, que él mismo corrigió y ordenó y a los que decidió titular Corona & Coronilla, así, en español. Adjuntó además unas notas declarando que “hay buenas cosas en este montón, este pobre montón de horas devotas y cantarinas... Sí que valió la pena. Forma un conjunto como no hay otro, creo, en nuestra poesía”. Un conjunto que da cuenta de que el corazón triunfa al fin en Valéry sobre el espíritu y su ídolo intelecto. Él mismo lo escribe en una de sus últimas anotaciones en los Cuadernos: “…Conozco my heart también. Éste triunfa. Más fuerte que todo, que el espíritu, que la organización. Es un hecho. El más oscuro de los hechos. Más fuerte, pues, que el querer vivir y el querer comprender es este bendito C”. Para algunos biógrafos del poeta, el que su amante lo abandonara para casarse con el editor Robert Denoël, sumió a Valéry en la tristeza y fue causa importante de su muerte, ocurrida dos meses después de ese abandono, el 15 de julio de 1945. Luego de unos funerales nacionales, ordenados por el presidente Charles De Gaulle, fue sepultado en Séte, en el cementerio marino que había inspirado su poema.


                                                             Maximiliano Reimondi.

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