domingo, 25 de enero de 2015

Muere asesinado en alta mar el doctor Mariano Moreno
Autor: Felipe Pigna



El 24 de enero de 1811 Mariano Moreno se embarcó en la escuna 1 inglesa Misletoe, que lo trasladará hacia la fragata  también inglesa Fama, contratada por los agentes de Saavedra, donde lo esperan sus dos secretarios, su hermano Manuel y su  amigo Tomás Guido. A poco de partir, Moreno, que nunca había gozado de buena salud, se sintió enfermo y le comentó a sus acompañantes: “Algo funesto se anuncia en este viaje...”. Dedicaba los pocas horas en las que se sentía medianamente bien a traducir del inglés un curioso libro: El viaje del joven Anacarsis a la Grecia, de Juan Jacobo Barthelemy. Anacarsis, un filósofo griego del siglo V antes de Cristo, había dicho: “los hombres sabios discuten los problemas: los necios los deciden”.
Siguiendo con la filosofía griega, es muy significativo como comienza Manuel Moreno el relato de la muerte de su hermano: “El doctor Moreno vio venir su muerte con la serenidad de Sócrates”. Vale la pena recordar que en el año 399 antes de Cristo Sócrates fue acusado de despreciar a los dioses del Estado, de introducir nuevas deidades y corromper a la juventud. Platón, en su Apología de Sócrates, cuenta que Sócrates fue condenado a muerte por un tribunal muy dividido y por escasa mayoría, pero que cuando en su alegato el gran filósofo ofreció pagar por su vida una cifra miserable porque, según su opinión, eso era lo que valía para el Estado un filósofo, el jurado se sintió ofendido y lo sentenció a beber la cicuta por amplia mayoría. Los amigos de Sócrates, entre los que se contaba su gran discípulo Platón, le propusieron fugarse, pero el maestro prefirió acatar la ley y morir envenenado.
Mientras continuaban los padecimientos de Moreno en alta mar, en Buenos Aires el gobierno porteño de Saavedra y Funes firmaba un contrato con un tal David Curtis de Forest el 9 de febrero de 1811, es decir, quince días después de la partida del ex secretario de la Junta de Mayo, adjudicándole una misión idéntica a la de Moreno para  el equipamiento del incipiente ejército nacional. En el artículo 5 del documento se establecía que “para poner en ejecución el convenio deberá Mr. Curtis ponerse antes de acuerdo con el enviado de esta Junta a la Corte de Londres, señor doctor Mariano Moreno, cuya aprobación será requisito necesario para que los comprometimientos de Mr. Curtis obtengan los de esta Junta”. El artículo sexto determinaba que los pagos por sus servicios deberían ser certificados por el doctor Moreno. Y aquí viene lo mejor: en el artículo 11 de este documento se aclaraba con una previsión no frecuente en nuestros gobernantes “que si el señor doctor don Mariano Moreno hubiere fallecido, o por algún accidente imprevisto no se hallare en Inglaterra, deberá entenderse Mr. Curtís con don Aniceto Padilla en los mismos términos que lo habría hecho el doctor Moreno”.
Padilla, que había colaborado en la fuga de Beresford en 1807, fue  designado por la Junta en septiembre de 1810 para comprar armas en Londres. Era socio de Curtis y juntos montaron una operación de compra ilegal de armas a través del traficante francés Charles Dumoriez presentado a Padilla por Saavedra ya que Inglaterra no podía aparecer vendiendo armas a Buenos Aires que serían usadas contra su aliada España. Al embarcarse Moreno el negocio ya estaba cerrado. En una carta dirigida a Saavedra, Dumouriez le pide que confíe plenamente en Padilla evitando que evite nombrar nuevos agentes “que pueden embarazar lejos de beneficiar nuestros negocios aquí” y que recuerde que “en un país donde el dinero es el móvil universal, es necesario que le abráis un crédito discrecional (a Padilla) sobre los banqueros de Londres para que pueda hacer frente ya a  compromisos, ya a gastos imprevistos o secretos”.
Quedaban muy pocas dudas de que Moreno objetaría los términos económicos del acuerdo y las abultadas comisiones de los intermediarios, como lo hará efectivamente su hermano Manuel al llegar a Londres, que llamará a Padilla “bribón, miserable parásito e intrigante”. Ya eran varios a los que no les convenía que Mariano Moreno llegara a destino.
Los regidores del Cabildo de Buenos Aires emitieron un oficio en el que decían que “la lectura de la reimpresión del Contrato Social de Rousseau, ordenada por el doctor Moreno, no sólo no es útil sino más bien perjudicial” y declaraba “superflua la compra de 200 ejemplares de la obra”.
“Desde antes de embarcarse, -sigue narrando Manuel Moreno- la salud del doctor Moreno se hallaba grandemente injuriada por la incesante fatiga en los asuntos políticos. Los últimos disgustos abatieron considerablemente su espíritu y la idea de la ingratitud se presentaba de continuo a su imaginación, con una fuerza que no podía menos de perjudicar su constitución física. En vano era que la reflexión ocurría a aliviar las fuertes impresiones causadas en su honor por el ataque injusto de las pasiones vergonzosas de sus contrarios. La extrema sensibilidad le hacía insoportable la más pequeña sombra de la irregularidad absurda que se atribuía oscuramente a sus operaciones. No pudiendo proporcionarse a sus padecimientos ninguno de los remedios del arte –continúa Manuel Moreno-, ya no nos quedaba otra esperanza de conservar sus preciosos días, que en la prontitud de la navegación; mas por desgracia tuvimos ésta extraordinariamente morosa, y todas las instancias hechas al capitán para que arribase al Janeiro [Río de Janeiro] o al Cabo de Buena Esperanza, no fueron escuchadas.”
El Capitán del  Fame, Walter Bathurst, se mostró hostil durante todo el viaje y se negó rotundamente a acceder a los pedidos humanitarios de los secretarios de Moreno de permitirles descender en el puerto más cercano. Ante las demandas permanentes de calmantes y ante la ausencia de un médico en la tripulación, a escondidas, el capitán le daba unas misteriosas gotas de un supuesto remedio, pero lo cierto era que Moreno estaba cada vez peor. Finalmente en la madrugada del 4 de marzo de 1811 el misterioso capitán le suministró un vaso de agua con 4 gramos de antimonio tartarizado.
El doctor Manuel Litter, en su libro Farmacología, dice que el antimonio es un metal pesado que se asemeja al arsénico y señala que la ingestión de una dosis de 0,15 gramos puede ser mortal (a Moreno le dieron casi 40 veces esa proporción). Dice Litter que los síntomas son similares a los provocados por el arsénico.
Así lo cuenta Manuel recordando el episodio en 1836, ya con su título de médico a cuestas: "El accidente mortal, que cortó esta vida, fue causado por una dosis excesiva de emético, que le administró el capitán en un vaso de agua, una tarde que lo halló sólo y postrado en su gabinete. Es circunstancia grave haber sorprendido al paciente con que era una medicina ligera y restaurante sin expresar cuál, ni avisar o consultar a la comitiva antes de presentársela. Si el Dr. Moreno hubiese sabido se le daba a la vez tal cantidad de esta sustancia, sin duda no la hubiese tomado, pues a vista del estrago que le causó, y revelado el hecho, dijo que su constitución no admitía sino la cuarta parte (de la dosis), y que se reputaba muerto. Aún quedó en duda si fue mayor la cantidad de aquella droga, y otra sustancia corrosiva la que se administró, no habiendo las circunstancias permitido la autopsia cadavérica".
A esto siguió una terrible convulsión -continúa Manuel Moreno- que apenas le dio tiempo para despedirse de su patria, de su familia y de sus amigos. Aunque quisimos estorbarlo desamparó su cama ya en este estado, y con visos de mucha agitación, acostado sobre el piso solo de la cámara, se esforzó en hacernos una exhortación admirable de nuestros deberes en el país en que íbamos a entrar, y nos dio instrucciones del modo que debíamos cumplir los encargos de la comisión, en su falta. Pidió perdón a sus amigos y enemigos de todas sus faltas; llamó al capitán y le recomendó nuestras personas; a mí en particular me recomendó, con el más vivo encarecimiento, el cuidado de su esposa inocente –con este dictado la llamó muchas veces. El último concepto que pudo producir, fueron las siguientes palabras: ‘¡Viva mi patria aunque yo perezca!’ Murió el 4 de marzo de 1811, al amanecer, a los veinte y ocho grados y siete minutos sur de la línea, en los 32 años, 6 meses y un día de su edad. Ya no pudo articular más”.
Así terminaba sus días uno de los primeros revolucionarios argentinos. Su cadáver fue arrojado al mar. Sería el primero de una larga lista.
El 9 de marzo de 1813 la Asamblea General Constituyente investigó los asuntos de los gobiernos patrios. En la causa judicial  correspondientes a la muerte de Moreno puede leerse que el oficial de la secretaría de Guerra, Pedro Jiménez, declaró que le había dicho a Moreno que se refugiara en algún lugar seguro porque “corrían voces de que se lo quería asesinar”. El prestigioso médico Juan Madera, introductor de la vacuna antivariólica y director de la Escuela de Medicina y Cirugía, declaró: “estando en Oruro por el mes de marzo de 1811, le oyó exclamar al Padre Azcurra dando gracias a Dios por la separación del doctor Moreno y como asegurando su muerte en los términos siguientes: ‘ya está embarcado y va a morir’, delante de otros varios individuos y que últimamente, ya por este dato, tan anticipado a la noticia de su muerte, que vino a saberse en el mes de octubre, y ya por la relación que le ha oído a su hermano Manuel, de la enfermedad, del emético y dosis que se le suministró por el capitán inglés y de la conducta cuidadosa que este guardó para con dicho hermano y don Tomás Guido, que lo acompañaban, como sincerándose del hecho del exceso de la dosis, está firmemente persuadido el que declara que el doctor Moreno fue muerto de intento por disposición de sus enemigos”.
Así concluía el expediente. Hasta el momento, ningún tribunal se ha expedido al respecto. Se sabe, en la Argentina la justicia suele ser lenta.
Al poco tiempo de partir Moreno hacia su destino, su esposa, Guadalupe Cuenca, que había recibido en una encomienda anónima un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros y una nota que decía: "Estimada señora como sé que va a ser viuda, me tomo la confianza de remitir estos artículos que pronto corresponderán a su estado", comenzó a escribirle decenas de cartas a su esposo.
En una de ellas le decía:
“Moreno, si no te perjudicas procura venirte lo más pronto que puedas o hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir. No tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? No hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios”. La casa me parece sin gente, no tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen y participen de tus disgustos..." (14 de marzo de 1811)
“Los han desterrado a Mendoza, a Azcuénaga y Posadas; Larrea, a San Juan; Peña, a la punta de San Luis; Vieytes, a la misma; French, Beruti, Donado, el Dr. Vieytes y Cardoso, a Patagones; hoy te mando el manifiesto para que veas cómo mienten estos infames. Del pobre Castelli hablan incendios, que ha robado, que es borracho, que hace injusticias, no saben cómo acriminarlo. Hasta han dicho que no los dejó confesarse a Nieto y los demás que pasaron por las armas en Potosí; ya está visto que los que se han sacrificado son los que salen peor que todos; el ejemplo lo tienes en vos mismo, y en estos pobres que están padeciendo después, que han trabajado tanto, y así, mi querido Moreno, ésta y no más, porque Saavedra y los pícaros como él son los que se aprovechan y no la patria, pues a mi parecer lo que vos y los demás patriotas trabajaron está perdido porque éstos no tratan sino de su interés particular, lo que concluyas con la comisión arrastraremos con nuestros huesos donde no se metan con nosotros y gozaremos de la tranquilidad que antes gozábamos.” (20 de abril de 1811)
“Ay, mi Moreno de mi corazón, no tengo vida sin vos; se fue mi alma y este cuerpo sin alma no puede vivir y si quieres que viva veníte pronto, o mándame llevar.”
“No me consuela otra cosa más que cuando me acuerdo las promesas que me hiciste los últimos días antes de tu salida, de no olvidarte de mí, de tratar de volver pronto, de quererme siempre, de serme fiel, porque a la hora que empieces a querer a alguna inglesa adiós Mariquita, ya no será ella la que ocupe ni un instante tu corazón, y yo estaré llorando como estoy, y sufriendo tu separación que me parece la muerte, expuesta a la cólera de nuestros enemigos, y vos divertido, y encantado, con tu inglesa; si tal caso sucede, como me parece que sucederá, tendré que irme aunque no quieras, para estorbarte; pero para no martirizarme más con estas cosas, haré de cuenta que he soñado, y no te me enojes de estas zonceras que te digo.” (9 de mayo de 1811)
“No se cansan tus enemigos de sembrar odio contra vos ni la gata flaca de la Saturnina (Saavedra) de hablar contra vos en los estrados y echarte la culpa de todo.” (25 de mayo de 1811)
“Nuestro Marianito está en libro de corrido, se acuerda mucho de vos y te extraña más todos los días, con que mi querido Moreno ven pronto, sino lo queréis hacer por mis ruegos hacedlo por nuestro hijo, y acuérdate de las promesas que me hiciste antes de embarcarte; no te dejes engañar de mujeres mira que sólo sois de Mariquita y ella y nadie más te ha de amar hasta la muerte.” (1º de julio de 1811)
“Por vos mismo puedes sacar lo que cuesta esta nuestra separación, y si no te parece mal que te diga, que me es más sensible a mí que a vos, porque siempre he conocido que yo te amo más, que vos a mí; perdóname, mi querido Moreno, si te ofendo con esta palabra.” (29 de julio de 1811)
Esta es la última carta que le escribió Guadalupe a Moreno. A los pocos días recibió por fin una respuesta. Era una carta de su cuñado Manuel fechada en Londres el 1º de mayo de 1811, donde le decía que su amado Mariano había muerto el 4 de marzo.
Saavedra, no pudo disimular su alivio y se le escapó su  famosa frase: “Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”.
Meses más tarde, armada de toda su inmensa dignidad, Guadalupe se dirigía en estos términos a los miembros del Primer Triunvirato: “Acabo de perder a mi esposo. Murió el 4 de marzo en el barco inglés que lo conducía; arrebatado de aquel ardiente entusiasmo que tanto lo transportaba por su patria, le prestó los más importantes servicios y corrió toda clase de riesgos; aquí le sacrificó sus talentos, sus tareas, sus comodidades y hasta su reputación; en medio del océano se sacrificó él mismo terminando la carrera de su vida como víctima de la desgracia propia.
“Un hijo tierno de siete años de edad y su desgraciada viuda imploran los auxilios de la patria persuadidos que ni ésta ni su justo gobierno podrán mostrarse indiferentes a nuestra miseria ni ser insensibles espectadores de nuestro amargo llanto, y de las ruinas y estragos que nos ha ocasionado el más acendrado patriotismo, comparecemos ante V.E. con el fin de interesar en nuestro auxilio una moderada pensión de resarcimiento de tantos daños es solamente lo que pedimos. Ojalá nuestro desamparo fuera menor, así me libertaría de una solicitud que tanto me mortifica.”

María Guadalupe Cuenca recibió una pensión de 30 pesos fuertes mensuales. El sueldo de cada uno de los miembros del Triunvirato era de 800 pesos fuertes, pero como decía Sócrates, para ciertos Estados los pensadores valen muy poco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario