Frédéric Chopin
Fryderyk Franciszek Chopin (Żelazowa Wola, Gran Ducado de
Varsovia, 1 de marzo de 1810 — París, 17
de octubre de 1849)
Frédéric Chopin nació en la aldea de Żelazowa Wola, en el
voivodato de Mazovia, a 60
kilómetros de Varsovia en el centro de Polonia, en una
pequeña finca propiedad del conde Skarbek, que formaba parte del Gran Ducado de
Varsovia. Recibió el nombre de Fryderyk Franciszek Chopin. La fecha de su
nacimiento es incierta: el propio compositor (y su familia) declaraba haber venido
al mundo en 1810, el 1 de marzo y siempre celebró su cumpleaños en aquella
fecha, pero en su partida bautismal figura como nacido el 22 de febrero. Si
bien lo más probable es que esto último fuese un error por parte del sacerdote
(fue bautizado el 23 de abril en la iglesia parroquial de Brochow, cerca de
Sochaczew, casi ocho semanas después del nacimiento), esta discordancia se
discute hasta el día de hoy.
Su padre, Mikołaj Chopin (Marainville, Lorena, 1771-1844),
era un emigrado francés con lejanos ancestros polacos, que se había trasladado
a Polonia en 1787, animado por la defensa de la causa polaca, y era profesor de
francés y literatura francesa; también era preceptor de la familia del conde
Skarbek. Su madre, Tekla Justyna Kryżanowska (Dlugie, Kujawy, 1782-1868),
pertenecía a una familia de la nobleza polaca venida a menos y era gobernanta
de la finca. Sin embargo, la familia se trasladó a Varsovia en octubre del
mismo año, pues su padre había obtenido el puesto de profesor de francés en el
Liceo de Varsovia. Ambos tuvieron tres hijas más: Ludwika (también conocida
como Ludvika, 1807-1855), Izabella (1811-1881) y Emilia (1813-1827). Frédéric
era el segundo hijo y único varón.
Frédéric Chopin y sus hermanas crecieron en un entorno en el
que el gusto por la cultura en general y, la música en particular, era
considerable. Su primera maestra de piano fue su hermana Ludwika, con quien
luego tocaba duetos para piano a cuatro manos. Al destacar pronto sus
excepcionales cualidades, a los seis años sus padres lo pusieron en manos del
maestro Wojciech Żywny, violinista, amante de la música de Johann Sebastian
Bach (hecho entonces poco común) y de Wolfgang Amadeus Mozart, y que basaba sus
enseñanzas principalmente en dichos compositores.
Un año más tarde, cuando tenía siete años de edad, compuso
su primera obra y como no sabía escribir muy bien, la pieza fue anotada por su
padre. Se trataba de la Polonesa en sol menor para piano, publicada en
noviembre de 1817 en el taller de grabado del padre J. J. Cybulski, director de
la Escuela de Organistas y uno de los pocos editores de música polacos de su
tiempo; ese mismo año compuso otra Polonesa en si bemol mayor. A estas
siguieron otras polonesas, además de marchas y variaciones. Algunas de estas
composiciones se encuentran hoy perdidas.
A los ocho años tocaba el piano con maestría, improvisaba y
componía con soltura: dio su primer concierto público el 24 de febrero de 1818
en el palacio de la familia Radziwill de Varsovia, donde tocó el Concierto en
mi menor de Vojtech Jirovec. Pronto se hizo conocido en el ambiente local de la
ciudad, considerado por todos como un niño prodigio y llamado el «pequeño
Chopin». Comenzó a dar recitales en las recepciones de los salones
aristocráticos de la ciudad, para las familias Czartoryski, Grabowski, Sapieha,
Mokronowski, Czerwertynski, Zamoyski, Radziwill, Lubecki, Zajaczek, Skarbek y
Tenczynski, tal como hiciese Mozart a la misma edad. Así se ganó un número
creciente de admiradores.
También desde su niñez se manifestó ya un hecho que marcó
poderosamente su vida: su quebradiza salud. Desde niño había sufrido
inflamaciones de los ganglios del cuello y había tenido que soportar frecuentes
sangrías.
Adolescencia
Entre 1817 y 1827, la familia Chopin vivió en un edificio
adyacente al palacio Kazimierz en la Universidad de Varsovia. El edificio está
adornado en la actualidad con un perfil de Chopin.
En 1822, terminó sus estudios con Żywny y comenzó a recibir
clases privadas con el silesiano Józef Ksawery Elsner, director de la Escuela
Superior de Música de Varsovia; probablemente recibió irregulares pero valiosas
lecciones de órgano y piano con el renombrado pianista bohemio Vilem Würfel.
Elsner, también amante de Bach, se encargó de perfeccionarlo en teoría musical,
bajo continuo y composición.
A partir de julio de 1823 el joven Chopin compaginó sus
estudios con Elsner con sus cursos en el Liceo de Varsovia (donde enseñaba su
padre), donde ingresó al cuarto ciclo y recibió clases de literatura clásica,
canto y dibujo. En 1824 pasó sus vacaciones en Szafarnia, Dobrzyń, en casa de
un amigo, alumno de su padre. Allí tuvo contacto por primera vez con la tierra
polaca y los campesinos que la habitaban y con la música folclórica de su
patria. Estos breves contactos le bastarían para sembrar en su plástica mente
adolescente lo que luego emergería en la madurez de su genio. «Los artículos,
las películas que muestran al joven Chopin que pasa la vida en los medios
populares nos engañan doblemente. Primero, porque los hechos son inexactos.
Después, porque equivale a dar pruebas de una gran desconocimiento de lo que es
un cerebro de artista: un paisaje iluminado por una chispa, una reacción
química en la que no existe proporción alguna entre causa y efecto».
El 7 de julio de 1826 Frédéric completó sus estudios en el
Liceo y se graduó cum laude el 27 del mismo mes. Al mes siguiente viajó por
primera vez fuera de Polonia: fue con sus hermanas a descansar a Bad Reinerz
(actual Duszniki-Zdrój) en Silesia del Sur. En noviembre del mismo año se
inscribió en la Escuela Superior de Música de Varsovia, entonces parte del
Conservatorio de la ciudad y conectada con el Departamento de Artes de la
Universidad. Allí continuó sus estudios con Elsner, pero no asistió a las
clases de piano. Elsner, que lo conocía, comprendió su decisión, pero fue muy
exigente en las materias teóricas que le enseñó, sobre todo en contrapunto.
Gracias a esto, adquirió una sólida comprensión y técnica de la composición
musical. En este tiempo, compuso su Sonata para piano n.º 1 en do menor Op. 4,
sus Variaciones sobre el aria «Là ci darem la mano» (de la ópera Don Giovanni
de Mozart) para piano y orquesta Op. 2 y el Trío para violín, violonchelo y
piano Op. 8, evidentemente obras de mayor envergadura, basadas en formas
clásicas (la sonata y las variaciones concertantes). Elsner escribiría en las
calificaciones finales de sus estudios: «talento sorprendente y genio musical».
En marzo de 1828 el famoso compositor y pianista alemán
Johann Nepomuk Hummel llegó a Varsovia a dar conciertos; Chopin tuvo ocasión de
escucharlo y conocerlo. En noviembre del mismo año se produjo su segunda salida
de Polonia: viajó a Berlín con el profesor Feliks Jarocki, colega de su padre,
para asistir a un Congreso de Naturalistas. En esa ciudad se concentró en
conocer la vida musical en Prusia, escuchó en la Academia de Canto las óperas
Cortez de Gaspare Spontini, Il matrimonio segreto de Domenico Cimarosa y Le
Colporteur de George Onslow, y quedó fascinado por el oratorio Cäcilienfest de
Georg Friedrich Händel. Frédéric siempre mantuvo un gran interés por la ópera,
estimulado por su maestro Elsner. Tres años antes había quedado impresionado
por El barbero de Sevilla de Gioacchino Rossini. Siempre en sus viajes se dio
tiempo para asistir a representaciones operísticas.
En mayo de 1829, el célebre violinista italiano Niccolò
Paganini llegó a Varsovia a dar conciertos. Chopin acudió a verlo y quedó
profundamente deslumbrado por su virtuosismo. Su deuda con él ha quedado
patente en el Estudio para piano Op. 10 n.º 1, que componía por esos días.
Su prestigio local como compositor y pianista ya traspasaba
las fronteras de su patria; el violinista Rodolphe Kreutzer (destinatario de la
Sonata para Violín n.º 9 de Ludwig van Beethoven), Ignaz von Seyfried
(discípulo de Mozart), los fabricantes de piano Stein y Graff, y el editor
Hasslinger, entre otros, deseaban que el joven diese un concierto en Viena. En
1829 realizó un breve viaje a aquella ciudad, el primero como concertista en el
extranjero. En dos conciertos (el 11 y el 18 de agosto) en el Teatro
Kärntnertor, presentó sus Variaciones Op. 2 (de dos años antes) entre otras
obras suyas. El éxito fue apoteósico y el joven compositor no salía de su
asombro por la cálida aceptación de sus composiciones y su técnica
interpretativa por parte del exigente público vienés. La crítica fue
inmejorable, pero algunos criticaron el poco volumen que conseguía en el piano,
parte de su estilo de interpretación, más adecuado al salón que a la sala de
conciertos. Por otro lado, gracias al éxito de las Variaciones mozartianas,
ésta se convirtió en su primera obra publicada por un editor extranjero,
Haslinger, en abril de 1830.
Después de pasar por Praga, Dresde y Breslau (actual
Wrocław), regresó a Varsovia, donde se enamoró de Konstancja (Konstanze)
Gladkowska (1810-1880), una joven estudiante de canto del Conservatorio, que
había conocido en 1828 en un concierto de estudiantes de Carl Soliva. De esta
primera pasión juvenil nacieron varias obras memorables: el Vals Op. 70 n.º 3 y
el movimiento lento de su primer Concierto para piano y orquesta en fa menor.
Sobre él reconoció a su amigo Titus Woyciechowski: «Quizá desafortunadamente,
tengo mi propio ideal, al que en silencio sirvo desde hace medio año, con el
que sueño y en cuyo recuerdo he compuesto el Adagio de mi nuevo concierto»
(1829)5 Dicha obra fue estrenada en el Club de Mercaderes de Varsovia en
diciembre del mismo año y publicada posteriormente como n.º 2, Op. 21. También
le informaba a T. Woyciechowski: «He compuesto unos pocos ejercicios; te los
mostraré y tocaré pronto»; estos «ejercicios» se convertirían en la primera
serie de Estudios Op. 10. Además, componía ya sus primeros nocturnos del Op. 62
n.° 1, 1829) y sus Canciones para voz y piano sobre poemas de Stefan Witwicki
(parte del futuro Op. 74, La plegaria de la doncella, arreglo para piano solo
por Franz Liszt).
Aquel romance fue un ardiente sentimiento, mas no decisivo,
pues ya estaba resuelto a ser compositor y pronto decidió emprender un «viaje
de estudios» por Europa. Originalmente pensó en viajar a Berlín, adonde había
sido invitado por el príncipe Antoni Radziwiłł, gobernador del Gran Ducado de
Posen designado por el rey de Prusia; Chopin había sido su huésped en Antoni.
Sin embargo, finalmente se decidió por Viena, para consolidar los éxitos de su
primera gira. Aunque su correspondencia de este tiempo en Polonia tiene un tono
de cierta melancolía, fueron tiempos felices para él, celebrado por los jóvenes
poetas e intelectuales de su patria. Konstancja se casaría con otro hombre en
1830.
Después de tocar varias veces su Concierto en fa menor en
veladas íntimas, su fama era ya tan amplia que se le organizó un gran recital
en el Teatro Nacional de Varsovia el 17 de marzo de 1830, el primero como
solista en ese auditorio, que nuevamente causó sensación. En aquel tiempo
trabajaba en su segundo Concierto para piano y orquesta en mi menor
(posteriormente numerado como n.º 1, Op. 11) que estrenó el 22 de septiembre en
su casa, y comenzaba el Andante Spianato y Polonesa Op. 22. Paralelamente, se
producían entonces en Varsovia unos levantamientos y asonadas que fueron
severamente reprimidos y causaron muchas muertes. Estas visiones impresionaron
profundamente al artista, que años después compondría en homenaje a esos
manifestantes su célebre Marcha fúnebre (incluida después en la Sonata para
piano n.º 2 en si bemol menor Op. 35).
Poco antes de su partida, se le organizó un concierto de
despedida el 11 de octubre en el mismo gran teatro, donde, ante una gran
audiencia, su amada Konstancja —«vestida toda de blanco, con una corona de
rosas que le iba admirablemente», diría Chopin3 — cantó arias de la ópera La
donna del lago de Rossini. Luego él mismo interpretó su Concierto en mi menor y
su Gran Fantasía sobre Aires Polacos Op. 13. En la mazurca final, el público lo
ovacionó largo rato de pie. Días después, en una taberna de Wola, sus amigos le
regalaron una copa de plata con un puñado de tierra polaca en ella. Su maestro
Elsner dirigió un pequeño coro que cantó una breve composición propia para la
despedida: Zrodzony w polskiej krainie (Un nativo del suelo polaco). El 2 de
noviembre, se marchó para perfeccionar su arte, confiando en volver pronto a su
patria, pero no volvería jamás.
Viena y el Levantamiento
en Polonia
Después de pasar por Kalisz — desde donde viajó con su amigo
del Liceo, Titus Wojciechowski—, Breslavia y Dresde, estuvo un día en Praga y
luego enrumbó hacia Viena (a donde llegó el 22 de noviembre de 1830), para
hospedarse en Kohlmarkt 9. Permaneció ahí hasta el 20 de julio del año
siguiente. Días después de llegar, se enteraron del Levantamiento de Noviembre,
la insurrección polaca contra los rusos, que comenzó el 29 de noviembre;
Woyciechowsky regresó a Varsovia para unirse a los revolucionarios, pero lo
convenció de quedarse en Viena.
Su segunda estancia en la capital del Imperio austríaco no
fue ni mucho menos tan feliz. Ya no llegaba como una joven sensación del
extranjero, sino como alguien que deseaba incorporarse permanentemente al
ambiente musical vienés, y los artistas y empresarios le mostraron indiferencia
y hasta hostilidad.7 Además, no era nada fácil conquistar el gusto del
bullicioso público vienés: «El público sólo quiere oír los valses de Lanner y
Strauss» escribía en una carta. Por otro lado, la insurrección polaca no era
bien vista en el Imperio austriaco. Por todas estas razones sólo dio dos
recitales en Viena durante esos ocho meses, con modesto éxito.
Debido a ello, su estado de ánimo decayó, además
emocionalmente se llenó de ansiedad por la situación de su país y de su
familia. Sus sentimientos son conocidos por sus cartas y sus diarios. En un
momento abandonó sus planes de seguir su carrera; escribió a Elsner: «En vano
Malfatti trata de convencerme de que todo artista es un cosmopolita. Incluso,
si así fuera, como artista, apenas soy un bebé, como polaco, tengo más de
veinte años; espero por lo tanto que, conociéndome bien, no me reprochará usted
que por ahora no haya pensado en el programa del concierto». Se refería a un
concierto benéfico que dio el 11 de junio de 1831 nuevamente en el Teatro
Kärntnertor donde tocó el Concierto en mi menor.
Sin embargo, no puede decirse que todo este tiempo quedó
desperdiciado para Chopin. Además de conocer a músicos como Anton Diabelli,
Vaclav Jirovec, Joseph Merk y Josef Slavik, y de asistir a varios eventos
musicales y óperas, las fuertes y dramáticas experiencias y emociones
inspiraron la imaginación del compositor, y probablemente aceleraron el
nacimiento de un estilo nuevo e individual, diferente al brillante estilo
anterior. En los «diarios de Stuttgart» escribió después: «¡Y yo aquí,
condenado a la inacción! Me sucede a veces que no puedo por menos de suspirar
y, penetrado de dolor, vierto en el piano mi desesperación».3 Compuso el
Nocturno n.º 20 en do sostenido menor, y avanzaba los Estudios Op. 10, los
nocturnos Op. 9 (entre ellos el famosísimo Op. 9 n.º 2, el Op. 15 n.º 2 y
comenzaba el Scherzo en si menor y la Balada n.º 1 en sol menor.
Viéndose forzado a renunciar a su primera intención de
viajar a Italia debido a la situación política, decidió dirigirse a Londres vía
París. El 20 de julio de 1831 dejaba Viena, pasando por Linz y los Alpes hasta
Salzburgo. El 28 de agosto llegó a Múnich, donde tocó en una matinée de la
Philarmonische Verein; a inicios de septiembre llegó a Stuttgart, donde conoció
a Johann Peter Pixis. En esta ciudad se enteró de la caída de Varsovia ante las
tropas rusas y del fin del Levantamiento de Noviembre; la noticia le impactó
tan hondamente, que le causó una fiebre y una crisis nerviosa. Los llamados
«diarios de Stuttgart» revelan su desesperación, rayando a veces en la
blasfemia: «El enemigo ha entrado en casa [...] Oh, Dios, ¿existes? Haces y aún
no cobras venganza. ¿Acaso no tuviste suficiente con los crímenes de Moscú?
O... ¡O quizás Tú seas moscovita!»6 La tradición considera que fruto de estas
noticias y estos sentimientos nacieron el Estudio «Revolucionario» en do menor
Op. 10 n.º 12 y el Preludio en re menor Op, 28 n.º 24, aunque lo más probable
es que los compusiese en Varsovia.
París
Chopin llegó a París en el otoño de 1831; inicialmente se
alojó en un apartamento en el quinto piso del Boulevard Poissonière 27. La ciudad
—capital de la Monarquía de Julio de Luis Felipe I— era el centro mundial de la
cultura y muchos de los mayores artistas del mundo vivían allí: Victor Hugo,
Honoré de Balzac y Heinrich Heine, entre los escritores. Pronto el joven polaco
conocería a varios de estos intelectuales y llegaría a formar una parte
importante de esa intensa actividad cultural.
El doctor Giovanni Malfatti le había dado una carta de
recomendación para el compositor Ferdinando Paër, que le abrió muchas puertas.
Pronto tendría contacto con Gioacchino Rossini, Luigi Cherubini, Pierre
Baillot, Henri Herz, Ferdinand Hiller y Friedrich Kalkbrenner, uno de los
pianistas más grandes de su tiempo, llamado el «rey del piano». Al escucharle,
Kalkbrenner alabó su inspiración y buen gusto, pero también le objetó varios
defectos; por ello se ofreció para darle lecciones durante tres años: Chopin le
respondería —como le escribió a T. Woyciechowsky—: «Sé cuánto me falta, pero no
quiero imitarle». Pronto escribió a Elsner: «No deseo ser una copia de
Kalkbrenner [...]. Nada podría quitarme la idea ni el deseo, acaso audaz, pero
noble, de crearme un mundo nuevo».
Las lecciones con Kalkbrenner duraron aproximadamente un
año, en forma espontánea Felix Mendelssohn le declara: «No aprenderá nada, además
toca usted mejor que él».
De ese modo fue introduciéndose gradualmente en la actividad
musical de París, desistiendo del viaje a Londres que originalmente había
planeado hacer. Su primer concierto público fue tan fabuloso que se convirtió
en el tema de conversación de toda la ciudad. Éste se llevó a cabo el 26 de
febrero de 1832 en la Sala Pleyel, calle Cadet:9 en el programa figuraba su
Concierto en fa menor y las Variaciones mozartianas, en la segunda parte
compartió el escenario con notables pianistas como Camille-Marie Stamaty,
George Osborne y Ferdinand Hiller, para interpretar una Polonesa de
Kalkbrenner, a seis pianos.6 Entre el público se encontraban músicos de la
talla de Mendelssohn y Franz Liszt, y entabló pronto amistad con el último, que
también radicaba en la ciudad. Se sentía sorprendido y estimulado por la
intensa vida cultural y también por la libertad de acción que podía ejercer.
Asistía a conciertos y a óperas; fascinado por Robert le diable de Giacomo
Meyerbeer diría: «Ésta es una obra maestra de la nueva escuela».
En abril de 1832 el cólera hizo estragos en la población de
París, diezmó a las clases trabajadoras e hizo huir a las provincias a los más
pudientes, Orlowski, compatriota y amigo de Chopin escribió a los suyos: «Me
ocurre que voy a verlo y vuelvo sin haber cambiado una palabra con él tan
melancólico está. [...] En París la situación es mala. Los artistas se ven
reducidos a la miseria, porque el cólera ha hecho huir a las provincias a todas
las familias ricas...» Pronto sin embargo el azar tiende una mano de ayuda:
Un día de mayo de 1832, Chopin se pasea por el bulevar y se
encuentra en él a Valentín Radziwill, padre del príncipe Antonio, quién lo
lleva a una velada ofrecida por James de Rothschild. El joven se sienta al
piano sin haberse preparado y obtiene un éxito mucho mayor que en ninguno de
los conciertos que dio hasta entonces. Allí está presente la élite de la
sociedad [...] de la noche a la mañana el nombre de Chopin vuela de boca en
boca. Se aprecia su distinción, su talento. Se le piden lecciones: la baronesa
de Rothschild se inscribe a la cabeza de la lista. Entre las familias
adineradas, los Rothschild se entusiasmaron particularmente con el talento de
Chopin, y, junto a otras familias pudientes —como la princesa de Vaudemont, el
príncipe Adam Czartoriski, el conde Apponyi o el mariscal Lannes— lo tomaron
bajo su protección. La situación cambia bruscamente, el horizonte se aclara y
la esperanza renace en Chopin. De todos modos, el oficio de profesor no es en
modo alguno lo que tenía en vista.
Desde mayo de 1832 comenzó a ganarse la vida dando clases de
piano y pronto llegaría a convertirse en un pedagogo muy requerido y bien
pagado hasta el fin de su vida. Prefirió presentarse en las veladas o soirées
que se ofrecían en los salones de la sociedad aristócrata, en una atmósfera
intimista con una pequeña y singular audiencia, no ávida de virtuosismo, sino
especialmente culta y sensible y afín al músico. Este público estaba compuesto
en buena parte por artistas, entre ellos Eugène Delacroix, la familia
Rothschild, Adam Mickiewicz, Heinrich Heine, la condesa Marie d'Agoult y Franz
Liszt, además de otros miembros de la alta sociedad; justamente Liszt se
refirió a esta audiencia como: «[...] la aristocracia de la sangre, del dinero,
del talento, de la belleza». Por esa razón, a diferencia de otros colegas
famosos, durante el resto de su vida ofreció unos pocos conciertos «públicos»
(en auditorios o salas de concierto): sólo 19 en París.
Por otro lado, debido a la derrota de las revueltas polacas,
a la capital francesa llegaron muchos compatriotas suyos de la Gran Emigración,
con su líder el noble Adam Jerzy Czartoryski: entre los intelectuales y
artistas figuraban el escritor Julian Ursyn Niemcewicz, los poetas románticos
Adam Mickiewicz y Juliusz Slowacki, también sus amigos Stefan Witwicki y Bohdan
Zaleski.
Se hizo miembro de la Sociedad Literaria Polaca en 1833, a la que apoyó
económicamente y dio conciertos benéficos para sus compatriotas. Es importante
remarcar además que, habiendo decidido radicarse en París, escogió ser un
émigré, un refugiado político. No obedeció a las regulaciones del Zar para la
dominada Polonia, ni renovó su pasaporte en la Embajada rusa. Por ello, perdió
la posibilidad de regresar legalmente a su tierra. Pronto se hizo de algunos
amigos entrañables: Delfina Potocka, el violonchelista August Franchomme, y
después el compositor italiano Vincenzo Bellini.
Éxito en Europa
En junio de 1832 se mudó a la calle Cité Bergère. Su
prestigio comenzaba a extenderse no sólo en París sino en toda Europa. Firmó un
contrato para la publicación de su música con Schlesinger, la casa editora más
importante de Francia; en Leipzig era publicado por Probst y luego por
Breitkopf & Härtel, en Berlín por Karl K. Kistner y en Londres por
Christian R. Wessel. Por ello, entre este año y 1835, estuvo
extraordinariamente ocupado; además de las clases cotidianas y los recitales
nocturnos, se abocó a componer febrilmente, acicateado por los editores que le
adelantaban dinero para publicar sus piezas. De este período datan las
Variaciones Brillantes Op. 12, el Rondó Op. 16, el Vals Op. 18, el Andante
Spianato y Gran Polonesa Brillante Op. 22, el Scherzo n.º 1, las Mazurcas Op.
24 y las Polonesas Op. 26.
El compositor Robert Schumann al reseñar el 7 de diciembre
del año anterior sus Variaciones Op. 2 en el Allgemeine Musikalische Zeitung
exclamaría el célebre: «Quitaos el sombrero, señores: un genio». Curiosamente,
Chopin estimó «completamente estúpido» dicho artículo. También mantuvo una amistad
con Héctor Berlioz.
En 1833 se trasladó a un nuevo hogar: Chaussée d'Antin. Su
fama era ya inmensa. En una carta a Hiller del 20 de junio de ese año dice: «En
este momento, Liszt toca mis estudios [...]. Heine manda sus más cordiales
saludos [...]. Saludos de Berlioz». Tocaba el 15 de diciembre junto a Liszt y
Hiller el Concierto para tres clavicémbalos de Johann Sebastian Bach en el
Conservatorio de París. Impresionado por la manera en que los ejecutaba, dedicó
sus Estudios Op. 10: à mon ami F. Liszt (mi amigo F. Liszt). En 1834 conoció en
el salón de la cantante Lina Freppa al entonces célebre compositor de ópera
Vincenzo Bellini, que llegaría a ser un amigo muy entrañable. En mayo viajó a
Aquisgrán a un festival musical renano organizado por Ferdinand Ríes, en donde
escuchó obras de Händel, Mozart y la Novena Sinfonía de Beethoven. Viajó por
Düsseldorf, Coblenza y Colonia y conoció a Felix Mendelssohn; éste le comentó a
su madre en una carta: «Chopin es actualmente un pianista fuera de serie [...] hace
lo que Paganini con el violín». El 26 de abril de 1835 ofreció un concierto en
el Conservatorio de París donde tocó el Andante Spianato y Polonesa para piano
y orquesta en mi bemol mayor Op. 22, en el que sería realmente su último
concierto público; fue un gran éxito.
Chopin como maestro
Chopin eligió el oficio de pedagogo como medio de vida por
razones de necesidad: sus composiciones le significaban sumas ínfimas y ofrecía
muy pocos conciertos —y a menudo en beneficio de alguna obra de caridad—. Aun cuando
gran cantidad de alumnos pertenecían a la aristocracia parisina (George Sand se
refirió irónicamente —casi todas estas aficionadas son mujeres— a las
«magníficas condesas», las «deliciosas marquesas», las «alumnas idólatras»);
también tuvo una quincena de alumnos de valía que no pertenecían a la
aristocracia.
Chopin no estaba impresionado por este mundo; esto se ve con
transparencia en el siguiente fragmento de una carta que escribe a un amigo de
la infancia, en enero de 1833, que lo muestra como un lúcido observador del
medio en el cual se mueve:
[...] me veo
introducido en el gran mundo, en medio de embajadores, príncipes, ministros, y
no sé porqué milagro pues no he hecho nada para penetrar en él. Pero se dice
que para mí es algo indispensable aparecer allí, porque de ahí se afirma, viene
el buen gusto. En el acto eres dueño de un gran talento, si has sido escuchado
en la embajada de Inglaterra o en la de Austria. Tocas mejor si la princesa de
Vaudemont, la última de los Montmorency, te ha protegido. En verdad no puedo
decir «te protege» pues esta anciana dama ha muerto hace ocho días…
En cuanto al método de enseñanza, Chopin no era un pedagogo
formado sino un creador de música, se entregó a la enseñanza «sin la menor idea
preconcebida» y no siguió ningún sistema preestablecido; adaptaba su enseñanza
a las aptitudes del alumno y, cuando el alumno lo merecía, prolongaba las
clases (establecidas en tres cuartos de hora de duración) hasta dos y tres
horas. Ejerció este oficio de pedagogo, al cual lo empuja la necesidad más que
la vocación (que era la de compositor), con plena conciencia y gran cortesía
(sólo desmentida por frecuentes accesos de cólera cuando el alumno se
extraviaba).
Amor y compromiso
Chopin estuvo comprometido con Maria Wodzińska pero el
matrimonio se vio truncado por el precario estado de salud del compositor
polaco.
En el invierno de 1835 se sintió tan mal, que creyó que se
moría; de hecho, en ese momento, escribió el primer borrador de su testamento,
estaba tan afligido, que incluso llegó a pensar en suicidarse.
En la primavera de 1836, su enfermedad volvió a manifestarse
con énfasis, aunque sus malestares no le impidieron solicitar —y obtener— la
mano de Maria Wodzińska, una adolescente de 17 años de la que se había
enamorado. El compromiso fue mantenido en secreto. Posteriormente, y al conocer
la enfermedad que padecía el músico, la familia Wodzińska declinó el
compromiso.
Más tarde, se trasladó de nuevo a Leipzig para encontrarse
con Schumann, y tocar ante él fragmentos de su Balada n.º 2 y varios estudios,
nocturnos y mazurcas.
Al regresar a París, fue abandonando poco a poco las salas
de concierto para concentrarse en la composición. De ahí en adelante, quienes
deseaban escucharlo debían hacerlo en el ámbito semipúblico de su estudio. Daba
aproximadamente cinco clases de piano diarias a diferentes jóvenes adinerados,
pero nunca pudo ocultar su aburrimiento y su desdén por estos niños sin
talento, que estudiaban piano sólo porque sus padres disponían de dinero para
pagar a un gran maestro.
Durante ese año completó la Balada Op. 23 (cuyos primeros
esbozos había presentado a Schumann) y los dos Nocturnos Op. 27.
George Sand
A finales de octubre de 1836, Frédéric fue invitado por
Franz Liszt y Marie d'Agoult a una reunión de amigos en el Hôtel de France y
fue acompañado por Ferdinand Hiller. Al encuentro también acudió la baronesa
Dudevant, más bien conocida por su pseudónimo de George Sand, acompañada por
sus hijos y madame Marliani. Cuando fueron presentados por Liszt, Sand murmuró
al oído de madame Marliani: «Ese señor Chopin, ¿es una niña?». Chopin le
comentó a Hiller saliendo del hotel: «¡Qué antipática es esa Sand! ¿Es una
mujer? Estoy por dudarlo».
Durante ese verano, el músico viajó a Londres; asimismo,
estuvo trabajando en los Estudios Op. 25, las Mazurcas Op. 30, el Scherzo Op.
31 y los Nocturnos Op. 32. A
su regreso volvieron a encontrarse, esta vez en una reunión de amigos en casa
de Chopin, a la cual Sand acudió intencionalmente ataviada a la polaca, y
escuchó subyugada al dúo de Liszt y Chopin.
Vencidas las resistencias iniciales e instalada la pareja
(en verano del 38), ésta duró aproximadamente ocho años, en los cuales la
pasión pronto dio lugar a la amistad (en una carta dirigida por Sand a
Grzimala, el 12 de mayo de 1847, se lee: «Hace siete años que vivo como una virgen.
Con él y con los otros») y en la que hubo un intercambio de bienes mutuo,
George Sand brindó apoyo y protección a la frágil situación de Chopin -tanto
física como económica- en tanto que Chopin para Sand fue una figura
pacificadora en una etapa para ella difícil de crecimiento de sus hijos.
Comenzaron su vida de pareja instalados en París, en
viviendas contiguas, Sand con sus niños. Después de la aventura de Mallorca,
comenzaron a pasar la mitad del año en Nohant, la finca de George Sand, en
Berry. En octubre de ese año completó sus Estudios Op. 25 —que dedicó a la
condesa d'Agoult— y, un mes más tarde, el Trío de la Marcha fúnebre (que
posteriormente pasaría a formar parte de la Sonata Op. 35) para la noche del
aniversario de los alzamientos polacos de 1830.
Las numerosas presentaciones públicas retornaron por sus
fueros en 1838: un concierto en las Tullerías —la corte de Luis Felipe I de
Francia—, otro en los salones del Papa, y un tercero, privado, en la casa del
duque de Orleans. Los mejores nombres de la cultura francesa se convirtieron en
amigos personales de Chopin: Victor Hugo, el pintor Eugène Delacroix, y muchos
otros que lo habían conocido y apreciado gracias a sus recitales.
Mallorca
Busto de Chopin en la Cartuja de Valldemosa, junto al piano
Pleyel que utilizó.
Al aproximarse el invierno de 1838 su salud se había
resentido y su médico le aconsejó el clima saludable de las Islas Baleares para
mejorarse. Así, el compositor, Sand y los dos niños de ella viajaron a
Barcelona, donde se embarcaron en el paquebote El mallorquín, que los dejaría
poco después en Mallorca.
Allí pasaron el invierno y compuso la mayor parte de sus
veinticuatro Preludios op. 28. En la isla, se confirmó el diagnóstico de su enfermedad:
el joven músico había contraído tuberculosis. Dicha enfermedad, catalogada como
altamente contagiosa, no afectó en absoluto a la escritora y sus hijos, dato
este que ha hecho replantearse a algunos expertos el diagnóstico. La
posibilidad de que Chopin padeciese entonces algún otro tipo de afección
degenerativa de las vías respiratorias no catalogada hasta entonces cobra desde
hace unas décadas más fuerza.
Lo que se suponía un viaje de placer, salud y creación, se
convirtió en un desastre: el invierno que se abatió sobre las islas ese año fue
lluvioso sin interrupción. La constante humedad no hizo sino empeorar la
condición de sus pulmones. En la Cartuja de Valldemosa, Sand lo atendió en su
dolencia mientras el maestro esperaba la llegada de un piano francés Pleyel
desde París. Tras varias complicaciones en el transporte del instrumento, fue
instalado en el monasterio de la Cartuja de Valldemosa, en la celda que Chopin
y George Sand tenían alquilada. La misma celda que habitaron desde el 15 de
diciembre de 1838 hasta su precipitada salida de Valldemosa, el día 12 de
febrero de 1839, víspera de su partida definitiva de la isla de Mallorca a
causa de un agravamiento de la dolencia respiratoria del compositor. El
instrumento era propiedad del fabricante, monsier Camille Pleyel, pues había
sido enviado para que el maestro pudiese trabajar en condiciones, y se
convirtió, en el momento de la mencionada partida, en un inconveniente más para
la pareja de artistas, ya que era difícil de transportar y probablemente las
tasas aduaneras de salida fueran tan elevadas como lo fueron las de entrada en
la isla. Por todo ello la escritora sondeó la posibilidad de su venta en la
misma isla. Finalmente en la víspera del regreso al continente, el matrimonio
formado por Bazile Canut y Hélène Choussat de Canut, banqueros de Palma,
decidieron comprometerse a adquirir el piano y a hacer efectivo su pago a
monsier Pleyel, liberando así a Chopin y Sand de esta carga.
Así pues, el 13 de febrero embarcaron de vuelta a Barcelona,
donde Chopin pasó una semana convaleciente bajo los cuidados del médico del
vapor de guerra francés «Méléagre». Tras ocho días de reposo se trasladaron
hasta Marsella, donde esperaba el médico personal del músico, el doctor
Cauvières.
Otra vez París
En 1842, Frédéric estrenó su Balada Op. 52, la Polonesa Op.
53, el Scherzo Op. 54, el Impromptu Op. 51 y las Mazurcas Op. 56, en las que
había comenzado a trabajar el año anterior. Su fama, ya grande en los países
occidentales, se volvió enorme en su Polonia natal, cosechando excelentes
críticas y comentarios de la prensa y el público. El poeta Heinrich Heine
escribía en Lutece: «Chopin es un gran poeta de la música, un artista tan
genial que sólo puede compararse con Mozart, Beethoven, Rossini y Berlioz».
En el verano de 1843, Chopin y Sand descansaron en Nohant,
donde Frédéric concluyó los Nocturnos Op. 55 y las Mazurcas Op. 56, comenzando
la composición de la Sonata en si menor, Op. 58, que posiblemente completara en
el otoño siguiente.
Hacia 1845, su salud comenzó nuevamente a deteriorarse,
pautando el proceso de debilitamiento que finalmente lo conduciría a la muerte.
Obligado a dar varios recitales en París, recibió y escribió numerosas cartas
de y para sus amigos Delacroix y Mickiewicz, al tiempo que componía las
Mazurcas Op. 59, comenzaba la Sonata para violonchelo y piano Op. 65 y
terminaba la Polonesa-fantasía, op. 61.
El principio del fin
Un largo, caluroso y tormentoso verano marcó la última
estadía de Chopin en Nohant (1846): compuso los Nocturnos Op. 62, concluyó la
Sonata para cello y dio los toques finales a las Mazurcas Op. 63.
Desde finales de 1845 y durante el año 46 comienza a
tensarse la situación afectiva del compositor, por diversos motivos. Los hijos
de Sand ya no son niños, son jóvenes que viven situaciones complicadas: de
índole afectiva —preferencias de Sand hacia Maurice y celos reactivos de
Solange— y sentimental, cada uno en su búsqueda de pareja. Chopin en medio de
este hervidero de pasiones vive la incómoda situación de no ser el padre ni de
haber formado una pareja legal con Sand (lo cual puede resentir a Maurice).
A todo esto se le suma la última novela de George Sand
Lucrezia Floriani, en la que ella y Chopin aparecen descriptos de modo
transparente en la figura de sus protagonistas: Lucrezia y Karol, -siempre con
la particular perspectiva de Sand de ver la vida y situarse en un pedestal.
Lucrezia, famosa actriz italiana se ha retirado al campo
para criar a sus hijos, conoce a un adolescente dulce y sensible, que se
enamora de ella y comienza un romance en el que Lucrezia cuida a Karol como un
"gatito enfermo" y sufre por el difícil carácter de Karol, que padece
celotipia.
Sand niega ninguna relación, entre ellos y los
protagonistas, cuando se la interpela. Pero Chopin, dos años más tarde, en una
carta que escribe desde Escocia, dejará traslucir que adivinó perfectamente la
maniobra de su amante: «Nunca maldije a nadie, pero ahora me siento tan harto
que me sentiría mejor si pudiera maldecir a Lucrezia...».
El disparador del fin es la complicada situación generada
por el casamiento de Solange con Clésinger, como Sand prohíbe a Chopin
mencionarla siquiera si quiere volver a Nohant, Chopin nunca volverá.
Fallecimiento
El comienzo del año 1849 encontró a Chopin demasiado débil como
para enseñar. Sólo fue capaz de visitar a su amigo Mickiewicz —tan enfermo como
él—, tocar un poco el piano e improvisar algunos acordes. Al difundirse la
noticia de que su estado empeoraba, gran parte de la sociedad parisina
(incluyendo sus coterráneos residentes allí) quiso ir a visitarlo: alumnos,
amigos, damas, todos aquellos que lo habían aplaudido cuando estaba frente al
teclado quisieron verlo para decirle adiós. Uno de los más asiduos era el
pintor Delacroix, que lo visitaba casi cada día para confortarlo y darle su
aliento.
En ese lóbrego verano, trabajó en los borradores de su
última pieza, la Mazurca en fa menor (publicada tras su muerte como Op. 68 n.º
4). Avisada del próximo final del genial compositor, su hermana Ludowika viajó
desde Varsovia con su esposo e hija para verlo y atenderlo en su casa de la
Place Vendôme 12. A
pesar de que George Sand insistió en verlo, Ludowika le negó la entrada, aunque
permitió que la hija de ella, Solange, pasara a visitarlo.
Chopin sabía que se moría, pero, sorprendentemente, dijo a
los circunstantes:
Encontraréis muchas
partituras, más o menos dignas de mí. En nombre del amor que me tenéis, por
favor, quemadlas todas excepto la primera parte de mi método para piano. El
resto debe ser consumido por el fuego sin excepción, porque tengo demasiado
respeto por mi público y no quiero que todas las piezas que no sean dignas de
él, anden circulando por mi culpa y bajo mi nombre.
Nadie hizo caso de dicha petición. Ya en plena agonía, tuvo
aún la fuerza suficiente para otorgar a cada visitante un apretón de manos y
una palabra amable. Falleció a las dos de la madrugada del 17 de octubre de 1849, a la edad de 39 años.
El solemne funeral de Frédéric Chopin se celebró en la
iglesia de Santa Magdalena de París el día 30. En él, cumpliendo disposiciones
de su testamento, se interpretaron sus Preludios en mi menor y en si menor,
seguidos del Réquiem de Mozart. Más tarde, durante el entierro en el Cementerio
de Père-Lachaise, se tocó la Marche funèbre de su Sonata Op. 35. Aunque su
cuerpo permanece en París, se obedeció la última voluntad del músico,
extrayendo su corazón y depositándolo en la Iglesia de la Santa Cruz de
Varsovia.
Maximiliano Reimondi
No hay comentarios:
Publicar un comentario